Hugo Chávez viajó a La Habana en diciembre 1994, a los pocos días de ser indultado y liberado tras su fallido golpe de Estado. Allí se inició su amistad con Fidel Castro (Shutterstock)
Hugo Chávez viajó a La Habana en diciembre 1994, a los pocos días de ser indultado y liberado tras su fallido golpe de Estado. Allí se inició su amistad con Fidel Castro (Shutterstock)

En una discreta calle residencial de la urbanización San Bernardino, en el Centro Norte de Caracas, pegada de la avenida Boyacá, conocida más popularmente como la "Cota Mil", en la calle Palmita, está ubicado un pequeño edificio de cuatro plantas, de color marrón. Pocas personas entran o salen de sus instalaciones. En su entrada no se ven guardias y las cámaras de vigilancia están perfectamente escondidas. Lo único que sobresale y distingue al edificio es la profusión de antenas de comunicación en el techo. Sin embargo, ese es el principal centro de operaciones de los asesores cubanos destacados en Caracas, ahí es en dónde se transmiten informes a La Habana y se reciben las instrucciones que deberá instrumentar Nicolás Maduro.

La relación de La Habana con Caracas comenzó antes de asumir Hugo Chávez por primera vez la presidencia de Venezuela. En diciembre de 1994, a los pocos meses de ser indultado y liberado de la cárcel, Chávez viaja a La Habana en dónde es recibido como un héroe y abrazado por Fidel Castro. Así se inició un exitoso proceso de seducción política, casi paternal y amorosa. En ese momento todavía no se vislumbraba el futuro político de Chávez, ni de su incipiente movimiento político MBR 200. La visita fue organizada por Nicolás Maduro, que desde sus estudios en La Habana mantenía estrecha relación con la isla. Para Fidel la riqueza petrolera de Venezuela siempre había sido un objetivo estratégico y a partir de ese momento los movimientos y pasos de Chávez comenzaron a ser monitoreados con creciente interés.

Fidel Castro asiste a la toma de posesión de Chávez el 2 de febrero de 1999 y cuando el presidente venezolano participa en Cuba en la IX Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, en noviembre de ese mismo año, permanece dos días adicionales en la isla: el proceso de planificada seducción ya está perfectamente pautado. En el plan jugará un destacado rol el veterano revolucionario Ramiro Valdés Menéndez, conocido como "La Sombra" o "El carnicero de Artemisa", héroe de la Revolución, compañero de los Castro desde el asalto al cuartel Moncada y la expedición del Granma, siempre con estrecha relación con el Primer Directorio de la extinta KGB rusa. En más de una oportunidad sus fríos cálculos prevalecieron en la relación entre La Habana y Caracas.

– Este muchacho Hugo Rafael – le habría comentado Fidel a Ramiro Valdés – tiene ideas un poco raras… Eso de no reprimir a los delincuentes comunes es una locura. Se va a disparar la criminalidad en Venezuela.
– Ni tanto, Fidel… Bastante los usamos nosotros en el 80 con los "marielitos" y en su momento el camarada Stalin utilizó a los delincuentes comunes para que manejaran a los presos políticos en los gulags… Pero es bueno que Hugo sienta que toma decisiones propias y, además, ¿qué importa? Eso no interfiere con nuestros planes.
– Oye tu, Ramiro, como que tienes razón.
– Además, Fidel, es mejor que allá aumente la criminalidad. Primero, será un mecanismo perfecto para aterrorizar a la población, y segundo, bajo ese paragua se podrá eliminar a los contra revolucionarios que jodan demasiado…

Los "planes de cooperación" entre Venezuela y Cuba crecen y se extienden: miles de médicos cubanos entran a Venezuela con la Misión Barrio Adentro, afluyen técnicos y entrenadores deportivos; y de forma menos visible, los registros públicos y notarías comienzan a ser manejados por funcionarios cubanos, así como la administración de documentos de identificación venezolanos, cédulas de identidad, pasaportes y mucho más discretamente, entran oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba para establecer la nueva doctrina militar venezolana, escoltas para el anillo de seguridad más cercano al presidente Chávez y asesores de inteligencia y contrainteligencia.

