
Guardar una pestaña o un maletín de Hello Kitty resume nuestra patética existencia en pareja.
Cuando rompemos con nuestra pareja, sobre todo si ha sido una ruptura de las que no entiende de tratados cordiales y quedan sutiles asperezas —como desear el peor de los sufrimientos a grito de lupus o algún virus experimental muy, pero que muy mortal—, guardamos de forma consciente o inconsciente objetos o recuerdos de esa relación.
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En ese momento tiene algo de sentido porque es reciente. Ya sabes, justo cuando vas a lanzar las cartas y los objetos de "amor" sobre la improvisada hoguera en tu cuarto para que ardan en lo más profundo del infierno junto a esa persona y pronuncias el rito satánico del capítulo "Muerte, sangre y destrucción" del códice maligno del Resentimiento bajo la cándida llama de tres velas usadas que no sabías que tenías pero que te has encontrado por casualidad, todo ello sobre un pentagrama invertido gigante en el suelo que has buscado en Google y has dibujado con tu propia sangre. Justo en ese momento, justo cuando vas a soltar los objetos sobre el fuego, EN ESE PRECISO INSTANTE, te arrepientes y decides preservar esas porquerías porque el único rinconcito con vida de tu maltrecho corazón ha sucumbido ante los embates de la maldita nostalgia.
Pasan los meses, los años, rehaces tu vida como dos o tres veces y, mira tú por dónde, el día menos pensado encuentras ese objeto de aquella relación y piensas: "¿Por qué guardo esta basura?". La miras, recuerdas, te ríes y lo vuelves a dejar donde estaba porque no es momento para decidir qué hacer con ello. Todo muy millennial.
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Como no soy el único que le ha pasado —quizás en la invocación exageré un pelín, pero lo demás es bastante corriente—, he ido recopilando los objetos más inverosímiles de relaciones pasadas que mis amistades, conocidos, y conocidos de conocidos me han ido enviando. Si en algún momento has pensado que has sido patético/a, vas a reconfortarte con estos irracionales testimonios.
La pestaña

Sí, es una pestaña. Y no, no estoy loca. Todo tiene una explicación: un día que quedé con mi ex después de dejarlo, lo hicimos en esos encuentros postrelación que suelen hacer tanto daño. El caso es que tras el meneo, encontré su pestaña y decidí pegarla con celo sobre una tarjeta en un acto de inocencia de amor adolescente. Sí, es una pestaña. Y no, no estoy loca. Bueno, igual un poco sí. Lo mismo lo clono dentro de unos años.
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Inés, 23 años
El colgante de la abuela

Mi exnovia me prestó este colgante que pertenecía a la madre de su madre para que me diera suerte en los exámenes. Conocí a esa señora cuando estaba con ella y era jacarandosa y vivaracha. Digo era porque tanto la llama del amor como la de la vida se apagaron casi a la vez y ahora tengo en mi casa el colgante de una muerta que me da pena tirar. Por cierto, la llave no tengo ni idea de qué era. ¿Sería de su corazón?
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Javi, 25 años
La piedra con 'corazón'

Mi exnovio se fue de viaje a EE.UU. y le dije que me trajera una concha de alguna playa de California. Se ve que no existen las conchas allí, y en vez de eso me trajo… una piedra. A él le parecía muy significativo porque tenía un "corazón", más o menos, en la superficie. Yo lo veo como una mancha sin más, pero ahí la conservo. En algún momento servirá de algo, ¿no?
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Raquel, 22 años
La rosa seca

Hace 4 años mi ex me regaló una rosa el día de Sant Jordi junto a una carta. Sin yo saberlo porque ya lo habíamos dejado, me la dejó en el buzón y la encontré cuando vine de clase. Fue muy bonito y por eso la guardé. No tiene muy buen color, quizás porque la conservo dentro de un maletín con todas sus cartas y algún recuerdo más, como la entrada de nuestro primer concierto y letras de canciones de High School Musical.
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Lara, 21 años
El maletín de Hello Kitty

