
Los que llegamos a la madurez junto con la protagonista ahora podemos ver que amar tu trabajo no tiene por qué significar convertirte en Miranda Priestly. Puede significar ser Andy Sachs.
Cuando la adaptación cinematográfica de la novela de Lauren Weisberger El diablo viste de Prada se estrenó en los cines en junio de 2006, fui directamente de un largo día en la oficina a verla sola porque todos mis conocidos estaban ocupados en el trabajo. También como todos mis conocidos, yo tenía mi primer trabajo de adulto, y el trabajo --hacerlo, pensar en él, planificar su futuro-- ocupaba la mayor parte de mis horas de vigilia.
PUBLICIDAD
Tenía 22 años, más o menos la misma edad que la heroína de la película, Andy Sachs. Las dos vivíamos y trabajábamos en Nueva York, y las dos teníamos un dominio excepcionalmente vacilante de la alta costura, pero ahí acababan las similitudes, al menos de manera superficial. Ella aspiraba a ser escritora en The New Yorker, pero de momento era la ayudante junior de Miranda Priestly (Meryl Streep), la pesadilla de editora de la lustrosa revista de moda Runway; yo era analista de negocios en un gran banco de inversiones, buscaba únicamente mi propio café y ni una sola vez me había planteado seriamente una carrera periodística.
Mientras presenciaba la evolución de Andy, de abrumada empleada recién contratada a hipercompetente asistente de confianza, y luego a aspirante a un puesto en un periódico con un corte de pelo mucho mejor, vi en ella un ejemplo a seguir. La película me encantó, y la he visto decenas de veces en los últimos 20 años, pero con el tiempo he llegado a verla de otra manera, y no solo porque yo también haya cambiado.
PUBLICIDAD
Un año antes, en mi propia orientación para nuevos empleados, un directivo de alto nivel nos había exhortado a mí y a otros cien recién graduados: "Si quieren tener éxito en el trabajo", dijo, alisándose la corbata, "conviértanse en la persona indispensable en su departamento". Sean los primeros en llegar a la oficina y los últimos en irse, explicó. Nunca rechacen una tarea. Asuman que les tocará hacer el peor trabajo y nunca digan que no, y por Dios --la implicación era clara--, si no les gusta cómo los trata su jefe, no acudan a recursos humanos. Aguanten y sigan adelante.
El diablo viste a la moda mejoró la novela. Se deshizo del quejumbroso monólogo interior de Andy ante la indignidad de tener que recordar el pedido del almuerzo de su jefa y colgar su abrigo. Pero la película conservó todos los rasgos de la ansiedad femenina de mediados de los 2000, dilatados por el entorno de la revista. El elemento más atroz es su fijación con el tamaño corporal, el pesaje de las almendras, la declaración del director artístico Nigel (Stanley Tucci) de que "la celulitis es uno de los ingredientes principales de la sopa de maíz". Cuando Andy, interpretada por la esbelta Anne Hathaway, le dice a Nigel que ha pasado de la talla 6 a la 4, él brinda por ella con champán, y el momento se interpreta como una aspiración, no como una ironía.
PUBLICIDAD
No importa que su pérdida de peso sea claramente producto de la ansiedad laboral: Andy está mejorando en su trabajo, y su figura cada vez más reducida es una señal. También lo son otros cambios en su vida. Lo más anticuado de El diablo viste a la moda es la seriedad con la que se toma los consejos que la alta directiva nos dio a los nuevos empleados del banco. Todavía faltaban siete años para Vayamos adelante de Sheryl Sandberg, y la fundadora de Nasty Gal, Sophia Amoruso, no popularizaría el término #girlboss hasta un año después. Pero Miranda Priestly era el prototipo, una jefa que caía mal porque subyugaba a sus subordinados, y por mucho que a Andy le molestara, también llegó a parecerse a ella.
