
Un mago para los magos, era un filósofo del oficio. No quería engañar a la gente; quería compartir su asombro ante lo inexplicable.
Juan Tamariz, un mago alocado, de cabello desgreñado y dientes irregulares, cuyos ingeniosos trucos de cartas desconcertaron al público y dejaron perplejos a otros practicantes de la prestidigitación, ganándole una estatura mítica como el maestro preeminente de la magia de cerca en el mundo, murió el 18 de agosto en Madrid. Tenía 83 años.
La causa de la muerte, en un hospital, fue sepsis, dijo su hija Ana Tamariz. También padecía párkinson.
Autocrítico, con una energía que rayaba en la manía, Tamariz era un poco de Woody Allen barajado con Gilbert Gottfried y la Rana René de los Muppets. Su exuberante locura y su atuendo poco convencional --jeans descoloridos, chalecos de traje, sombreros de copa coloridos-- dejaban al público vulnerable al engaño.
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"Lo que detectas detrás de todo lo que hace es alegría combinada con una astucia increíble", dijo Teller, de Penn & Teller, en una entrevista. (Solo es mudo en el escenario). "La alegría tiene dos funciones: te hace muy feliz, pero también desactiva algunas de tus facultades críticas".
Luego, las cartas hacían cosas peculiares: reorganizaban su orden, cambiaban el color de los palos o de repente decidían que habían sido corazones, en lugar de picas, todo el tiempo.
Para algunos espectadores, la experiencia era tan desconcertante que se levantaban para dar un paseo. Los magos lo encontraban igualmente exasperante.
"Llegaba a la mesa con tantas habilidades como cualquier mago que haya existido", dijo Penn Jillette, el compañero de magia de Teller, en una entrevista. "Me hacía un truco y yo le decía: 'Ah, sí, no tengo absolutamente ninguna idea de cómo acabas de hacer eso'".
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Había una implacabilidad en Tamariz.
"Juan estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que un truco funcionara", dijo Jillette, enfatizando su punto con una grosería.
Conocido como el Maestro en su España natal, donde protagonizó programas de variedades de televisión durante muchos años, Tamariz actuó en escenarios de todo el mundo, ganándose el aplauso de magos como Ricky Jay, David Copperfield y David Blaine.
Era un mago para los magos, un filósofo del oficio que describía sus juegos de manos como "juegos" en lugar de "trucos", una palabra que le resultaba repugnante. No quería engañar a la gente; quería compartir su asombro ante lo inexplicable.
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En Juan Tamariz: Love & Magic, un próximo documental dirigido por R. Paul Wilson, Tamariz dijo que creía que no podría existir sin magia, porque un mundo sin magia sería menos rico, a falta de ilusiones o cumplir deseos imposibles.
Después de terminar un truco --ejem, un juego--, se paseaba tocando un violín de aire imaginario y cantando el primer compás de la ópera Carmen, que sonaba algo como: "¡Yaaaa! ¡Ya-da-da-da-da-daaaaaaaaa!".
"Es una señal de aplauso, un mensaje al público de que algo termina y algo más está por comenzar", escribió el mago Joshua Jay en Cómo piensan los magos y por qué la magia importa (2021). "Rodney Dangerfield bromeaba: 'No me respetan en absoluto'. George Burns le daba una calada a su cigarro. Juan toca el violín de aire".
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Tamariz abordaba la magia como un científico, experimentando con cartas hasta altas horas de la noche --era noctámbulo-- en una mesa de su casa. Ideó teorías y técnicas que se convirtieron en la base intelectual y técnica de la magia de cerca.
Su "teoría de las falsas soluciones" era una manera de diseñar el engaño. Los científicos que se especializan en la atención la estudiaron.
"Durante la ejecución del truco, él sugiere de manera muy sutil una posible explicación de cómo se está realizando el truco, para finalmente mostrar que esta explicación, de hecho, no es posible", escribió el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga en la revista Current Biology. "Al forzar a los espectadores a prestar atención a un método en particular, al mismo tiempo los está forzando a descartar muchos otros posibles".
