Tenían el corazón roto, se convirtieron en amigos con derechos y un “descuido” les hizo descubrir la felicidad

Laura y Cristian comenzaron su camino juntos al revés. La infancia en Villa Gesell. El reencuentro luego de vivir en España. Y el paso de las horas de llanto compartido por los fracasos del amor y el sexo sin compromiso a encontrar el amor verdadero

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Cristian y Laura, una pareja formada por dos corazones rotos que se unieron
Cristian y Laura, una pareja formada por dos corazones rotos que se unieron

“La nuestra es una historia de amor que empezó al revés: nos casamos sin ser novios”, spoilea Laura desde su casa en Granada, España, mirando cómplice a Cristian, su marido. “Nuestras familias se enteraron de nosotros conmigo estando embarazada. No había una situación formal. Para mí era un chongo post separación”, remata. Y en ese momento, no les quedó otra que irse a convivir pero, “nos enamoramos viviendo juntos”.

Se conocieron de chicos pero no se volvieron a ver hasta después de diez años, “Él era el mejor amigo de un chico que salía conmigo”, dice Laura, a lo que Cristian rápido agrega a modo de negar algún tipo de traición, “pero con 15 años… y no era tan amigo”, y estallan las carcajadas cómplices. Los adolescentes se caían bien pero “hasta ahí”.

Aquellos días felices

Laura Piccolotto nació el 22 de septiembre de 1986 en Pilar, y a sus 8 años se mudó con su familia a Mar de las Pampas, “en una época en que sólo vivían cuatro familias; mis papás eran unos hippies”. Entonces toda su vida “consciente” se desarrolló en Villa Gesell.

Cuatro años antes, también al norte de la Provincia de Buenos Aires, nacía Cristian Gonzalez, el 14 de octubre, con un destino parecido, “De Tigre nos mudamos a Palermo y a mis diez años nos fuimos para Gesell donde vivía mi abuelo; mis padres consideraron que íbamos a tener un mejor pasar ahí”. Sus primeras veces las recuerda en la Costa Atlántica.

Los dos se conocían de vivir en Villa Gesell, pero nunca habían cruzado más que un saludo
Los dos se conocían de vivir en Villa Gesell, pero nunca habían cruzado más que un saludo

Si bien iban a distintos colegios, en un pueblo todos se conocen, “Nos cruzábamos. Yo sabía quién era ella; ella sabía quién era yo. No teníamos contacto, ni mucho menos”. Hasta que un día, “pastoreando” por la Avenida 3, Cristian se cruzó con un amigo que le presentó a su novia, “Ella es Laura”, y no se vieron nunca más. “Yo de ese día no me acuerdo”, dice ella disfrutando el relato de su actual esposo. Así, transcurrió la adolescencia de cada uno, como dos vías perfectamente paralelas, que van parando por las mismas estaciones pero sin cruzarse, “frecuentábamos los mismos lugares: si no estábamos en los médanos, íbamos a hacer ‘face’ a El pinar o circulábamos por Center Play, los típicos puntos de encuentro por aquellos años en Gesell”.

La brecha

Durante la década que no se vieron, pasaron cosas: “Yo terminé el secundario y me fui a Buenos Aires a estudiar Medicina, hice el CBC y primer año y, mis viejos no me podían ayudar por tema de guita, entonces dejé de estudiar, me puse a laburar y me quedé viviendo en Buenos Aires”, cuenta Cristian, que tenía una novia con quien llevaban mucho tiempo juntos. “Su padre que vivía acá en España, nos dijo ‘¿Por qué no se vienen a probar?’”, añade. Argentina estaba difícil, recién había pasado la crisis de 2001, así que no tuvieron que deliberar demasiado. “Organizamos todo y con 22 años me fui para España”. El destino final fue Granada. “Hice mi vida acá durante 7 años; laburé, viajé, estudié”, enumera sus experiencias. Hasta que en el 2011, cuenta, “mi vieja estaba media complicada de salud, yo justo había terminado de estudiar una tecnicatura en radiología y decidí volver a pasar una temporada con mi familia”. Además, ya no estaba de novio: “al año de estar acá nos separamos”.

Nuevamente en sus pagos, lo típico: Cristian se reencontró con su gente, en todos los sentidos del término. “Un día Facebook me dice ‘sugerencia de amistad’ o ‘persona que quizás conozca’ o algo así, y yo dije, ‘a esta piba la conozco’”. Sucede que cuando uno vuelve de vivir un largo período lejos de las raíces, le agarra un particular síndrome de desfachatez, el mismo que exorcizó al muchacho, “y ahí, le mandé un mensaje”.

