Me irritaba, pero era justo lo que necesitaba en un hombre

Reportajes Especiales - Lifestyle

Guardar
Google icon
Imagen KRYCOJTA5VBMVI36TCZCIP3LR4

Mi ansiedad hacía que salir con alguien fuera muy difícil. Entonces conocí a un chico extremadamente irritante en Bumble.

Mi cita de Bumble sacó de una bolsa de tela una botella de vino y dos copas de champán de plástico. Descorchó la botella, sujetó las copas con firmeza y decantó el vino, todo mientras me daba una cátedra sobre el tema de mi tesis universitaria.

PUBLICIDAD

Era un día soleado en el Bajo Manhattan y era nuestra primera cita. Mientras su perro descansaba plácidamente en el césped, me describió su propia tesis universitaria, escrita dos años antes. Sugirió que leerla me haría bien.

Después de una hora, le dije que tenía que irme.

"Espera", dijo. Quería un café. Me preguntó si me quedaría con su perro mientras él se asomaba a un café cercano.

Al poco rato, estaba sosteniendo una correa, parada debajo de unos andamios a espaldas de la cafetería donde él había desaparecido diez minutos antes. El perro se alejaba poco a poco de mí, mirando hacia atrás por encima del hombro con un horror amable, mientras la gente pasaba acelerada a nuestro alrededor. Finalmente, él salió con las manos vacías.

PUBLICIDAD

"¿Dónde está tu café?" Le pregunté.

"¡Ah! Exclamó encogiendo los hombros. "Me tomé el "espresso" adentro.

Lo pronunció "expresso".

Mucho antes de que usara Bumble, el trastorno de ansiedad generalizada ya había tomado el control de mi vida. Actuaba como un collar de choque cada vez que me enfrentaba a experiencias nuevas (o incluso familiares). Mi corazón se aceleraba al realizar tareas cotidianas, hasta el punto de enloquecer por un mal presentimiento al acercarme a la cocina para tostar una rebanada de pan.

La idea de acercarme a alguien en un bar o en una fiesta siempre me ha paralizado de pánico. Las aplicaciones de citas me parecían un truco absurdo: una forma de conocer gente desde la seguridad de la escritura, en lugar de hacer contacto visual en un salón lleno de gente.

Aun así, llegaba a cada primera nauseabunda ante la idea de que un desconocido me observara y evaluara. Aunque para cuando llegaban los cócteles carísimos, por lo general ya me estaba divirtiendo. Era entretenido pasar 90 minutos en un bar clandestino o en un local de lanzamiento de hachas intercambiando opiniones sin mayor importancia con un chico llamado Jake.

Escuchaba cómo los chicos se abrían y hablaban de sus relaciones, de sus extraños sueños recurrentes, de sus sentimientos hacia Dios. Había seguridad en las costumbres y las reglas tácitas de las primeras citas: nos encontrábamos, charlábamos, luego volvíamos a nuestras vidas y, por lo general, nunca volvíamos a hablar.

Las primeras citas fueron como una terapia de exposición para mi ansiedad social, pero me resistía a la idea de una segunda o tercera cita: quedarme sin temas de conversación; tener malestar estomacal en el departamento de otra persona; pasar horas ininterrumpidas simplemente estando juntos. Salir con alguien requería una intimidad que me parecía imposible.

Pero con mi cita de Bumble sentí una extraña relajación. Iba a su departamento a tomar vino tinto y me desconectaba mientras él se explayaba sobre Nabokov. Llevábamos a su perro a pasear por el West Village. Me presentó comedias de televisión poco conocidas y nos reíamos de los mismos chistes.

Su falta de autoconciencia hacía que no me obsesionara con mis expresiones faciales ni con la elección de mis palabras. No me sentía observada de cerca porque no me observaba de cerca. Su departamento se convirtió en mi refugio contra la ansiedad.

Mis amigos estaban preocupados. ¿Por qué pasaba tanto tiempo con un hombre al que le parecía ser indiferente? "Debes sentir algo por él", me decían.

¿Estaba secretamente enamorada de él? No lograba sentir nada más que una sensación de compañerismo, mezclada con irritación.

Lo invité a mi cumpleaños número 25. Llegó con un queso suave y una baguette. Se limitó a un solo discurso político irrelevante. Lo observé charlando con mis amigos; veía cómo pasaban de estar escépticos a indignados, para después encariñarse con él.

"Tengo que admitir que me encanta", susurró uno.

"De hecho, es gracioso", escribió alguien por mensaje.

Bajo la fachada de confianza y condescendencia, surgía una persona encantadora. No sentíamos nada romántico el uno por el otro, pero parecía que no solo estábamos saliendo de vez en cuando, sino que nos estábamos haciendo amigos.

Luego él conoció a alguien y dejamos de salir. Después se separaron y volvimos a pasar tiempo juntos. A veces yo salía con otras personas y cuando esas relaciones se acababan, volvía con mi cita de Bumble. Este patrón se repitió durante años. Mi ansiedad también continuó. Fui a terapia y tomé medicamentos. Pero seguía sintiendo que estaba en peligro y que mi trabajo era mantenerme alerta.

