Ilustración: Camilo Castro
Ilustración: Camilo Castro

Yo, que no le tengo miedo a las artes adivinatorias, y que creo que la vida es una sucesión de nudos ya establecidos, tengo que confesar que no necesitaba de ninguna evidencia de sus poderes.

Estoy buscando a un hombre de ojos pardos.

La bruja, mujer de voz ronca, cigarrillo pegado en los labios con sorprendente habilidad de no dejar que se le cayera mientras hablaba, muy reputada entre las mujeres de clase alta de Bogotá, me echó el tarot y le vio los ojos. Se los vio al hombre que, según ella, va a ser mi pareja.

Antes de su vaticinio, claro, me había dado con precisión alguna otra información sobre mi vida. Me pidió que, si era casada, barajara las cartas con la derecha, y yo, soltera, las organicé con la izquierda. Al ver mi gesto me dijo: "usted es soltera, pero usted ya vivió con un hombre". No se equivocaba. Luego me dijo que por qué me veía rodeada de mar. Yo, justamente, me había mudado de Bogotá a una ciudad costera. Luego, simplemente, se abalanzó a detallar con precisión cómo mis padres estaban vendiendo el apartamento en el que habían vivido 30 años y cómo mi hermano, recién ascendido, le sería ofrecido un nuevo asenso.

Yo, que no le tengo miedo a las artes adivinatorias, y que creo que la vida es una sucesión de nudos ya establecidos por los que vamos a pasar no importa qué (que luego se conectan de formas inesperadas, accidentales y divertidas gracias a libertad de nuestras decisiones) tengo que confesar que no necesitaba de ninguna evidencia de sus poderes.

Yo ya creía ciegamente en esa bruja.

Aunque ella no se acordaba de mi, hacía tres años, en marzo de 2015 la había ido a ver arrastrada por una amiga, devota de conocer su futuro, a la que se la habían recomendado. En ese entonces, la mujer hizo un vaticinio que, aunque me resultó descabellado, se cumplió al pie de la letra. Me dijo: "El próximo año usted va a vivir en otro país con una pareja", sentenció sin titubeo. Yo, que andaba feliz con mi trabajo de entonces, no había mandado la primera hoja de vida afuera del país y que estaba desjuiciadamente soltera, mandé su predicción al olvido. Charlatanería, pensé.

En septiembre de ese año, sin embargo, una vieja amiga con la que había trabajado en España me llamó a decirme: "Te vamos a traer a vivir al mar". Para entonces tenía también ya en marcha la que quizás ha sido mi relación amorosa más adulta. Exactamente para el año siguiente de la predicción de la bruja, me mudaba con ese novio al más insospechado trabajo en el extranjero.

Creía pues, (¿cómo no hacerlo?), casi sin asomo de duda en esta mujer.

Ahora, después de años, la volvía a ver, porque estaba, como se podrá sospechar, nuevamente soltera (en mi defensa debo decir que había dejado ir a ese amor con el que me mudé más por razones geográficas que sentimentales). Su primera predicción para mi beneplácito no era sobre el trabajo, era sobre el amor. Yo iba a conocer pronto, "prontísimo", a mi pareja, una que ella bautizó con una sentencia muy esotérica: "mi pareja de destino", supongo, una manera de decir de forma menos manida "el hombre de mi vida".

Me dijo que no lo conocía aún, lo cual me dio mucho alivio porque ya me veía yo revisitando con obsesión todos mis contactos de Facebook e Instagram tratando de encontrar a un hombre que se ajustara al perfil por ella descrito. Me dijo que era un viajero, un extranjero, que tenía mi edad y que cuando lo conociera iba a pensar que él no era, lo que, más que una predicción futurista, parecía la más acertada descripción de mi forma de operar con los hombres: siempre pensar que no son.

Luego me dijo lo de los ojos. Les asignó un color y me dijo, "tiene los ojos pardos". Añadió otro detalle: tiene una hija. ¿Qué hace uno cuando alguien en cuya palabra se cree marca el destino de manera tan detallada? ¿Cómo se hace para que todas las decisiones venideras no se vean afectadas por esa idea sentenciada de futuro? ¿Qué hace uno con el resto de la humanidad cuando te dicen que tienes un hombre específico asignado? Tuve la pulsión y se lo pregunté directamente a la bruja: ¿y ahora qué hago mientras este hombre llega? "¡Pues vivir!", me contestó ella con obviedad.

¿Vivir? Yo ahora solo podía imaginarme intentando descubrir si los ojos de cualquier desconocido del supermercado que me mirara, de un compañero de trabajo al que le interesara, del nuevo amigo de mis amigos, del amable conductor del Uber o de mi profesor de yoga eran pardos. (Que alguien me diga ¡por favor! qué sería en la vida real unos ojos pardos a ver si llegamos a un común acuerdo de qué quiso decir esta mujer).

Con los antecedentes que tenía con esta bruja, la predicción —no lo voy a negar— ha marcado mis más recientes meses. Como ya no puedo hacer lo que hice la primera vez, de olvidarme de todo lo que me dijo, casi como si se tratara de un cuadro de Excel, cada vez que conozco a alguien rápidamente hago un escaneo y veo qué de las características de el nuevo candidato coinciden con las descripciones del tarot. Ya hasta mis amigos me preguntan: ¿Y cómo vas con lo de los ojos pardos?

Todo parece una broma. Mi mejor amiga hasta me dice que es un saboteo, una vez que ahora además de todas mis demandas dementes, mi futura pareja tiene que tener un tipo de color de ojos.

Yo, de corazón, estoy esperando al hombre de los vaticinios, porque más allá de la predicción, la bruja me ha dado una certeza que necesitaba: que el amor está disponible para mí.

Bueno, mientras tanto, salgo con uno de ojos cafés y bien oscuros, y me gusta, quién sabe…Por ahí la bruja tiene una tergiversada escala de tonos. Y, como dice una amiga, lo de la hija no resulta siendo tan complicado: "cuántos hombres con hijos por ahí sin saber que los tienen".

Igual, no está de más preguntarlo: ¿algún candidato por ahí?

Publicado originalmente en VICE.com