El veterano revolucionario cubano Ramiro Valdés Menéndez fue nombrado por Chávez como encargado de una comisión para resolver la crisis energética en Venezuela y se convirtió en el hombre clave del castrismo en Caracas (EFE)
El veterano revolucionario cubano Ramiro Valdés Menéndez fue nombrado por Chávez como encargado de una comisión para resolver la crisis energética en Venezuela y se convirtió en el hombre clave del castrismo en Caracas (EFE)

Posiblemente intentando emular la designación de un extranjero en un ministerio -como lo fue la del argentino Ernesto "Che" Guevara, en 1959-60 como presidente del Banco Central de Cuba-, en el 2010 Hugo Chávez nombra al cubano Ramiro Valdés, que en ese momento se desempeñaba en La Habana como Ministro de la Informática y las Comunicaciones, como presidente de una comisión para resolver el problema de energía eléctrica de Venezuela. Valdés era un ministro de tecnología que opinaba, según sus propias palabras, que "internet es un invento de Occidente para el exterminio de la humanidad". Actuando con discreción y mano dura, al frente directa o indirectamente de los servicios de inteligencia, se le consideró un rival en la sombra de Raúl Castro, pero cuando éste comienza a emerger como el sucesor designado de Fidel, provisionalmente en el 2006 y en el 2008 como definitivo, Ramiro Valdés estará al lado de Raúl y seguirá muy próximo a Fidel, que, aunque retirado, seguía manejando los hilos del poder. En el 2013, ante la gravedad del cáncer del presidente Hugo Chávez, reunidos Raúl Castro, Fidel y Ramiro Valdés, toman una decisión determinante que será la jugada magistral de la operación de seducción. Raúl Castro habría planteado el problema:

– Al igual que lo hiciste tu Fidel, cuando pasaste a retiro y me designaste a mi como tu sucesor oficial, es imperativo que Hugo Rafael nombre desde ahora quién será su sucesor.
– Pero Raúl – le acota Ramiro Valdés – allá tendrá que ser un candidato presidencial ungido por Chávez, habrá que hacer elecciones y todo eso…
– Vi tus informes, Ramiro – ahora habla Fidel Castro, en voz baja, desde su mecedora vienesa — Por lo que veo, hay varias opciones. Está Alí, un viejo y solidario camarada, el malcriado de Diosdado, estos muchachos, Jaua y el otro sirio, también mencionas algún militar… Pero la recomendación de tu análisis es que sea Nicolás…
– Así es, Fidel. Nicolás es mi hombre en Caracas. Con él de presidente garantizamos todo lo que hemos logrado para nuestra revolución. Pero hay que venderle la idea a Hugo Rafael antes de que muera.
– Pues que así sea… Yo me encargo de convencer a Hugo. Mira tú, Raúl, yo sé que no te convence mucho Nicolás, pero tendrás que hacerte a la idea, tratarlo con cariño. Es lo que más nos conviene…

Los agentes del G2 cubano, herederos de la cultura corporativa, disciplinada y austera de la KGB y de la Stasi, se encontraron en Caracas con funcionarios y oficiales de la revolución bolivariana de Hugo Chávez relajados, nadando en dólares y lujos, camionetas blindadas último modelo, yates, jets privados, mujeres, whisky, buena comida, exquisiteces y todo el lujo de occidente, un nivel de vida para ellos desconocido y que fue penetrando en sus corazones y en sus mentes. Era la época de la distensión durante el gobierno de Obama. A Cuba, además de la generosa ayuda y vital soporte económico suministrado por Venezuela, afluían divisas generadas por los cruceros y turismo norteamericano que ahora llegaba a la isla. La seducción hábilmente manejada por Fidel Castro llegó a tal extremo que en el 2006, Hugo Chávez modernizó la flota aérea para transportar a los dignatarios cubanos, regalándole a Fidel, no sólo un jet, sino tres modernos Dassault Falcón, que todavía siguen operando, para la conveniencia de La Habana, con siglas venezolanas, y que han sido usados ampliamente por los asesores destacados en Caracas.

Cuando Chávez enfermó, Ramiro Valdés le aconsejó a Fidel Castro apoyar a Nicolás Maduro como sucesor del líder bolivariano (AFP)
Cuando Chávez enfermó, Ramiro Valdés le aconsejó a Fidel Castro apoyar a Nicolás Maduro como sucesor del líder bolivariano (AFP)

En la comunidad de inteligencia cubana ser enviado a Venezuela significó ganarse la lotería. Pero al paso del tiempo sus informes comenzaron a reflejar un matizado equilibrio entre lo que sus jefes querían oír, la realidad que percibían y de la que debían informar y los supremos intereses de la revolución cubana; pero siempre y cuando no pusieran en peligro el interés personal de su permanencia en Caracas.