Una noche llegué a su departamento al borde de un ataque de pánico.

"¡Siéntate!", me dijo. Después, con tono imperioso: "Te voy a guiar en unos ejercicios de respiración".

Con la seguridad de un maestro zen, así lo hizo.

Otra noche, llamé angustiada a su puerta después de una fiesta. "Nunca voy a tener éxito", le dije entre lágrimas. "Me da miedo hablar con la gente".

"Claro que vas a tener éxito", dijo. "Hagamos un plan para tu carrera".

Luego, se enamoró… pero no de mí. La conocí en su fiesta de cumpleaños. Era divertida y guapísima. Después de charlar con ella, lo aparté y le dije cuánto me agradaba.

"¡Míranos!", dijo. Para entonces, ya teníamos cinco años de habernos conocido, seis departamentos y habíamos pasado la mayor parte de nuestros veinte años juntos. En ocasiones, me parecía insoportable y en otras, fue para mí un bálsamo.

"Te quiero", dijo riéndose.

"¡Yo también te quiero!", le contesté. Nos miramos, sorprendidos por nuestro afecto platónico.

Durante la pandemia, me mudé a San Francisco y nos enviábamos mensajes de texto de vez en cuando. Un día me escribió para decirme que se iba a casar. ¿Conocía a algún rabino que estuviera dispuesto a oficiar una boda interreligiosa de última hora en Brooklyn?

Intenté, una vez más, hacer un balance honesto de mi corazón en busca de pruebas de que siempre había sentido algo por él. Lo único que encontré fue alegría por él y una lista de posibles rabinos.

Cuando las vacunas contra el Covid se distribuyeron ampliamente, volví a descargar las aplicaciones de citas. Tenía una nueva terapeuta que practicaba la terapia cognitivo-conductual. Por Zoom, le conté sobre la primera cita más reciente que había tenido. Me había ido tan bien que sentí una desesperación anticipada. Mi cita había hablado sobre la redistribución de la riqueza y novelas. Hizo preguntas y escuchó mis respuestas. Me sentí expuesta bajo la intensidad de su atención.

Quiero volver a verlo, le dije. Pero había un problema: me había invitado a cenar. Me imaginaba la cita en un restaurante como una visita a una casa embrujada, donde cada elemento está diseñado para asustar. Me darían tantas náuseas que no podría comer. Tendríamos que mantener contacto visual durante varios platillos. Después, tal vez él quisiera venir a mi casa. ¿Cómo podría mantener la farsa de la normalidad durante tanto tiempo?

"Parece que es hora de un experimento de comportamiento", me contestó. Me aconsejó que fuera a cenar y luego lo invitara a mi casa. "No lo seduzcas", me dijo. En lugar de eso, "sírvele un tazón pequeño de zanahorias".

En el recuadro de la transmisión en Zoom, me vi a mí misma poniendo los ojos en blanco y estremeciéndome.

De camino a la cena, temblando de ansiedad, pensé en mi amigo de Bumble. Con el paso de los años, se había convertido en la persona con la que más tiempo pasaba en entornos íntimos. Había sido ansiosa y grosera, aburrida y asquerosa. Siempre había estado bien.

El hombre al que le serví el tazón pequeño de zanahorias se convirtió en mi novio. Cuando le dije que padecía un trastorno de ansiedad, me dijo que él también.

Cuando le conté que mi ansiedad me provocaba dificultad para respirar, me dijo: "¡A mí también me pasa! Es lo peor". Cuando se me aceleraba el corazón, me decía: "¡Salgamos a correr!" (Al final nos decidimos por una sesión de yoga).

Nos mudamos juntos y nos turnábamos para salir del departamento para que el otro pudiera tener la sesión de Zoom con su terapeuta. Después de meses de discutir todos los posibles contratiempos, programamos nuestra propuesta de matrimonio mutua en el calendario que compartimos de Google. Durante el proceso de planificación de la boda, nos turnamos para entrar en pánico.

Una característica distintiva de los trastornos de ansiedad es el deseo de un nivel de certeza que es incompatible con la vida real. Una persona ansiosa quiere saber que nadie está enojado con ella, que no se está muriendo y que nada va a salir mal, nunca. Amar a otra persona ansiosa no ha resuelto estas preocupaciones. Podemos hacernos promesas el uno al otro, pero no podemos predecir el futuro. Como solía decir mi terapeuta cuando yo describía posibles calamidades futuras: "No se puede saber".

Cuando miro a mi pareja y me sorprende de nuevo lo afortunada que soy, pienso en las personas tan inverosímiles que me ayudaron a aprender a estar con él. Los amigos que me escucharon mientras procesaba mis sentimientos. El terapeuta que desafió mi forma de pensar. Los algoritmos de la aplicación de citas que nos unieron. Y mi molesta cita de Bumble, que me ayudó a practicar cómo estar con otra persona lo suficiente como para amarla.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD