Los católicos que desafían al Vaticano y permanecen con una facción rebelde

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El Vaticano excomulgó a los sacerdotes de una facción católica disidente, pero muchos de sus fieles se niegan a romper con ella.

Cuando el Vaticano excomulgó la semana pasada al clero de una facción conservadora rebelde, lo que provocó el mayor cisma del catolicismo en décadas, también esperaba que los numerosos seguidores del grupo volvieran a la corriente principal de la Iglesia.

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Sin embargo, según entrevistas con algunos seguidores de la facción en Argentina, Italia y Suiza, la sanción se ha recibido con rebeldía.

"No cambia nada", dijo Blandine Guillaumin, de 42 años, maestra en una escuela dirigida por el grupo en Francia. Guillaumin afirmó que seguiría formando parte de la facción, llamada Fraternidad Sacerdotal San Pío X, incluso si el Vaticano cumpliera su amenaza de excomulgar a los fieles que se mantuvieran leales al grupo escindido.

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"Estamos seguros de que estamos haciendo la voluntad de Dios", dijo Guillaumin. Es la fraternidad, y no el Vaticano, afirmó, la que representa "el catolicismo puro y auténtico".

La actitud desafiante de Guillaumin personifica el punto culminante de un enfrentamiento de 56 años entre el Vaticano y la fraternidad, fundada en 1970 para protestar contra el giro modernizador de la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II, que tuvo lugar entre 1962 y 1965.

La fraternidad lamenta el cambio que el concilio introdujo en la forma de celebrar los oficios católicos. Aunque el concilio permitió a los sacerdotes celebrar misas en lenguas vernáculas, la fraternidad sigue celebrando la misa tradicional en latín, con el argumento de que así se conserva un sentido de veneración y misterio.

La fraternidad también rechaza la esencia de las enseñanzas del concilio, que, según ella, contradicen la doctrina milenaria de la Iglesia. Los miembros de la fraternidad se oponen a la aceptación por parte del concilio de otras religiones y a su impulso al diálogo interreligioso y al acercamiento a otras denominaciones cristianas.

Señalan que el concilio fue el principio del fin para la Iglesia católica, lo que ha llevado a que haya menos gente en los bancos de las iglesias europeas, menos sacerdotes en los púlpitos y todo tipo de lo que ellos perciben como herejías y errores. (De hecho, el número de católicos está aumentando, al menos en América y África).

Los líderes del Vaticano, incluido el papa León, discrepan, como es lógico, de la postura de esta facción, y alegan que ha roto con enseñanzas fundamentales de la Iglesia. León dijo el mes pasado que sus seguidores "se niegan a aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia".

Andrea Tornielli, un alto cargo del Vaticano que colabora en la gestión de su departamento de comunicación, escribió el jueves en un editorial que el grupo estaba "muy alejado de la fe católica" porque se negaba a aceptar la diversidad de la doctrina católica.

Estas desavenencias culminaron la semana pasada en la pequeña aldea suiza de Écône, donde el fundador de la fraternidad, el arzobispo Marcel Lefebvre, supervisó la construcción de su primer seminario en 1970. En una ceremonia llena de rituales celebrada el miércoles, los nuevos líderes de la fraternidad desafiaron al papa León XIV al consagrar a cuatro obispos en contra de su voluntad, un acto que, según el grupo, atrajo a unas 17.000 personas.

Un día después, el Vaticano declaró que la fraternidad estaba en cisma con la Iglesia y emitió un decreto de excomunión contra sus obispos --seis en total, tras la ceremonia del miércoles-- así como contra sus sacerdotes, lo que les prohíbe oficiar matrimonios y escuchar confesiones, que se considerarían inválidas.

Al resto del clero y a los fieles laicos se les advirtió de que se arriesgaban a la excomunión si continuaban siguiendo las enseñanzas de la fraternidad. El Vaticano tendió una rama de olivo a quienes quisieran abandonar la fraternidad, al dar instrucciones concretas sobre cómo podían volver al seno de la Iglesia católica.

El viernes, en Écône, esa petición parecía haber sido ignorada.

En un comunicado público, el superior general de la fraternidad, el reverendo Davide Pagliarani, no revirtió ni se disculpó por las consagraciones y describió la decisión del Vaticano de "objetivamente injusta e inválida". Aun así, escribió en una carta --la primera respuesta formal de la fraternidad a la excomunión-- que aceptaba la postura del Vaticano sin "amargura ni rebelión" y prometió "amar aún más a la Santa Iglesia".

