
Probablemente no exista ningún escenario de mayor prominencia que el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl, que cada año ven más de 100 millones de personas. Y en el pop, pocos artistas --si es que hay alguno-- son más populares y queridos que Bad Bunny, la superestrella puertorriqueña de 31 años que lleva una década siendo uno de los innovadores más importantes de la música en el mundo.
Parecería una combinación ideal: una plataforma épica para un intérprete épico, una convergencia de ambición y ejecución a gran escala.
Y, sin embargo, Bad Bunny hizo algo muy novedoso con su presentación en el Super Bowl LX en Santa Clara, California, el domingo por la noche, convirtiéndola en una cátedra sobre cómo hacer que una oportunidad global sea íntima, personal e históricamente específica. Al igual que su sexto álbum en solitario, Debí tirar más fotos, que hace una semana hizo historia al convertirse en el primer álbum en español en ganar el máximo galardón de los Grammy, y su residencia de 31 conciertos en San Juan, Puerto Rico, el verano pasado, diligentemente llevó al público a él, bajo sus propios términos.
Aquí empezó en los campos de caña de azúcar, que alguna vez fuera el cultivo más rentable de Puerto Rico, así como una fuente de explotación laboral desenfrenada. Bad Bunny empezó su espectáculo con la juguetona "Tití me preguntó" de 2022, caminando entre jornaleros en pavas cortando tallos y plantas altas que formaban una especie de laberinto. Pasó junto a vendedores de coco frío, tacos y piraguas; un par de boxeadores en pleno combate; una mesa en la que señores mayores jugaban dominó; mujeres en un salón de manicura.
Este era el Puerto Rico privado de Bad Bunny, un sitio de alegría cultural y dificultades políticas. Los dos primeros minutos de su espectáculo de 13 minutos transcurrieron en gran parte dentro de ese laberinto, un espacio casi protegido que proyectaba seguridad y tranquilidad, justo antes de que emergiera en el techo de la casita, la réplica de una casa tradicional puertorriqueña que sirvió como pieza central de su presentación (y también de los conciertos de su residencia), y empezara a cantarle al mundo.
A partir de ahí, casi cada minuto del espectáculo --que fue casi totalmente en español, algo nunca antes visto en el Super Bowl-- combinó agudeza musical, exuberancia familiar y un mensaje sociopolítico. Esta combinación fue más evidente durante los momentos previos y la interpretación de "El apagón", una canción de 2022 que se ha convertido en una especie de himno de resistencia, en parte porque su video incluye un minidocumental sobre las desigualdades en Puerto Rico. La interpretación del Super Bowl comenzó con trabajadores que caían de postes de electricidad entre chispas, una referencia a los apagones que paralizaron el territorio estadounidense durante varios meses tras el paso del huracán María en 2017.
Justo antes de eso, la estrella puertorriqueña del pop Ricky Martin cantó --con voz ronca, tal vez extralimitando sus capacidades vocales-- parte de "Lo que le pasó a Hawaii", una canción de 2025 que advierte sobre el colonialismo contemporáneo. Martin fue una de las estrellas de una oleada anterior de pop latino, y su inclusión fue una clara referencia a la manera en que Puerto Rico lleva mucho tiempo entretejido en la música estadounidense.
Bad Bunny enfatizó esto aún más tocando breves fragmentos de canciones de reguetón de principios y mediados de la década de 2000 de Don Omar, Tego Calderón, Héctor el Father y Daddy Yankee, cuyo éxito de 2004 "Gasolina" fue un tema fundacional de la explosión mundial del género. (Lamentablemente, ninguna de esas estrellas estuvo presente). También presentó a Toñita, la matriarca de un club social puertorriqueño de larga tradición de Williamsburg, Brooklyn, en el que Bad Bunny apareció el año pasado y al que hace referencia en su tema "NuevaYol" de Debí tirar más fotos.
Debí tirar más fotos es un álbum narrativa y sonoramente ambicioso sobre el restablecimiento de la conexión con el hogar y el legado. Parte de comprender la historia es honrarla, y parte de comprender la historia es saber cuándo destacar sus tragedias. Por eso, al principio de su presentación, Bad Bunny interpretó un extasiado "Yo perreo sola", una declaración contra la misoginia de 2020 que es una de sus canciones más populares y también una de las más provocativas, en la reprende a la comunidad del reguetón por su lamentable trato a las mujeres.
