
La historia de la hermana Gloria Cecilia Narváez se ha convertido, para muchos, en un relato de inspiración, de santidad o, cuando menos, de humanidad. Su secuestro de cinco años en Malí estuvo lleno de dolor, de incertidumbre y de una realidad tan fría que contrastaba con el húmedo sopor africano en el que otras religiosas sufrieron vejaciones por no renunciar a su fe. En una entrevista reciente con El País de Cali, Narváez contó algunos detalles.
La hermana Gloria llegó a Malí para cumplir una labor humanitaria en la promoción de las mujeres y en el cuidado de huérfanos, en una región golpeada por la guerra y la pobreza. A pesar de que ella y su comunidad respetaban profundamente la religión y la cultura islámicas, fue secuestrada por un grupo extremista que buscaba forzarla a renunciar a su fe católica.
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En el relato de la religiosa, destaca la convivencia previa con musulmanes moderados, basada en el respeto mutuo y la solidaridad. En contraste, denuncia cómo el avance de los grupos radicales terminó por destruir la convivencia y la armonía, desembocando en una persecución sistemática de los cristianos en África Occidental. Las iglesias derribadas y las vidas arrebatadas son prueba de una hostilidad que, según ella, no respeta fronteras y afecta también a regiones como Centroamérica, en especial Nicaragua.
Durante su cautiverio, la hermana Gloria fue encadenada, golpeada y alimentada con agua mezclada con gasolina para debilitarla. Sin embargo, encontró en la oración y en las enseñanzas de San Francisco de Asís la fuerza para responder con amor y perdón. En vez de alimentar el resentimiento, dedicaba cada día a bendecir a sus captores y a pedir por su conversión.
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“Ante todos los peligros, cuando me acercaban el arma para que renunciara a mi fe, permanecía en silencio. Si me insultaban, yo los bendecía. Estuve encadenada y me pegaban. Siempre los bendecía y guardaba mi silencio interior, para desarmar la guerra. Nunca tuve una palabra descortés con ellos; ante los peligros que ellos pasaban, yo oraba, para que el Señor convierta sus corazones, depongan las armas, porque vi niños en esa guerra, una situación muy dolorosa para mí, pero Jesucristo ha sido mi psicólogo”, relató.
Aunque no tenía acceso a la Eucaristía ni a una Biblia, recurría a su memoria en busca de los salmos aprendidos en años de formación teológica.
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Reflexiones sobre la persecución religiosa
La experiencia de la hermana Gloria es un reflejo de una realidad global: la persecución a los cristianos. Según relata, esta hostilidad va más allá de lo religioso y busca imponer ideologías extremistas que no toleran la diversidad de creencias. Destaca cómo los misioneros, lejos de intentar conversiones, trabajan con un enfoque humanitario, respetando las culturas locales.
En su análisis de la situación en Colombia, resalta que, aunque no hay una persecución religiosa como tal, sacerdotes y misioneros han sido asesinados por defender los derechos de sus comunidades en zonas afectadas por la violencia. Este panorama, dice, subraya la necesidad de construir una sociedad más justa y pacífica, donde las diferencias sean respetadas.
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El regreso a Colombia
Tras su liberación, que se logró mediante un intercambio negociado, la hermana Gloria regresó a Colombia, un país que también carga con profundas heridas de violencia. Radicada en Tumaco, trabaja con comunidades empobrecidas del Pacífico, acompañándolas en su lucha diaria y sembrando mensajes de paz y reconciliación.
La religiosa participa activamente en actividades como la Semana Roja, una iniciativa que visibiliza la persecución de cristianos en el mundo. Desde este espacio, hace un llamado a los fieles para no dejarse vencer por el miedo ni la desesperanza, recordando que la fe puede ser un pilar en medio de las adversidades.
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Quizás el aspecto más poderoso de su testimonio es su capacidad de perdonar. La hermana Gloria afirma haber perdonado a sus secuestradores y continúa orando por ellos, pidiendo que sus corazones sean transformados. Su mensaje es claro: la violencia no es el camino, y solo a través del amor y el perdón se puede desarmar el odio.
Su experiencia, marcada por el dolor y el sacrificio, no la ha alejado de su vocación, sino que la ha fortalecido. A través de su vida, Gloria Cecilia Narváez se erige como un ejemplo de fe en acción, una voz que llama a la esperanza en medio de las sombras y un recordatorio del poder del amor frente a la adversidad.
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