Venezolanos en la frontera de Ecuador (EFE)
Venezolanos en la frontera de Ecuador (EFE)

Las primeras semanas de 2020 mostraron la cara más feroz de un león hambriento en Venezuela. Los primeros quince días le dieron material a un novelista para su próxima obra dramática: políticos vendidos, milagros filtrados, gente famélica que lucha por sobrevivir... El país de lo impensado está de vuelta y se roba las miradas de un mundo agitado por las llamas y el descaro de una guerra inminente.

¿Cómo se llama la obra?

Se acercan los premios Oscar de la academia y Luis Parra podría estar nominado a peor actor, su descarada traición al partido que lo ¿formó?, es una demostración de poco talento actoral. Que si lo eligieron como presidente del parlamento con 1, 20, 50 u 80 votos. Que si las planillas estaban en la gaveta o que se las comió el perro. ¡Qué mal guion!, ¡qué película tan mala!

En la acera de ¿enfrente?, Nicolás Maduro presentó su informe de gestión -otra vez- ante los que le aplauden y no ante los que deben cuestionarlo: ataques, golpes de Estado, invasión Yankee, sabotaje, bloqueo, traición... ¿La misma película de los últimos cinco años?, bueno, al final: “victoria popular”. No hubo nada de datos verificables, de verdades tangibles, de evidencias contrastables. Ni una palabra de consuelo a las madres que perdieron a sus hijos en el hospital J.M de los Ríos por escasez de tratamientos oncológicos o a los que se quedaron esperando por un trasplante. Cero comentarios hacia los niños dejados atrás, a las familias rotas por la migración. No dijo nada a quienes se desearon un feliz año a través de la pantalla de un celular. La peor película se la llevaría la que montó el gobierno y su narrativa del “todo está bien e irá mejor”.

Luis Parra (REUTERS/Fausto Torrealba NO RESALES. NO ARCHIVE)
Luis Parra (REUTERS/Fausto Torrealba NO RESALES. NO ARCHIVE)

El reparto

Este sin duda se lo lleva la oposición, sí, a la que respalda la gente, la mayoría de la gente que votó en 2015 y que aspiraba al contrapeso. A la alternabilidad. Los diputados fueron como esos talentos que se esmeran, pero no logran cautivar al director. Guaidó podría aspirar al premio de mejor actor de reparto. Es ese tipo que cautiva a la audiencia y se roba el show, pero no es el protagonista. Aunque sigue esmerándose para cambiar el final de una obra digna del séptimo arte.

¿Los villanos?

La pelea por ganar el premio al mejor -peor- villano es dura. Los colectivos y la Guardia Nacional se esmeraron por infundir terror en la Asamblea Nacional y en las calles. Los primeros tienen el mérito de haber robado y golpeado a los periodistas en unas escenas deplorables, y los segundos, con su armadura de cobardía se amuñuñaron en cada esquina para impedir que los diputados electos por el pueblo pudieran llegar a su lugar de trabajo. También se destacaron en el arte de defender a los armados y dar la espalda a los desvalidos. ¡Ay...! Será interesante conocer el veredicto del jurado, aunque corren el riesgo de terminar bañados de mierda si a los nominados no les agrada la decisión.

Nicolás Maduro (REUTERS/Manaure Quintero)
Nicolás Maduro (REUTERS/Manaure Quintero)

La escenografía

Una película de terror siempre muestra escenarios sombríos. Grises. Bueno, este bendito país también puede aspirar a un premio en esta caracterización. Las calles oscuras, llenas de huecos, la basura que abarrota las aceras. Los hospitales colapsados. La escasez de combustible, los salarios miserables y la comida incomparable. Asusta. No hay necesidad de efectos especiales. La Venezuela de la primera quincena de enero sometió a los trabajadores a una paga de tres dólares. Terrorífico.

Los extras

Y como en toda película, están los maltratados. Los que aparecen en todas las escenas, los que se llevan los golpes, los que no tienen camerinos ni privilegios. Los que no cuentan. Los y las venezolanas que hacen cola, que comen dos veces al día y no tienen dólares para comprar en los bodegones. Los que esperan por los bonos del gobierno como único auxilio para no morir de mengua. Los de a pie. Las mayorías que verbalizan los políticos y después descartan como una ficha mal jugada en la estrategia del ajedrez. Hay que multiplicar el premio a los extras, son los héroes silenciosos de la resistencia. Los que se aferran al milagro de un mañana distinto, posible. Los que se santiguan cada mañana y le piden a la Virgen que los devuelva con vida a casa, aunque hayan muchas balas buscando un blanco en la calle. Balas de oficiales. Municiones de irregulares.

Venezuela, el país del que tanto hablamos. Una película de terror de la que muchos quieren escapar. De la que más de cuatro millones de personas ya se fueron. El país de las mil y un maravillas hoy sufre por una terca “revolución” que priorizó la confrontación y fragmentación antes que la honestidad, el trabajo y la justicia social.

Y en estas andanzas de inicio de año, en este primer relato del 2020, ojalá que el premio a la revelación venga de la divinidad. Que José Gregorio Hernández ya sea declarado un santo. Sería una alegría para los feligreses. Mayoría -casi- absoluta en la nación que está a nivel de milagro.

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