
Hay algo común entre la increíble historia de "Nicole Mincey", el usuario (con pseudónimo) de Twitter con más de 146,000 seguidores a quién Donald Trump le hizo retweet y que luego, de la noche a la mañana, desapareció junto a otros usuarios, y un berlinés frustrado con su incapacidad para que Twitter elimine el discurso de odio. El elemento común es dar con la solución a ambos problemas, que rara vez surgen en discusiones sobre trolling, noticias falsas y ciberacoso.
Las redes sociales deben estar obligadas a prohibir cuentas anónimas. Si se niegan a hacerlo voluntariamente, los reguladores gubernamentales deben forzar el asunto.
Nicole Mincey aparentemente era una falsa identidad afroamericana que ayudó a vender artículos relacionados con Trump a través de Internet. Era parte de una empresa respaldada por mensajes pro-Trump en las redes sociales junto a varias cuentas falsas que representaban a personas (con fotos utilizadas ilegalmente) y que gracias a sus mensajes podrían atraer a posibles compradores. La estafa entera explotó después del retweet de Trump. ¿Cuántas otras cuentas pro-Trump y anti-Trump en Facebook y Twitter son realmente falsas? ¿Cómo podemos averiguar si la interacción es real? ¿Hay una manera de asegurarse de que las personas reales no son engañadas y confundidas por los proveedores de opiniones falsas tratando de vender algo?

La historia alemana también implica un retweet realizado por un alto funcionario del gobierno, el ministro de Justicia Heiko Maas. Shahak Shapira, un satirista y músico israelí que vive en Berlín, explica que intentó difundir cerca de 300 tweets violando las leyes de discurso de odio de Alemania en Twitter, pero las pocas respuestas que recibió alegaron que los mensajes no iban en contra de la política de la plataforma. Shapira luego viajó a Hamburgo, donde se encuentra la oficina alemana de Twitter, y pintó con spray los tweets en el pavimento frente al edificio. "Cerdos judíos", decía uno. "Si odias a los musulmanes, retweet", rezaba otro. Por supuesto que las cuentas con las que se tuiteaba eran pseudónimos.
Alemania tiene una nueva ley que obliga a las redes sociales a eliminar el discurso de odio dentro de las 24 horas siguientes a su publicación. Con el enlace al video de Shapira, Maas también tuiteó un informe de un estudio financiado por el gobierno que muestra que Twitter solo elimina el uno por ciento de los mensajes con un discurso de odio después de ser reportados por los usuarios. Facebook, por el contrario, borra el 39 por ciento de los mensajes. Youtube, el 90 por ciento. Las tres plataformas eliminan casi el 100 por ciento de los mensajes después de haber sido contactados nuevamente por correo electrónico. "¡#HeyTwitter, eso no es suficiente!", escribió Maas.
Las redes, aunque profesan una voluntad de luchar contra las falsificaciones, el ciberacoso y otros abusos, lo cierto es que esas empresas no son particularmente proactivas al respecto. Y tienen una explicación plausible: no pueden controlar sus vastas bases de usuarios y necesitan mucha ayuda.

Pero hay una respuesta fácil a esa defensa. Ni "Mincey" ni la mayoría de los tweets que Shapira rociaba en el pavimento de Hamburgo hubieran sido posibles si Twitter requiriera información de identificación de los usuarios antes de crear una cuenta. El anonimato de la plataforma (su política de privacidad permite específicamente pseudónimos y múltiples cuentas) da a los fanáticos, estafadores y matones un sentido de impunidad. No está claro qué más hace por los usuarios. Después de todo, las cuentas con el mayor número de seguidores (las de personalidades públicas y periodistas) son, en general, verificadas por Twitter. La gente no atribuye mucho valor a las opiniones anónimas. Ellos pueden apreciar una cuenta que se especializa en un cierto contenido o incluso en un robot interesante. Pero ¿cuál sería el daño en la identificación de sus creadores?
Facebook, a diferencia de Twitter, tiene una política estricta contra múltiples cuentas personales y pseudónimos (que no hace cumplir). Si se ha informado de que una cuenta utiliza un nombre falso o se hace pasar por alguien, puede requerir una imagen de una identificación emitida por el gobierno. Pero la empresa protesta vehemente cuando la gente intenta obligarla a identificar a los usuarios. Un caso judicial en el Reino Unido, en 2013, es un gran ejemplo. Cuando los padres de una niña menor de edad que había utilizado repetidamente Facebook para conectar con hombres, se propuso la pre-identificación de los usuarios. Pero Facebook hizo una serie de declaraciones sorprendentes.

"Facebook no puede prevenir proactivamente a una persona de registrarse y crear una cuenta de Facebook", dijo la compañía. "Simplemente no es factible revisar más de 1,000 millones de perfiles para localizar a un solo usuario que puede estar mintiendo sobre su nombre. No existe un programa o un mecanismo técnico para evitar que un individuo mienta sobre su identidad o sobre su edad". Todo lo que podía hacer, dijo Facebook, era cerrar las cuentas de la chica después del hecho.
El juez tomó partido por Facebook.
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