Su interpretación de esa canción en el techo de la casita fue enfática y, al mismo tiempo, la banda sonora de una fiesta. En su residencia, la casita era un lugar para que los famosos vieran el espectáculo y al mismo tiempo fueran parte de él. Entre las personas que estaban en el porche el domingo se encontraban Cardi B, que ha colaborado con Bad Bunny y es en parte de ascendencia dominicana; la superestrella colombiana Karol G, otra colaboradora; la estrella de Hollywood Pedro Pascal, nacido en Chile; la actriz mexicoestadounidense Jessica Alba; la estrella venezolana del béisbol Ronald Acuña Jr. y la estrella puertorriqueña en ciernes Young Miko, que es algo así como la protegida de Bad Bunny. Fue un discreto despliegue de fuerzas culturales de todos los medios de comunicación, una declaración de unidad e independencia latinoamericanas. (La influente Alix Earle y el empresario de la vida nocturna David Grutman también estuvieron allí).
El único desliz de la noche fue la interpretación, buena pero arbitraria, que hizo Lady Gaga de "Die With a Smile", una canción sin conexión real, temática o musical con el catálogo de Bad Bunny, y la única cantada en inglés. Fue algo enigmático, a pesar de la sección rítmica de salsa a manos del grupo puertorriqueño Los Sobrinos. (Cabe señalar que Cardi B estaba literalmente allí; una versión de "I Like It", su éxito pop que traspasa géneros, interpretado con J Balvin, habría sido bien recibida). El azul del vestido de Gaga podría haber sido un guiño a la bandera independentista de Puerto Rico que más adelante Bad Bunny alzó sobre su hombro mientras interpretaba "El apagón".
Existen muchas formas de posicionamiento político: eslóganes directos, mensajes codificados, señales visuales. La libertad y la alegría mismas pueden ser actos de resistencia. Todas ellas estuvieron presentes aquí, aunque ningún momento fue tan directo como el llamado de "fuera ICE" que hizo Bad Bunny en los Grammy de hace una semana. Esta vez, encabezó a decenas de bailarines en una coreografía elaborada que intencionadamente incluía parejas del mismo sexo.
Hubo una línea narrativa transversal que iba desde una proposición de matrimonio a una boda (real) hasta la aparición de un niño viendo el discurso de aceptación de Bad Bunny en los Grammy, aunque ese hilo resultó ligeramente confuso. En internet, la gente especulaba, diciendo que el niño era Liam Conejo Ramos, el menor que recientemente estuvo en el centro de un polémico operativo de inmigración en Minnesota. En realidad se trataba de un actor, pero la confusión puso de relieve el impulso de aplicar una literalidad política complicada a la presentación de Bad Bunny.
Para algunos, el simple hecho de que Bad Bunny fuera elegido para el espectáculo de medio tiempo solo podía interpretarse como un gesto político. Incluso inspiró un evento de contraprogramación: el "All-American Halftime Show", presentado por la organización de derecha Turning Point USA y encabezado por el agitador Kid Rock, junto con las estrellas de country Brantley Gilbert, Lee Brice y Gabby Barrett. Esa alineación pretendía colocar en un mismo espacio los estilos musicales considerados suficientemente estadounidenses, un acto de exclusión disfrazado de celebración de la unidad.
Pero el espacio de Bad Bunny fue --siempre ha sido-- mucho más grande, mucho más generoso musicalmente y mucho más imaginativo. Casi al final de su presentación, gritó "Dios bendiga a América" y, a continuación, repasó una lista de los países que componen América del Sur, Central y del Norte, desde Chile hasta Canadá. Levantó un balón de fútbol americano en el que se leía "Juntos, somos América", y luego lo clavó antes de su última canción, "DtMF". Decenas de personas lo rodearon, ondeando banderas de los países que acababa de nombrar, y prácticamente lo envolvieron mientras lo sacaban del campo y lo llevaban de vuelta a un espacio protegido y privado.
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