Marina Abramovic, Luis Barragán y una cuadra de caballos

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ArchitectureArtMuseumsPerformance ArtAbramovic, MarinaBarragan, LuisMexico City (Mexico)

Uno de los acontecimientos más esperados de la abarrotada Semana del Arte de Ciudad de México, celebrada a principios de mes, prometía ser una colisión surrealista de arquitectura, arte performático, poder, privilegio… y caballos. Marina Abramovic, la abuela del arte del performance, presentaría sus obras más recientes (aunque no estaría de acuerdo en reconocerlas como tales) en una casa y establo de caballos diseñados por Luis Barragán, el famoso arquitecto mexicano de mediados de siglo.

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Mientras un acaudalado público se arremolinaba en el corral de la Cuadra San Cristóbal, la propiedad de Barragán a las afueras de Ciudad de México, el personal del evento repartía gorras de béisbol de color rosa con las palabras "La Cuadra". Ese es el nuevo nombre de la propiedad, que se convertirá en un centro cultural.

Sin fanfarrias, tres caballos marrones salieron de los establos, sus jinetes vestidos de negro y portando banderas blancas adornadas con la frase "Art is Oxygen" (El arte es oxígeno). Detrás de ellos venía Abramovic, vestida de negro en Comme des Garçons y acompañada por el curador general de arte latinoamericano del Museo Guggenheim, Pablo León de la Barra, quien le dio sombra a Abramovic con una gran sombrilla roja con borlas. Abramovic se sentó en una silla en una pequeña plataforma frente al muro pintado del icónico color rosa Barragán.

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Los caballos empezaron a trotar alrededor de Abramovic y León de la Barra. Mientras equipos de cámaras, un dron y teléfonos móviles la documentaban, leyó su manifiesto. Algunos puntos destacados: "Un artista debe tener enemigos. Los enemigos son muy importantes"; "Un artista debe morir conscientemente, sin miedo"; "No olviden que tenemos arte, y el arte es oxígeno".

Y concluyó: "¡Almorzamos!".

Una vez que la multitud estuvo sentada, en una larga hilera de mesas con orbes plateados reflectantes, se acercó una mujer vestida de rojo. Era la última intervención performativa de Abramovic, una cantante de ópera que cantó el menú del almuerzo. "Taco, taco, taco, taaaacoooo", cantó mientras un dron pasaba zumbando. "Ay, qué rico".

Los dos días de programación --también hubo un taller de performance de un día-- pretendían celebrar el anuncio del nuevo centro cultural La Cuadra, encabezado por Fernando Romero, empresario y arquitecto.

Pero en lugar de ofrecer una colaboración que entremezclara la visión de dos grandes artistas, una serbia y otro mexicano, facilitada por este nuevo centro cultural y su patrocinador, los dos días ofrecieron una desorientadora serie de acontecimientos que se leían más como una parodia de la relación entre artista y mecenas. A pesar de todo el secretismo y la preparación del gran día, el aspecto más destacable fue que Abramovic y Romero --representante del legado de Barragán-- mostraron poco interés mutuo más allá de los clichés más superficiales.

La fama --y para algunos, la mala reputación-- de Abramovic se debe a su trabajo como pionera del arte del performance como género. Sus primeras obras ponían a prueba los límites de su cuerpo, su resistencia emocional y su relación con el espectador. Su retrospectiva de 2009 en el Museo de Arte Moderno y su performance La artista está presente, en la que se sentó en silencio durante ocho horas al día (por tres meses) e invitó a los visitantes del museo a sentarse y mirarla a los ojos, consolidaron su prestigio cultural.

Ahora tiene 78 años y, apenas unas semanas antes de la actuación en Ciudad de México, se había sometido a una segunda operación de reemplazo de rodilla. Romero, exyerno del multimillonario mexicano Carlos Slim, la invitó a interpretar nuevas obras para celebrar el anuncio público de su visión de La Cuadra.

El edificio era conocido como la casa Egerstrom o la Cuadra San Cristóbal. Es un ejemplo del característico estilo "barroco agazapado" de Barragán, que aplicaba principios modernistas internacionales a formas vernáculas de la arquitectura mexicana, al tiempo que hacía un amplio juego de volúmenes contrastados de espacio y luz.

Barragán, quien murió en 1988 a los 86 años, mezcló su obra con su fe católica. Las persianas de las ventanas forman cruces. Las escaleras parecen flotar hacia el cielo. Los lienzos de pan de oro están colocados para captar y reflejar la luz de forma que señalen lo divino. Su uso de un rosa buganvilla brillante, que ahora lleva su nombre, así como los acentos primarios de amarillo y azul son prestados de su amigo (y artista) Jesús "Chucho" Reyes. Una de las innovaciones de Barragán fue reutilizar estos colores folclóricos mexicanos como alto modernismo.

Su mezcla única de modernismo, espiritualidad y escala humana ha inspirado una ferviente devoción y en los últimos años ha atraído intervenciones de alto nivel de artistas internacionales. Un ejemplo extremo: la artista Jill Magid, para su obra conceptual de 2016 La Propuesta, exhumó las cenizas del arquitecto y envió una parte para que fuera transformada en un diamante conmemorativo, que ofreció al propietario de los archivos profesionales de Barragán como intercambio: "el cuerpo por el corpus de trabajo".