Por el carril de al lado, Laura también había decidido ir a estudiar a la ciudad, “A los 18 me fui a Buenos Aires a seguir Diseño de Moda. Mis viejos no me podían bancar entonces terminé trabajando en Unicenter y en un consultorio médico, y ya no había lugar para estudiar nada. Lo gracioso es que sin saberlo -lo supieron muchos años después-, vivíamos cerca”. Por aquel entonces, habituada a los aires del Atlántico, Laura no soportó la vida urbana, y a los dos años volvió a Villa Gesell, donde se puso en pareja. “Fue una relación bastante tóxica y complicada”, cuenta. Duró hasta el 2011 y, quizá como premio a su valentía de irse de donde uno no es bien querido, llegó la recompensa: “Corté justo un mes antes de recibir su mensaje, me venía bárbaro, estaba recién separada”.

El casamiento, con Laura embarazada
El casamiento, con Laura embarazada

El reencuentro

“Cuando le escribí no sabía si ella realmente se acordaba de mí o no”, cuenta él con el nerviosismo de hace 13 años, y explica su técnica anti-rechazo, “Primero tiré una puntita, le mandé un, ‘¿Cómo andás? Hace poco volví de España, estoy acá. Voy a estar un tiempo, a ver si alguna vez nos cruzamos y hablamos’”, relata Cristian, lo que parece ser chamuyo de un experto. Aunque él, se apura en agregar, asegura que “no, no, no… yo soy muy lento”. Afortunadamente, Laura tomó enseguida las riendas de la situación, “Yo directamente lo invité a mi casa. Era invierno, mi actividad se daba sólo en verano, o sea que estaba sin horarios. Entonces le dije que se venga a tomar unos mates”. Así fue que, aunque yerba había, todo comenzó como una total y absoluta aventura sin compromisos ni etiquetas; un desquite de penas invernales.

“Para mí era un chongo post separación, no era el amor de mi vida, me entendés”, parlotea ella sin pelos en la lengua. “Me escribió; recién me había separado, ¡fantástico!”, celebró como quien se acaba de ganar el Gordo de Navidad. “¡Me venís de 20! Encima te conozco, sé que no sos un loquito que me va a matar al segundo día… ¡todo me cuadraba!”. Y Cristian se despacha, “Yo ya había visto su foto, sabía con lo que me iba a encontrar”, explica destacando su entusiasmo inicial, y aunque no iba con la idea fija de que pase algo, justifica todos sus impulsos, “pero bueno, estaba soltero, recién llegado de España hacía una semana, ¡y con 29 años!”.

La espera de Benjamín los unió
La espera de Benjamín los unió

Esa tarde necesitada de julio pasaron un “rato agradable y me fui… chau”, dice él. Intercambiaron teléfonos y se dijeron el clásico “hablamos”. A partir de ahí se dió la típica no-relación entre dos individuos que se están rearmando como pueden, “Nos veíamos dos veces por semana, alguna vez fuimos a comer a un lugar, pero no había relación”, aclara ella. Y valiente, apunta: “yo quería más que vos”. Y él coincide, “Sí, en un momento sí”, y reconoce que en aquel momento pateaba a su chica con la temida frase: “vamos viendo”. Enseguida Laura interviene con un dejo de resentimiento que parece superado, “¡eran sus palabras!” Lo cierto es que ninguno aspiraba a nada serio. “No fue una búsqueda, ni fue amor a primera vista, ni fue ‘Te vi y me deslumbraste’, no” cuenta ella. Se veían cuando “pintaba”, incluso si se encontraban en algún lado de casualidad, estaba todo bien, “pero no había nada formal ni pretencioso”.

Aunque lo que parecía una mera indemnización al desamor, se fue transformando en un vínculo de sanación: “Había mucha historia de por medio… No sabíamos ninguno nada del otro y hablábamos, sin mentirte, horas sin parar”, recuerda él, a lo que ella aporta, “Veníamos los dos muy rotos, de relaciones muy mierdas los dos y estábamos a la par sanandonos”. Sin dudas, detrás del pasatiempo de la atracción entre Laura y Cristian había un punto de unión muy puro, “En realidad lo más sustancioso que teníamos era que los dos estábamos hechos mierda, y habíamos conectado desde el lado de comprender lo que le estaba pasando al otro. Por ahí un día nos juntábamos y no pasaba nada; llorábamos los dos a mares, tres horas y nada más”.

