
Cuando tenía 17 años, me enamoré perdidamente. Habíamos sido amigos casuales durante algunos años, pero el 5 de mayo de 1979, mientras estábamos alrededor de una fogata con otros compañeros de último año de secundaria, ella deslizó su mano en la mía, y esa fue mi primera sensación de pura dicha. Atesoraba ser consejero en el campamento, pero ese verano me quedé en casa y trabajé como conserje en un cine para poder ir todos los días al mostrador del Howard Johnson’s y conversar con ella mientras trabajaba.
Estuvimos separados un año en universidades diferentes, pero luego ella se transfirió a la Universidad de Chicago para reunirse conmigo, donde, al cabo de unos meses, me dejó. Mi posterior agonía estaba impregnada de la vanidad de un joven. Sufría, pero también me sentía algo orgulloso de mí mismo por ser capaz de sufrir tanto. Recuerdo haber ido al centro comercial de Water Tower Place y comprar cigarrillos franceses para poder sufrir como Albert Camus.
Fui transformado por mi tiempo en las aulas universitarias, pero ese romance quizá haya sido la experiencia educativa más importante de mi juventud. Me enseñó que existen emociones más alegres y dolorosas de las que jamás supe que existían. Me enseñó cómo es cuando el yo se descentra y aquello más valioso para ti está en otro. Incluso aprendí algunas cosas sobre el arte complejo de estar cerca de otra persona.
Lo más importante es que esa relación me fue enseñando gradualmente que una de las preguntas más importantes que puedes hacerle a alguien es: “¿Qué amas en este momento?” Todos necesitamos fuentes de energía para impulsarnos a través de la vida, y el amor es la fuente de energía más poderosa que conoce el ser humano.
El amor es un estado motivacional. Puede ser amor por una persona, un lugar, un oficio, una idea o lo divino, pero algo externo al yo ha tocado algo profundo dentro del yo y ha provocado una reacción nuclear. Quieres aprender todo lo que puedas sobre aquello que amas. (Dicen que el amor es ciego, pero el amor es lo opuesto a ciego). Quieres cuidar y servir aquello que amas. Tu amor te impulsa por uno u otro camino. Buscas la comunión con aquello que amas.
“La necesidad más profunda del hombre, entonces”, escribió una vez el psicólogo Erich Fromm, “es la necesidad de superar su separación, de salir de la prisión de su soledad”. Imagina a una pareja besándose, a un carpintero absorto mientras trabaja en su oficio, a un astrofísico contemplando el cosmos con toda su atención, a una monja en oración. Esas son personas que trascienden los límites del yo.Carecer de amor es estar en piloto automático y desconectado de la vida. El amor, en cambio, alimenta el compromiso total. “La vida de una persona solo puede ser significativa”, escribió una vez la filósofa Susan Wolf, “si le importan bastante algunas cosas, solo si está cautivada, emocionada, interesada, comprometida, o como dije antes, si ama algo”. Presta atención a esas palabras: “importan”, “cautivada”, “emocionada”, “comprometida”, “ama”. Una gran manera de vivir es ir por ahí con una postura tan generosa de corazón que encuentres cosas por las que estar completamente entregado.
Si quieres saber de mí, conoce las cosas que amo: mis hijos, mi esposa, Estados Unidos, Dios, los amigos, la ciudad de Nueva York, los Mets, la escritura, la bahía de Chesapeake, la lectura de historia intelectual, jugar deportes con mucho entusiasmo y pocos talentos, Montana, la enseñanza. Mi lista sigue y seguro tú tienes la tuya.
He llegado a apreciar a las personas apasionadas por la vida. Parafraseando a ese gran filósofo del amor, San Agustín: Dame a un hombre o a una mujer enamorados. Dame a alguien que pueda estar lejos, en el desierto, pero que anhele y tenga sed de los manantiales de la pasión. Dame a ese tipo de persona. Ella sabe a qué me refiero. Pero si hablo con una persona fría, sospechosa, desconfiada o calculadora, simplemente no entiende de qué estoy hablando.
Compuse este pequeño homenaje al amor porque parece que los estadounidenses tienen cada vez menos de él. Piensa en las cosas que la gente más suele amar: su cónyuge, hijos, amigos, Dios, nación y comunidad. Ahora mira las tendencias sociales. Las tasas de matrimonio rondan mínimos históricos y el porcentaje de personas de 40 años que nunca se han casado está en máximos históricos. (Las tasas de convivencia han subido, pero no llegan a compensar la disminución del matrimonio).
Los estadounidenses tienen menos hijos. Tienen menos amigos que antes y pasan menos tiempo con los que tienen. Las tasas de asistencia a iglesias y sinagogas han estado cayendo durante décadas. El porcentaje de estadounidenses que dice sentirse patriota por su país ha bajado, especialmente entre los jóvenes. De 1985 a 1994, la participación activa en organizaciones comunitarias cayó aproximadamente a la mitad y no hay señales de recuperación.