En otra escena, Nigel y Andy están en Central Park, dirigiendo una sesión fotográfica de moda. "Mi vida personal pende de un hilo", se queja Andy a Nigel.
PUBLICIDAD
"Eso es lo que pasa cuando empiezas a tener éxito en el trabajo, cariño", le dice él. "Avísame cuando toda tu vida se esfume. Eso significa que es hora de un ascenso".
En la página, las líneas suenan a arrepentimiento, pero en la pantalla son consejos vitales de un mentor, y Andy los asimila. El costo del trabajo, para Miranda y Nigel, es la vida. Es cierto que, al final de la película, Andy ha visto cómo Miranda traicionaba a un amigo, se ha dado cuenta con horror de que ella va por el mismo camino y ha decidido alejarse antes de que sea demasiado tarde. Pero no hay indicios de que lo que ella ansía sean límites personales. Solo necesita volver a su verdadera pasión: informar.
PUBLICIDAD
Que no es exactamente el tipo de trabajo que se deja en la oficina.
Ha sido divertido ver El diablo viste a la moda recientemente y darme cuenta de que la lección que creía que Andy había aprendido sobre el equilibrio saludable entre la vida laboral y personal no está ahí en absoluto. De hecho, en la nueva secuela El diablo viste a la moda 2, ambientada 20 años después de la primera película, está claro que Andy se aferró a algunas de sus lecciones de Runway. Tiene una vida personal sana. Pero también trabaja muchas horas y ha tomado decisiones que otras podrían no tomar. Ahora me identifico con ella al principio de la secuela. Las dos trabajamos en periódicos y vivimos en apartamentos de Brooklyn en los que a veces hay que convencer al lavabo para que eche agua limpia. Las dos estamos mucho más seguras de nosotras mismas y vamos mucho mejor vestidas que en 2006.
PUBLICIDAD
Y las dos hemos tenido que darnos cuenta de que existe una especie de tercera opción entre la toxicidad omnipresente de la era #girlboss y simplemente tratar un trabajo como un mal necesario, algo a lo que tienes que entrar y salir para poder pagar el resto de tu vida. Nadie se hace rico haciendo periodismo --El diablo viste a la moda 2 es, sobre todo, una película sobre cómo los medios de comunicación están en una espiral de muerte--, pero en la madurez tiendes a aprender lo que realmente te importa, y a veces, acumular dinero extra no es una de esas cosas.
Miranda sigue estancada en su obsesión por los cuerpos excesivamente delgados, y sigue tratando a los subordinados como si no merecieran su atención. Pero incluso ella se ha ablandado un poco, con la edad pero también con un poco de intervención de recursos humanos, gracias a una generación Z menos servil.
PUBLICIDAD
Y cuando Andy vuelve a Runway, sabe lo que quiere y lo que le importa. Puede ver lo bueno de lo que aprendió de Miranda y Nigel, a la vez que es amable con los ayudantes y busca el tipo de historias que cree que importan. Es gracioso verlo, pero es cierto: de algún modo, Andy ha cumplido una de las viejas afirmaciones de Miranda que antaño la horrorizaban: que Andy le recuerda a Miranda a sí misma. Y es que amar tu trabajo no tiene por qué significar convertirte en Miranda Priestly. Puede significar ser Andy Sachs.
Alissa Wilkinson es crítica de cine del Times. Ha estado escribiendo sobre películas desde 2005.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Soy infelizmente soltera. ¿Tengo que asistir a la boda de mi amiga?
Reportajes Especiales - Lifestyle

Cuando más medicina no siempre es mejor en la vejez
Reportajes Especiales - Lifestyle

El nuevo gobierno de Hungría examina la relación de Orbán con China
Reportajes Especiales - Business

Algunos objetos del Titanic podrían subastarse pronto
Reportajes Especiales - Lifestyle

La OMS anticipa brote 'limitado' de hantavirus mientras se busca a más infectados
Reportajes Especiales - News