El amor llegó junto con el embarazo inesperado de Laura
El amor llegó junto con el embarazo inesperado de Laura

Un “hermoso” accidente

Los meses pasaban y el vínculo seguía igual en términos de etiqueta. Un día de diciembre Laura comenzó a tener un fuerte instinto, aquel que le insinúa a una mujer que lleva vida en su vientre. Sin decirle nada a su compañero, pensó que era momento de sacarse la duda. “Justo habíamos quedado vernos en la casa de él. Me compré un test de embarazo y dije: ‘Me lo hago; si sale negativo, acá quedó mi historia interna, no le cuento nada…”. Pero cuando salió del baño, el misterio ya latía. “Dio positivo”, le dijo. Cristian atónito, desayunándose con la noticia, parafraseando a su antiguo “vamos viendo”, se desentendió y mandó: “No, no puede ser, me voy a jugar al fútbol”. Y se fue.

Enseguida recapacitó. “Cayó y propuso hacernos un análisis. Ahí era la decisión de, qué onda, esto es un descontrol, o sea, esto así no daba”. Aunque la primicia fue un balde de agua fría, en ningún momento pensaron discontinuar el embarazo. “No por religión, ni nada que se le parezca; es que nos llevábamos tan bien que pensamos que el bebé tal vez sería una señal”. Venían de vivir “cosas tan feas” en antiguas relaciones que se aferraron con fuerza a la vida. Pero también era un sacudón. “Había que organizar, estaba todo muy raro, mis papás no lo conocían, o sea, en muy corto periodo de tiempo teníamos que mínimamente juntar a nuestra familia para que se conozcan, buscar un lugar donde vivir y ver si nos llevábamos bien conviviendo como pareja”.

Laura y Cristian con sus tres hijos: Luna de miel en París
Laura y Cristian con sus tres hijos: Luna de miel en París

El amor menos pensado

Rápidamente, los Gonzalez y los Piccolotto se alinearon para ayudar. “Nos consiguieron una casita que llovía por todos lados”, cuenta ella con cariño. Y explica: “Nuestras familias son de origen muy humilde, entonces fue una remada”. Los dos tenían mucho empuje y eso los unió más aún porque de repente se dieron cuenta que se llevaban bien. Y aún más: “No sé en qué momento tuve un diálogo interno, ya conviviendo, lo miré y me dije, ‘Yo estoy enamorada de este chico; este pibe es lo más’. Así con panza y todo me di cuenta que me encantaba lo que hace, que cada día me gustaba más”. A medida que el tiempo transcurría pensaba, “este chabón es perfecto”. Laura no recuerda el momento preciso, “pero lo que sí te puedo decir es que me decía, ‘Estoy con este tipo que es un genio’. Me había pasado en otras relaciones de estar con gente que de repente un día me levantaba y decía, ‘Estoy con un idiota’”. Por fin sintió que había encontrado a un compañero, alguien que caminaba a la par. A lo que Cristian se suma: “Sinceramente al principio no me había dado cuenta pero cuando empezamos a convivir y a laburar juntos, en ese verano, percibo que esos cinco meses previos, ella había sido mi compañera. Eso es lo que a mí me hizo el clic: había sido mi compañera de absolutamente todo”. Y describe lo que sucede al regresar al país luego de un largo tiempo, “Volvía a un lugar que había cambiado, 10 años después ¿entendés? No era el que yo había dejado”. Hasta que finalmente se abre: “Me encontraba con depresión, me encontraba en el desamor, me encontraba en un montón de situaciones de mierda y la que me había acompañado en esos cinco meses sin yo darme cuenta había sido ella, y la que me había ayudado a salir de eso… también había sido ella. Entonces dije, ‘Puta madre, ¡es acá!’”.

Y así empezó a suceder que “todos los días nos gustaba más esa vida que había empezado al revés: el nuestro fue un amor que fue creciendo”. La visita de “unos meses” a su mamá se transformó para Cristina en 10 años con una familia entera: el 27 de julio de 2012 Laura y Cristian se casaron para ponerle un sello a este amor que, sin querer, ya se había forjado. Y a los pocos meses llegó Benjamín, el primer hijo de la pareja, que nació el 12 de septiembre del mismo año. Luego nació Nacho el 14 de noviembre de 2014 y, más tarde, Helena el 12 de diciembre de 2019 para ponerle el broche de oro a una familia hermosa, que hoy vive en España, “En realidad desde que nosotros empezamos a estar juntos él quería volver, o sea, nunca fue su idea quedarse a vivir en Argentina. Lo que pasa es que se fueron sucediendo las cosas, los hijos y nos fuimos quedando ahí. Y yo también quería venir, entonces empezamos a planificar todo y en 2022 nos mudamos a Granada”. Y con su amor y familia ya súper consolidada, se tomaron su merecida Luna de miel que jamás habían cursado, “12 años después de casarnos, cuando ya estábamos acá más tranquilos y asentados nos fuimos de Luna de miel a París”.

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