Romero, quien citó una devoción similar por Barragán desde sus días en la escuela de arquitectura, tiene grandes planes para la propiedad de La Cuadra. Incluyen convertir la casa en un museo con exposiciones de la colección de diseños de Romero; reunir una colección de arte; poner en marcha un programa de residencia para artistas; construir una colección de pabellones diseñados por otros arquitectos, un premio de diseño de bibliotecas y mucho más. Está previsto que el centro abra sus puertas en octubre de este año, y la casa estará abierta al público por primera vez.

Romero es más conocido por su trabajo en el Museo Soumaya (que alberga la colección de arte de Slim), la Ciudad Bitcoin de El Salvador, aún sin construir, y un rediseño del aeropuerto de Ciudad de México dirigido por Norman Foster (ahora desechado).

En el taller del Método Abramovic del primer día en La Cuadra, los participantes (entre los que me encontraba) fueron recibidos con una gran pancarta fotográfica con una imagen de la artista, montada en un caballo blanco y sosteniendo una bandera blanca. Era una imagen de su obra El Héroe, un video autobiográfico y un performance sobre su padre, un héroe de guerra, retocada con Photoshop contra la pared rosa de la propiedad. La pancarta estaba inclinada junto a un Mercedes Clase G negro.

Nos pidieron que metiéramos nuestras bolsas y chaquetas en cajas marcadas con nuestros nombres. Con batas de laboratorio blancas a juego, nos dieron auriculares que bloqueaban el ruido y nos pidieron que asumiéramos "una actitud de reverencia monástica". La exagerada puerta azul se abrió lentamente y descendimos al corral, mientras un equipo de cámaras y un dron grababan nuestra procesión.

Entonces apareció Abramovic. Vestía toda de negro y con los brazos extendidos acentuados por una manicura roja. Contrastaba marcadamente con los brillantes tonos rosas y ocres de Barragán, así como con el pálido aguamarina de la piscina diseñada para que los caballos se refrescaran bajo el sol del altiplano.

Nos indicó que nos sentáramos, que entregáramos nuestros teléfonos móviles y relojes en una canasta y que nos acercáramos en absoluto silencio a las verduras crudas delicadamente cortadas que se balanceaban en cuencos poco profundos de agua tibia teñida con remolacha ante nosotros. "¡Coman, coman mientras está caliente!", dijo.

Bajo su dirección, practicamos la postura sentada silenciosa, la marcha lenta y la mirada fija. Antes del último ejercicio del taller, Abramovic se dirigió a nosotros: "Deben terminar de contar todo el arroz y las lentejas que tomen. Porque si no pueden con el arroz y las lentejas, ¡no pueden con la vida!". Luego se levantó, se despidió y desapareció entre los setos, dejándonos para que completáramos nuestra tarea en silencio. La capitana del equipo de La Cuadra aplaudió. "La Experiencia Abramovic ha concluido", dijo. "Por favor, dejen sus batas de laboratorio y diríjanse a la salida".

Abramovic no consideraba que sus intervenciones en México fueran obras de arte: ni el taller, ni su charla, ni el manifiesto que leyó mientras los caballos desfilaban por el corral (sí consideraba como obra de arte otro proyecto en México: una colección comercial de sillas de madera con puntas de cobre titulada Elefante en la habitación, creada con la empresa mexicana de diseño La Metropolitana).

"Sabes, es algo que realmente odio", dijo Abramovic unos días después durante una entrevista. "Todo el mundo piensa que todo lo que hago es un performance. Un manifiesto es un manifiesto. Una conferencia es una conferencia".

Sin embargo, su condición de no solo una artista de performance, sino la artista de performance, lleva a muchos espectadores a considerar todas sus apariciones como obras de arte. Y dadas sus empresas similares a Goop --productos para el bienestar y el cuidado de la piel Longevity Method, entre otros--, es difícil saber dónde está la línea entre su espiritualismo como investigación artística y la sabiduría a la venta.

Esta línea se enturbió aún más por la torpe colaboración con La Cuadra. Gran parte de lo expuesto parecía un álbum de grandes éxitos. El manifiesto se escribió en 1997, y se ha recitado públicamente muchas veces, según su equipo. El taller era una versión abreviada del de una semana de duración que ofrece en su Instituto Abramovic de Grecia, que cuesta 2500 euros por persona. (Ésta era una versión miniatura y gratuita destinada principalmente a artistas mexicanos selectos). Y la contratación de una cantante de ópera para que cantara un menú estaba relacionada con su obra operística 7 Muertes de María Callas, pero aquí se trataba solo de "una experiencia" para divertirse, dijo la directora de su estudio, no de una pieza que ella considere una obra de arte.

Su obra en La Cuadra no se relacionaba de forma significativa con la historia de la casa, el legado de Barragán o México. Y Romero y su equipo curatorial no se relacionaron realmente con Abramovic más allá de algunas trivialidades superficiales.

En última instancia, la colaboración pareció más un ejemplo de la llamada atracción adyacente, un concepto de mercadotecnia en el que los valores encarnados de un famoso se proyectan en un producto por asociación. Con la belleza atemporal de la obra de Barragán reducida a un telón de fondo, todo el esfuerzo parecía transaccional. No fue un gran comienzo para el futuro de La Cuadra como museo.

Si había espiritualidad aquí, era más una bolsa de regalos de marca que una exploración del alma humana.

Como parte del taller de un día del Método Abramovic en La Cuadra, se indicó a los participantes que caminaran descalzos por una piscina. (Fred Ramos/The New York Times

Abramovic, de 78 años, no considera que sus intervenciones en México sean obras de arte. "Todo el mundo piensa que todo lo que hago es un performance", dijo. "Un manifiesto es un manifiesto. Una conferencia es una conferencia". (Fred Ramos/The New York Times)

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