
Llegar a Tibú, en la región del Catatumbo, es recorrer un paisaje de verdes montañas y extensos cultivos. La vista se tiñe con los colores de la palma de cera, el cacao y, en gran medida, los cultivos de coca, cuyo aumento ha sido constante durante los últimos tres años.
En la última medición, estas plantaciones alcanzaron un récord de 253.000 hectáreas, a pesar de los esfuerzos de erradicación impulsados por el gobierno nacional. En el casco urbano, cada rincón refleja el peso de un conflicto armado que ha marcado profundamente la vida de sus habitantes.
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De acuerdo con el diario La Opinión, de Cúcuta, entre el 15 y el 20 de enero de 2025, Tibú fue escenario de intensos enfrentamientos entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las disidencias de las Farc.
Los saldos de esta nueva ola de violencia son estremecedores: 27 personas asesinadas, dos heridas, tres desaparecidas y 26 retenidas ilegalmente. Sin embargo, el dato más alarmante es el desplazamiento de más de doce mil personas, en su mayoría campesinos de las zonas rurales, según cifras de la Alcaldía y la Personería de Tibú.

En Brisas del Catatumbo, uno de los barrios más conocidos del municipio, la masacre de Miguel Ángel López, su esposa y su bebé de 11 meses marcó el inicio de un sangriento episodio que no da señales de terminar.
El ambiente en el centro de Tibú es de tensión constante. Las calles, que solían ser bulliciosas, ahora están llenas de familias con maletas y bolsas, personas que han decidido huir de la violencia. Algunos optan por quedarse en el casco urbano, mientras que otros se resisten a abandonar sus hogares en las zonas rurales, pese al peligro.
Un municipio atrapado en el conflicto
Tibú, conocido como la puerta de entrada al Catatumbo, está custodiado por el Cantón Militar ubicado en la vereda La Cuatro.
Los soldados, jóvenes y en alerta constante, advierten que, aunque la carretera esté despejada, el peligro es permanente.
En el barrio Miraflores, donde se encuentra la Alcaldía, el silencio es predominante, interrumpido solo por el murmullo de quienes esperan transporte para abandonar el municipio. Las motos, el principal medio de transporte, llevan banderas blancas como símbolo de paz.
“Estamos en guerra, y una bandera es nuestra forma de decir que no queremos más violencia”, explica un mototaxista.

El comercio también ha sufrido un golpe devastador. Los vendedores reportan una drástica caída en las ventas, ya que muchos temen salir de sus casas.
Refugios y resistencia
Para atender a los desplazados, las autoridades locales han habilitado cinco albergues temporales en espacios como la institución educativa Francisco José de Caldas, el club La Mechita y la Casa de la Cultura.
Sin embargo, las condiciones son precarias. Carmen María, que huyó de la vereda Beltrania junto a su familia, relata su experiencia: “Llegamos al club La Mechita, pero no podemos quedarnos a dormir porque está colapsado. Tenemos que ir a casa de unos familiares por la noche”.
Leonardo Meneses, un joven líder de la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat), está trabajando para exigir un cese al fuego bilateral. “Nuestra prioridad es que los actores armados respeten los mínimos del Derecho Internacional Humanitario”, explica Meneses, quien, pese a los riesgos, está comprometido con la defensa de los derechos de las comunidades.

Aunque muchos han optado por abandonar el municipio, otros se niegan a dejar sus tierras. “Aquí nací, aquí crecieron mis hijos. Lo único que pido es que nos dejen trabajar en paz”, dice Evaristo, un campesino cuya determinación refleja la lucha cotidiana por la supervivencia.
El silencio también es una forma de resistencia. Muchos prefieren no hablar por temor a represalias, pero otros alzan la voz, como una lideresa que trabaja con mujeres víctimas de la violencia. “No se trata solo de sobrevivir, sino de resistir. Aunque el miedo está siempre presente, no podemos dejar que nos quiten la esperanza”, afirma con convicción.
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