Aunque Écône no estaba tan animada como en los últimos días, la aldea seguía siendo un hervidero de actividad mientras los miembros del grupo se afanaban en poner todo en orden tras una semana de ceremonias.

Con una cruz dorada brillante colgada al cuello, el obispo Marc Hanappier, uno de los nuevos prelados, se detuvo para bendecir a los fieles que se arrodillaban reverentemente a sus pies. Los niños se arrodillaban para besar el anillo de su mano derecha. Dijo que no tenía tiempo para hablar con ningún periodista.

La fraternidad solo tiene unos 1500 miembros oficiales, la mitad de los cuales son sacerdotes, pero sus responsables dicen que pueden contar entre 300.000 y 600.000 seguidores laicos en todo el mundo.

Los seminaristas apilaron cientos de sillas, desmontaron las tarimas de madera y treparon a toda prisa por los postes eléctricos para desconectar los cables, mostrando una agilidad sorprendente a pesar de sus largas sotanas negras.

El vestíbulo junto a la capilla donde está enterrado el arzobispo Lefebvre se había convertido en una librería improvisada. Había biografías del fundador, una mesa repleta de libros infantiles sobre diversos santos y un libro que ponía en duda la santidad de Juan Pablo II, un pontífice anterior.

Juan Pablo II excomulgó al arzobispo Lefebvre y a los cuatro obispos que este consagró durante un enfrentamiento anterior en 1988. Las relaciones mejoraron con el papa Benedicto XVI, que levantó las excomuniones de los obispos supervivientes en 2009, y con el papa Francisco, que permitió a los sacerdotes celebrar matrimonios y escuchar confesiones.

Claire-Marie Brunet, de 55 años, maestra en una escuela de la fraternidad en Lyon, Francia, cuestionó la decisión del Vaticano.

"La excomunión es un castigo que se impone por un error, pero si no hay error, es simplemente injusto", dijo. "Excomulgar a los fieles, excomulgar a los obispos, es como si el Vaticano excomulgara dos mil años de historia cristiana, porque no hemos cambiado nada de lo que enseñaron los apóstoles", añadió.

Esa rebeldía tuvo eco al otro lado del Atlántico, en Buenos Aires, Argentina, donde una congregación de la Fraternidad San Pío X se reunió para celebrar misa el jueves por la tarde en una iglesia escondida detrás de una de las calles más transitadas de la ciudad.

"Al parecer, somos unos herejes separatistas", dijo Thiago Berlanga, de 23 años, estudiante de economía, mientras esperaba frente a las puertas de la iglesia.

Al igual que otros asistentes, Berlanga se indignó ante la orden de excomunión del papa León. "Voy a seguir viniendo aquí", dijo. "Los herejes son los otros".

Berlanga dijo que era el ala modernista de la Iglesia, y no la Fraternidad San Pío X, la que estaba infringiendo las normas católicas. Enumeró sus quejas: sacerdotes que bendicen uniones homosexuales, que dan la comunión a personas divorciadas y que tratan el catolicismo como si estuviera al mismo nivel que el judaísmo o el budismo. Se quejó de que algunos "sermones suenan como charlas TED" y de que en la misa "ponen música con unas guitarritas y cosas así".

"Hoy en día la Iglesia recibe a todo el mundo", dijo. "Puedes ser homosexual, puedes ser adúltero… puedes hacer de todo menos ser tradicionalista". En la misa del Priorato de San Pío X de Buenos Aires no había guitarras, ni siquiera un piano ni cantos. Se arrodillaban más que en una misa normal, se golpeaban más el pecho, no había signos de paz y se usaba mucho más el latín.

"Rezamos por el Papa", dijo Berlanga: "¿Cómo puedes llamar 'cismática' a una congregación que reza por el Papa?".

En Albano Laziale, a las afueras de Roma, el reverendo Gabriele D'Avino dijo que la facción había preparado a sus seguidores durante dos años para las consagraciones --y sus posibles consecuencias--. "Hemos hablado de ello en nuestros escritos, en nuestras homilías", dijo el padre D'Avino, que dirige a los aproximadamente 2000 seguidores de la fraternidad en Italia.

Solo una familia había abandonado su rebaño desde las excomuniones, dijo. Los demás "entendieron el problema y no se sienten mancillados por estas sanciones", añadió.

Emma Bubola colaboró con la reportería desde Buenos Aires.

Elisabetta Povoledo es una reportera radicada en Roma, cubre Italia, el Vaticano y la cultura de la región. Es periodista desde hace 35 años.

Emma Bubola colaboró con la reportería desde Buenos Aires.

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