Cuando tenía 18 años, me dio por una de esas etapas que luego quieres olvidar, con el rosa y la Hello Kitty. El caso es que mi novio de entonces, en un alarde de pecar de detallista, me regaló un montón de cosas de la gatita que saluda: alfombrillas de coche, funda de volante, funda de los respaldos, llavero y no sé cuántas cosas más. Al parecer no le parecía suficiente y decidió comprarme también el maletín que tiene justo la medida perfecta para ser totalmente inservible. Ahora desprecio a Hello Kitty pero guardo este maletín en un altillo de mi piso. Tengo un poco de Diógenes.
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Sandra, 27 años
La caja de zapatos

Salía con mi primera novia y en nuestro primer San Valentín me regaló unas Converse en un intento de materializar el amor que sentía. Éramos jóvenes capitalistas. El caso es que decoró la caja con un montón de fotos recortadas de nuestro viaje a Roma para aportar amor al acto de consumo. Todavía la conservo debajo de mi cama en casa de mis padres y contiene las postales que robé en un tenderete y un diccionario de bolsillo. Nada tiene sentido.
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Fernando, 27 años
La cara de mi ex en el salón de mi madre

Allá por 2011, mi novio de entonces me regaló dos cuadros de cartón pluma. Uno era una foto mía en Marruecos y con el otro se puso creativo e hizo un montaje de su cara varias veces con Photoshop, rollito Regueras pero sin fuego. Fue una de las cosas que dejé en casa de mi madre cuando me independicé, pero descolgado de la pared porque lo habíamos dejado. Mi madre debió encontrarlo y creyó conveniente COLOCARLO EN SU SALÓN. Ahí sigue el cuadro de las varias caras de mi ex, al lado de imagenes de mi hermano con ocho años en el parque temático del Oeste de Almería. El cartón pluma en el que aparezco yo en Marruecos no lo colgó. No sé qué diría Freud de todo esto.
Rosa, 26 años
El calzoncillo de mi virginidad

Durante mi adolescencia, tuve una etapa muy mala en la que usaba camisetas de El Niño y collares de bolas muy tochas. También iba a discotecas light y, a veces, usaba calzoncillos sobre las bragas (sin saber yo nada de ideología de género y no binarismo. SIN SER YO NADA DE ESO) para que se vieran por encima del pantalón y por debajo de las camisetas, que siempre dejaban ver varios centímetros de piel en la tripa. Cuando perdí la virginidad llevaba puestos unos de esos calzoncillos. Se mancharon de sangre y aún los conservo, por si alguien me reclama mi prueba del pañuelo.
Anabel, 25 años
El anillo blu-tack

Ocurrió un día de esos de "nos vamos a casar". Estábamos en su casa y me hizo este anillo con blu-tack y lo llevé durante un par de días. Después de dejarlo, lo guardé en el cajón de los condones y el lubricante. Un día mi madre se lo encontró, y lo deformó sin querer porque lo quería tirar hasta que yo se lo impedí. Ahí sigue, gris y asqueroso, representando el amor adolescente.
Marta, 23 años
El corazón podrido

Hace como 7 u 8 años que conservo esta enorme piruleta de un enorme corazón que me regaló mi ex en un San Valentín. Está llena de polvo, deshecha y da puto asco, pero no sé por qué todavía sigue en una de las estanterías de mi habitación. Quizás me recuerda que un día, hace mucho, pero que mucho, mucho tiempo, tuve sentimientos. No como ahora, que estoy muerto por dentro.
Miguel, 30 años
La estampita compostelana

Guardo esto en mi cartera desde hace unos 7 años. Mi ex iba a montar una línea de acabado de coches rollo Overhaulin' y ese iba a ser su logotipo que dibujamos una tarde cualquiera. Ya sabes, si veías ese logotipo, sabías quién había modificado el coche. Iba a ser un proyecto de futuro, una futura empresa en la que trabajar ambos y ese papel es lo que queda de miles y miles de conversaciones e ideas. Un soñar despiertos de cuando eres un loser teenager.
Laura, 29 años
La caja, el anillo y la concha

El hilo representa que fue un anillo de mi primer novio. Cuesta de ver, pero en ese momento me hizo muchas gracia. Tanto el "anillo" como la concha vinieron en esa cajita que me dio como si fuéramos a casarnos. No me pidió matrimonio, obviamente, pero era la representación de amor eterno. Algo inservible, pero bonito.
Alba, 22 años
Publicado originalmente en VICE.com
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