En 2023, una encuesta del Wall Street Journal/NORC preguntó a las personas qué valores eran “muy importantes” para ellas. Desde 1998, los porcentajes de estadounidenses que dijeron valorar mucho el patriotismo, la religión, tener hijos y la implicación en la comunidad se han desplomado. El único valor al que los estadounidenses dieron más importancia, según la encuesta, fue ganar dinero.
Podríamos llamar a esto el Gran Desapego. Observa lo que pasa, por ejemplo, con las citas en la secundaria. La evidencia muestra claramente que menos jóvenes están recibiendo el tipo de educación profunda que yo recibí al final de la secundaria. El porcentaje de alumnos de 12º grado que afirman haber salido en citas cayó de aproximadamente 85 por ciento en la década de 1980 a menos del 50 por ciento en los primeros años de la década de 2020.
Mi propia experiencia sugiere que la mayoría de los jóvenes quieren una conexión amorosa, pero sienten ansiedad sobre cómo lograrla, en parte porque nunca han tenido práctica alguna. Pero parte del declive en el romance se debe simplemente a la falta de interés. En 1993, según un análisis del Estudio Monitoreando el Futuro, el 83 por ciento de las alumnas de 12º grado dijeron que probablemente elegirían casarse. Para 2023, solo el 61 por ciento de las chicas de 12º grado dijo eso, una disminución de 22 puntos porcentuales.
Y algunas de las causas de la recesión romántica son sociales y económicas. En las últimas cuatro décadas, el porcentaje de personas en una relación ha caído el doble de rápido entre quienes no tienen título universitario, en comparación con quienes sí lo tienen. Aproximadamente la mitad de los hombres menores de 40 años que nunca fueron a la universidad están desvinculados románticamente. Las personas sin título universitario tienen menos potencial de ingresos que los graduados universitarios y tienen 2,4 veces más probabilidades de decir que no tienen amigos.
Pero las fuerzas económicas no lo explican todo. Estas tendencias no se tratan solo de con quién se quiere salir o casar; estamos viendo un debilitamiento sistemático de los vínculos amorosos que mantienen unida a la sociedad: hacia la comunidad, la nación, los amigos, y así sucesivamente. ¿Qué está ocurriendo?
Mi respuesta breve sería que puedes construir una cultura en torno a los compromisos amorosos, o puedes construir una cultura en torno a la autonomía individual, pero no puedes hacer ambas cosas. En los últimos sesenta años más o menos, elegimos la autonomía, y como resultado, hemos emprendido un viaje colectivo de la autonomía al logro y de ahí a la ansiedad.
En las décadas de 1960 y 1970, los estadounidenses se rebelaron contra el conformismo de los años 50. Pusieron un gran énfasis en la libertad personal, pero también pusieron un gran énfasis en el amor. Piensa en John Lennon y Yoko Ono y todas esas canciones melosas: “Todo lo que necesitas es amor”.

Luego, en las décadas de 1980 y 1990, los estadounidenses enfocaron ese deseo de libertad individual en el ámbito donde es más fácil sentir autonomía: la carrera profesional. En 1990, el Dr. Seuss publicó un libro que aún hoy suele regalarse como obsequio de graduación. Se llama “¡Oh, los lugares a los que irás!”, y trata sobre un niño que sube la escalera del éxito a lo largo de su vida. En el camino, uno nota que no tiene familia, ni amigos, ni vínculos con un lugar. Para 1990, esto pareció a muchos una forma normal de imaginar una vida buena. Solía preguntar a mis alumnos universitarios por qué no tenían relaciones románticas, y su respuesta número uno era que no tenían tiempo; trabajaban demasiado.
Luego, en este siglo, ha habido una gran pérdida de fe. Una pérdida de fe en la rutina laboral. Una pérdida de fe en los demás, lo cual se refleja en niveles de confianza social en picada. Esto ha producido los bien documentados aumentos de ansiedad, soledad y miedo a la intimidad emocional, especialmente en los adultos jóvenes. Como escribió recientemente Faith Hill en The Atlantic, “Los investigadores generacionales han descrito a la Generación Z como un grupo especialmente preocupado por la seguridad, averso al riesgo y lento en confiar, por lo que tiene sentido que muchos adolescentes de hoy duden en lanzarse a una relación, o incluso en admitir que les importa si su aventura continúa la próxima semana”.
“La esencia misma del romance es la incertidumbre”, observó Oscar Wilde. Las personas ansiosas tienden naturalmente a no buscar voluntariamente más vulnerabilidad en sus vidas. La cruzada por la máxima libertad individual parecía liberadora en Woodstock, pero en el último medio siglo la hemos llevado hasta sus últimas consecuencias, y ha producido lo que el periodista Derek Thompson llama el siglo antisocial.
Cuando se observan estas tendencias a través de una lente política, el poder del ethos de la autonomía se vuelve más claro. En general, los conservadores creen en la libertad económica (bajos impuestos, menos regulaciones) pero en obligaciones sociales (fe, familia, bandera). Los progresistas tienden a favorecer obligaciones económicas para reducir la desigualdad, pero más autonomía social para vivir el estilo de vida que elijan.