Todo jefe de inteligencia sabe que los análisis e informes de sus subordinados, aún los más leales, nunca son totalmente objetivos y por eso tratan de cruzar fuentes para verificar las informaciones, que estos análisis no son más que herramientas puntuales que ayudan a tomar decisiones y que deben extremar la percepción personal y directa para complementarlos.

En el 2013, al asumir la presidencia Nicolás Maduro, Ramiro Valdés aumentó la frecuencia de sus estadías en Caracas. En el 2018, a las horas de ser designado como presidente del Consejo de Estado y de Ministros, el sucesor de Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel, convoca a La Habana a Nicolás Maduro. En las reuniones estará presente el inefable Ramiro Valdés, que se mantiene como vicepresidente del Consejo de Estado. Unos días después Díaz-Canel hará su primer viaje oficial al exterior, precisamente a Caracas, volando en uno de los Falcon regalados. Ahí se asegura de mantener el control sobre su homólogo venezolano, pero, en paralelo a los actos protocolares, mantendrá largas reuniones con los asesores cubanos destacados en Caracas. En La Habana corrían rumores, estos funcionarios se habrían "contaminado", sus informes eran parcializados, interesados, poco rigurosos, algunos asesores incluso hacían negocios particulares. La gestión de Ramiro Valdés estaba en entredicho. Era necesario restablecer el orden en la "Casa Cuba" en Caracas, porque mantener el apoyo petrolero y financiero de Venezuela, aunque ya menguado, es vital para Cuba.

Pero el pasado martes 30 de abril todos los temores de La Habana sobre la eficiencia de sus asesores en Caracas se confirmaron, la inteligencia cubana sufrió un duro revés y el delicado entramado montado durante años por La Habana en Caracas estuvo a punto de derrumbarse.

Uno de los aviones ejecutivo Dasaault Falcon que el gobierno venezolano le cedió a La Habana para que utilicen los funcionarios castristas (La Patilla)
Uno de los aviones ejecutivo Dasaault Falcon que el gobierno venezolano le cedió a La Habana para que utilicen los funcionarios castristas (La Patilla)

Ese día amaneció muy temprano, con el líder de la oposición Leopoldo López en libertad, junto con el presidente encargado Juan Guaidó, rodeado y aclamados por militares armados y sublevados en el Este de Caracas, muy cerca de la residencia presidencial de La Casona, que Nicolás Maduro nunca ha llegado a utilizar. Este, desde el bunker en el que duerme en Fuerte Tiuna, la principal base militar de la capital, llamaba frenéticamente a La Habana y a los consejeros cubanos en Caracas, en busca de instrucciones. Pero nadie le respondió. Ni los agentes del G2, ni la cúpula de la dirigencia cubana, ni siquiera Ramiro Valdés habían sabido prevenir la jugada de la oposición venezolana y desconectados, cada quién en lo suyo, no se enteraron en tiempo real de lo que ocurría en Caracas. Entonces, Nicolás Maduro, por puro instinto de supervivencia, comenzó a mirar hacia otra parte. Llamó al embajador de Rusia. Los rusos tuvieron la capacidad o la suerte de poder aterrizar en pocas horas un avión a disposición de Maduro. Muy temprano evacuaron a la primera dama Celia Flores a la mansión que la pareja posee en Punta Cana, República Dominicana y el avión regresó a Venezuela. Los rusos, con ese primer movimiento, lograron tranquilizar a Nicolás Maduro y frenar su decisión de abandonar el país. El cálculo soviético funcionó. A las pocas horas el movimiento insurreccional se diluyó.

Pero los acontecimientos agarraron de sorpresa a los cubanos. Cuando se enteró de lo que ocurría, Miguel Díaz-Canel reaccionó indignado frente a la primera crisis que le tocaba manejar. Quería la cabeza de Ramiro Valdés. Raúl Castro le aconsejó prudencia. Valdés, como siempre hace, sorteó las críticas con habilidad. Reconoció los errores, ofreció que luego de una primera fase de "control de daños" vendría una completa reestructuración de los agentes destacados en Caracas, que rodarían cabezas, que más nunca les volvería a pasar algo semejante…

Pero el daño estaba hecho. En la breve urgencia Nicolás Maduro no encontró en La Habana informes que le alertaran previamente, y una vez desatada la crisis, tampoco instrucciones, ni apoyo oportuno. Los asesores cubanos destacados en Caracas, llamados uno a uno a la isla, entendieron que los años de "fiesta y felicidad" terminaban para ellos y que ya no gobernarían más a Venezuela de acuerdo a su meticuloso e interesado antojo.