
He estado escribiendo sobre la industria de la tecnología durante parte de esta década, y ahora tengo una incómoda admisión: me he desenamorado de la tecnología.
Nunca he sido una fanática de los gadgets, pero también recuerdo vívidamente la primera vez que probé el iPod original y YouTube y me preguntaba porqué estas cosas mágicas no se inventaron antes. Y cuando me mudé a San Francisco, hace unos seis años, para trabajar como periodista de tecnología, me llamó la atención el sentimiento de que esta era la única industria estadounidense restante que no experimentaba una crisis existencial. La gente de tecnología tiende a ser optimista no solo acerca de lo que hacen sino también del futuro en general, y esa sensación es contagiosa.
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Ahora no estoy tan segura de eso. Este ha sido un año de ajuste con las desventajas extremas de la tecnología. Las mismas cualidades que hicieron que Internet y la tecnología fueran tan emocionantes durante un par de décadas, haciendo que la información sea instantánea y conectando a las personas con diferentes puntos de vista, ahora a veces parecen más amenazantes que seductoras.
Mis hábitos personales han cambiado en respuesta a eso. Últimamente he tratado de evitar ir a las redes sociales por las noches porque hay mucha ira y eso me pone ansiosa. Y cuando estoy caminando, montando en bicicleta y conduciendo, mi teléfono permanece en mi bolsillo todo el tiempo. También hay cero posibilidades de comprar uno de esos parlantes de Amazon que se activan por voz. Demasiado espeluznante. Mi pérdida de fe no se ha extendido ampliamente, pero me temo que el replanteamiento de la gran promesa de la tecnología recién está comenzando.
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Por ahora, las quejas sobre la tecnología son familiares: Internet en 2010 parecía un lugar increíble donde un adolescente con una enfermedad rara, por ejemplo, podría sentirse validado y conectado con otras personas como ella a miles de kilómetros de distancia. Esos sigue siendo cierto, pero ahora estamos viendo esas mismas cualidades unir a las personas con teorías de conspiración peligrosas y difundir propaganda violenta.
Las desventajas no se limitan a las redes sociales, que han estado en el ojo del huracán recientemente. La gente está hablando de los efectos perniciosos de la información personal concentrada en las manos de unas pocas compañías, sobre robots que toman trabajos humanos y sobre la adicción a la tecnología.
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Diez años después del lanzamiento del primer iPhone, superamos la maravilla inicial y estamos empezando a lidiar con la forma en que los teléfonos inteligentes afectan nuestras comunidades, nuestra seguridad personal y la interacción humana básica. Un ejemplo: me sorprendió un artículo reciente de NPR sobre escuelas que enseñan a jóvenes adictos a teléfonos inteligentes acerca de cómo tener relaciones amorosas en la vida real y entrenarlos para participar en citas cara a cara. Luego está iGen, una generación de jóvenes que crecieron con teléfonos inteligentes y están "al borde de la peor crisis de salud mental en décadas", según un extracto del libro de Jean M. Twenge: "iGen: ¿Por qué los niños superconectados de hoy en día crecen menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente desprevenidos para la edad adulta y qué significa eso para el resto de nosotros?".

Si más personas comienzan a enfocarse en los inconvenientes de la tecnología, podría tener consecuencias duraderas para la economía y para los resultados de las compañías tecnológicas. Las tendencias emergentes, incluyendo los automóviles sin conductor y la digitalización de la atención médica, podrían ser una bendición para nuestro país, pero requieren la confianza de los gobiernos y los ciudadanos de que estas innovaciones ayudarán más de lo que perjudican. Esa confianza podría escasear en los próximos años.
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Es cierto que la industria de la tecnología no es ajena al escepticismo acerca de los efectos nocivos de sus productos o la irresponsabilidad de las personas y las empresas que lo respaldan. Hace apenas unos años, las filtraciones de Edward Snowden detallaron cómo las agencias de inteligencia de Estados Unidos usan o abusan de la información personal de las compañías de tecnología. Pensé que eso provocaría un cri de coeur sostenido sobre las compañías de tecnología como poderosos tirititeros de la información personal, pero la indignación no duró mucho tiempo.

Esta vez se siente diferente. Cuando el improbable trío del primer patrocinador de Facebook, Sean Parker, el ex asesor de Trump, Steve Bannon, y los burócratas europeos hablan de los efectos dañinos de la tecnología o de las grandes compañías tecnológicas, eso es una señal de los tiempos. Si, como a mí, cada vez más personas se desenamoran de la tecnología, ese sentimiento se volverá aún más feo.
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