Como era de esperarse, los liberales tienden más a valorar la libertad moral y a vivir sus valores auténticos de la forma que consideran adecuada, mientras que los conservadores tienden más a vincularse a las fuentes tradicionales de comunidad moral. Los conservadores son más propensos a unirse a congregaciones religiosas, a considerarse muy patriotas, a ser voluntarios en sus comunidades y a donar a obras de caridad.
Estas actitudes diferentes hacia la autonomía aparecen especialmente en el ámbito del matrimonio y la procreación. En la década de 1980 había muy poca diferencia entre el porcentaje de mujeres liberales y conservadoras de 25 a 35 años que tenían hijos, según la Encuesta Social General. Pero para la década de 2020, el 71 por ciento de las mujeres conservadoras en ese grupo de edad tenían hijos, en comparación con solo el 40 por ciento de las mujeres liberales. Esa es una asombrosa diferencia de 31 puntos porcentuales.
Una encuesta de NBC News pidió a los jóvenes que nombraran los objetivos de vida que eran importantes para su definición personal de éxito. Desafiando viejos estereotipos, los hombres jóvenes eran más propensos que las mujeres jóvenes a priorizar metas familiares como casarse y tener hijos. El contraste entre los hombres jóvenes que votaron por Donald Trump y las mujeres jóvenes que votaron por Kamala Harris fue especialmente marcado. Para los hombres de 18 a 29 años que votaron por Trump, el objetivo de vida más importante era tener hijos. El cuarto objetivo de vida más importante para estos hombres votantes de Trump era casarse. Para las mujeres de ese mismo grupo de edad que votaron por Harris, en cambio, casarse estaba en el puesto 11 de su lista de objetivos de vida importantes, antepenúltimo. Tener hijos aparecía en el puesto 12, el penúltimo. (Volverse famoso fue el objetivo de vida menos importante para ambos grupos).
Según una encuesta de Pew Research, el 52 por ciento de los conservadores dijeron que el descenso en los matrimonios era un desarrollo negativo para Estados Unidos. Esa opinión solo la compartía el 23 por ciento de los liberales.No, no digo que todo el mundo deba casarse. El matrimonio no es para todos. La vida es compleja y muchas personas que buscan casarse simplemente no encuentran a la persona adecuada. Todos conocemos muchos adultos solteros que llevan vidas densamente conectadas y maravillosamente plenas.
Pero en promedio, las personas casadas son más felices que las no casadas. El sociólogo de la Universidad de Virginia W. Bradford Wilcox, la psicóloga de la Universidad Estatal de San Diego Jean Twenge y sus colegas redactaron un informe para el Institute for Family Studies, que encontró que las mujeres casadas de 25 a 55 años tenían muchas más probabilidades de decir que la vida era disfrutable la mayor parte del tiempo. Las mujeres casadas con hijos tenían solo la mitad de probabilidades que las solteras de decir que a menudo se sentían solas.
Según la Encuesta Social General, el 93 por ciento de las mujeres liberales que estaban casadas con hijos dijeron que eran felices. Solo el 63 por ciento de las mujeres liberales que eran solteras y sin hijos dijeron ser felices. Como Wilcox me escribió en un correo electrónico: “Ahora estamos viendo una sorprendente diferencia de 30 puntos porcentuales en la felicidad entre las mujeres liberales que están casadas y con hijos, y las que están solteras y sin hijos”.
Lo mismo se aplica, en términos generales, a los hombres.
Quiero reiterar algo. Estos son promedios. Ten cuidado al aplicar los datos de la ciencia social a tu vida individual, porque tu vida está llena de cosas que la ciencia social no puede ver: tus circunstancias particulares, gustos, espíritu.
Lo que digo es que la sabiduría antigua y la investigación moderna no están equivocadas. Si quieres llevar una vida plena, llénala de vínculos amorosos. George Vaillant estudió el desarrollo humano durante una larga carrera mientras dirigía el Grant Study en Harvard. La conclusión central de su vida fue bastante básica: “La felicidad es igual a amor, punto final”. No tienes que comprometerte con uno solo de esos vínculos, ni siquiera con el matrimonio, pero si quieres prosperar, tienes que priorizar los vínculos amorosos por encima de la autonomía individual, y en las últimas generaciones, nuestra cultura ha olvidado esa verdad fundamental.
Si llevas una vida diseñada para maximizar la independencia personal y la autonomía, podrás vivir una vida relativamente sin restricciones. Pero es más probable que vivas una vida de baja energía, más lento para albergar esos grandes amores hacia personas, lugares, Dios, vocación y nación que despiertan pasiones fervientes y producen vidas apasionadas.
Si, en cambio, resistes el ethos de la autonomía y pones la pasión amorosa en el centro de tu filosofía de vida, te encontrarás atado por todo tipo de obligaciones: hacía cosas como un cónyuge, los hijos, la comunidad, Dios y una vocación. Pero tu amor por esas cosas encenderá fuegos en el corazón, generando gran vitalidad, compromiso total, un aumento en la fuerza personal. Es una de las extrañas paradojas de la vida: que las restricciones que eliges son las que te liberan.
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