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Las cartas pasaban veloces por sus dedos largos y diestros como un borrón, pero su verdadero genio era el desvío de atención, particularmente un método que concibió y llamó "cruce de miradas", en el cual su mano iba en una dirección y su mirada en la otra, a la misma velocidad.
"Creo que por lo que más se le recordará es por su psicología, el pensamiento detrás de su magia", dijo Jay en una entrevista. "Hacía que fuera muy divertido ver actuar a Juan, ver a las personas a su alrededor volverse locas poco a poco con lo que estaba haciendo".
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Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón nació el 18 de octubre de 1942 en Madrid. Su padre, Julio Tamariz-Martel Fabre, servía en el ejército; su madre, Consuelo Negrón de las Cuevas, era maestra.
De niño, se divertía con juegos de magia y leía libros de magia. Cuando tenía 11 o 12 años, realizó un truco de cartas frente a 200 personas en un evento benéfico. No le fue bien.
"Nunca más he vuelto a ponerme nervioso, ni antes ni durante una actuación", dijo en una entrevista de 2018 con la revista cultural española Jot Down. "Lo bueno del arte es que, si te equivocas, no pasa nada. Tenemos esa ventaja. Si eres médico y fallas, puede morir alguien".
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En su adolescencia, fue guiado por magos en la Sociedad Española de Ilusionismo. Estudió física en la Universidad Complutense de Madrid, pero no terminó la carrera. Después, asistió a la escuela de cine, pero esa facultad cerró antes de que se pudiese graduar.
Se dedicó a la magia a tiempo completo, actuando en centros turísticos de playa, logrando apenas llegar a fin de mes.
Su gran oportunidad llegó en 1975. Durante una reunión en Televisión Española, una cadena de televisión pública, Tamariz le entregó al director de programación una navaja blanca y luego hizo que se volviera roja. El director lo contrató para protagonizar un programa llamado Tiempo de magia.
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Los juegos desconcertantes de Tamariz y su personalidad entrañable lo convirtieron en una estrella. Magos de todo el mundo hacían peregrinaciones a su casa, teniendo el cuidado de no llegar antes de que se despertara, generalmente después de las 6 p.m.
"Juan te preparaba la cena y hablabas hasta que la última persona allí se quedaba dormida", dijo Jillette. "Te enseñaba cualquier cosa que quisieras saber. Era abierto, cariñoso y amable, no el tipo de persona que es un mago en Estados Unidos de América".
Con su característica personalidad arrolladora y bravucona, Jillete afirmó: "Pero Juan no solo enseñó a dos, tal vez tres, generaciones de magos no solo a hacer magia, sino también a vivir". Tras hacer una pausa, agregó: "Voy a llorar ahora; lo siento. Todos y cada uno de ellos son amables y generosos, y aman la vida. ¿Entiendes lo que digo?".
El Maestro convirtió a España en el epicentro de la magia de cerca, una distinción que se ha convertido en una especie de chiste recurrente en el programa de televisión Penn & Teller: fool Us, en el que los magos intentan engañar a los presentadores aparentemente inengañables.
"Cuando los españoles vienen a Fool Us, Penn y yo simplemente decimos: 'Bien, prepárate para bajar el trofeo'", dijo Teller. "Juan fue quizás el mayor genio mágico, ciertamente en el ámbito de la cartomagia y la prestidigitación, que jamás haya vivido, y encontró una manera de legar eso a los magos y también a la cultura".
Además de su hija Ana, entre quienes le sobreviven están otras dos hijas, Mónica Tamariz-Martel Mirêlis y Alicia Tamariz-Martel Nicolau; y un hijo, Juan Diego Tamariz-Martel López.
Tamariz escribió más de una decena de libros sobre magia.
En El arco iris mágico, describió su profesión como un arte que "encanta y hechiza y fascina y emociona todas las capas del cerebro, que nos mete de bruces en el misterio, que nos habla de los sueños deseados". El "lenguaje universal" de la magia, escribió, encanta a todos: "Hombres y mujeres, bobos y listos, intelectuales, artistas, científicos y mercaderes, go-go girls, duques y notarios y vagos y y y ".
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