Traslado de un paciente en Seattle (REUTERS/David Ryder)
Traslado de un paciente en Seattle (REUTERS/David Ryder)

Por lo general, diferenciamos entre dos clases de acciones militares: la masacre inevitable con daños colaterales de las hostilidades difusas, y la precisión de un “ataque quirúrgico”, metódicamente dirigido a las causas de nuestra amenaza específica. La segunda, cuando es ejecutada correctamente, minimiza tanto recursos como consecuencias imprevistas.

En esta lucha contra la pandemia del coronavirus, en la que jefes de Estado han declarado que estamos “en guerra” con esta epidemia, aplica la misma dicotomía. Esta puede ser una guerra abierta, con las consecuencias que eso presagia, o podría ser algo más quirúrgico. Estados Unidos y la mayoría de las naciones del planeta, hasta el momento, se han decantado por la primera opción. Escribo esto ahora con carácter de urgencia, para asegurarme de que consideremos la alternativa quirúrgica, mientras todavía haya tiempo.

Los brotes tienden a ser aislados cuando los patógenos se mueven a través del agua o los alimentos, y de mayor escala cuando viajan por vectores de amplio alcance como los mosquitos, las pulgas o el mismo aire. Al igual que la pandemia del coronavirus, la infame pandemia de la gripe de 1918 fue causada por partículas virales transmitidas por la tos y el estornudo. Las pandemias ocurren cuando una población entera es vulnerable —es decir, no inmune— a algún patógeno capaz de propagarse con eficiencia.

La inmunidad se da cuando nuestro sistema inmunológico ha desarrollado anticuerpos contra un germen, ya sea de forma natural o como resultado de una vacuna, y se encuentra plenamente preparado en caso de exposición. La respuesta del sistema inmunológico es tan fuerte, que el germen invasor es erradicado antes de que pueda desarrollarse una enfermedad sintomática.

Lo más importante es que esa respuesta inmunológica sólida también previene la transmisión. Si un germen no puede asegurar su dominio en el organismo, ese cuerpo ya no funciona como un vector para enviárselo al próximo huésped potencial. Esto es así incluso si la siguiente persona aún no es inmune. Cuando suficientes de nosotros terminamos convirtiéndonos en esos “callejones sin salida” para la transmisión del virus, la propagación a través de la población pierde poder, y al final, se disipa. A esto se le denomina inmunidad colectiva.

Lo que sabemos hasta el momento del coronavirus, hace que sea un caso único para la potencial aplicación del método de “inmunidad colectiva”, una estrategia percibida como un efecto secundario deseable en los Países Bajos, y brevemente considerada en el Reino Unido.

Los datos de Corea del Sur, donde el seguimiento del coronavirus ha sido, sin lugar a dudas, el mejor hasta el momento, indican que hasta el 99 por ciento de los casos activos en la población general son “leves” y no requieren ningún tratamiento médico específico. El pequeño porcentaje de casos que sí requieren atención están altamente concentrados entre los mayores de 60 años, y se incrementan a medida que las personas son más viejas. En igualdad de condiciones, los mayores de 70 años tienen un riesgo de mortalidad tres veces mayor al de aquellos que tienen entre 60 y 69 años, y los mayores de 80 años tienen casi el doble de riesgo de mortalidad que los que tienen entre 70 y 79 años.

Estas conclusiones se pueden corroborar con los datos de Wuhan, China, los cuales muestran una tasa de mortalidad más alta, pero una distribución casi idéntica. Es posible que la tasa de mortalidad en China sí sea más alta, pero quizás es el resultado de una menor cantidad de pruebas generalizadas. Con precisión y sin demora, Corea del Sur empezó a hacerle pruebas a la población en general que aparentemente estaba sana, y así encontró los casos leves y asintomáticos de COVID-19 que otros países están pasando por alto. Lo sucedido con el crucero ‘Diamond Princess’, que alberga una población contenida de mayor edad, lo demuestra. La tasa de mortalidad en esa población cerrada y uniformemente expuesta es de casi un 1 por ciento.

Hasta la fecha, tenemos en Estados Unidos menos de 200 fallecidos (NdR: actualmente superan los 500) por el coronavirus, un conjunto de datos pequeño que puede generar grandes conclusiones. Sin embargo, están totalmente alineados con los datos de otros países. Las muertes se han agrupado principalmente entre la población anciana, aquellos con considerables enfermedades crónicas como diabetes y cardiopatías, y los que se encuentran en ambos grupos.

La actividad en Times Square, casi paralizada por el distanciamiento social (Reuters)
La actividad en Times Square, casi paralizada por el distanciamiento social (Reuters)

Esto no sucede con plagas contagiosas como la influenza. La gripe también afecta con fuerza a los ancianos y a los que padecen enfermedades crónicas, pero además amenaza la vida de los niños. Intentar generar una inmunidad colectiva entre aquellos con mayores probabilidades de recuperarse de la infección y, a la vez, aislar a los menores y más ancianos, es una tarea titánica, cuando menos. ¿Cómo se puede permitir la exposición para que se desarrolle la inmunidad en los padres, sin poner en riesgo a sus hijos pequeños?

La agrupación de las complicaciones y los fallecimientos de la COVID-19 entre los más ancianos y los que padecen enfermedades crónicas, pero no entre los niños (solo han ocurrido pocos casos de fallecimiento de niños), sugiere que podríamos alcanzar los objetivos cruciales del distanciamiento social —salvar vidas y no saturar nuestro sistema médico— protegiendo de la exposición, de preferencia, a los frágiles de salud, a los mayores de 60 años, y en particular a los mayores de 70 y 80 años.

¿Por qué importa esto?

Me preocupa profundamente que las consecuencias sociales, económicas y de salud pública de este colapso casi total de la vida cotidiana —escuelas y negocios cerrados, prohibición de concentraciones de gente— sean catastróficas, prolongadas y posiblemente más graves que el saldo directo del mismo virus. El mercado bursátil se recuperará con el tiempo, pero muchos negocios jamás podrán hacerlo. El desempleo, el empobrecimiento y la desesperación que muy probablemente resulte de todo esto serán calamidades de primera para la salud pública.

Peor que eso, temo que nuestros esfuerzos hagan muy poco para contener el virus, debido a que tenemos un sistema de salud pública fragmentado, eternamente mal financiado y con recursos limitados. Distribuir estos recursos tan escasos de manera tan amplia, superficial y al azar es una fórmula para el fracaso. ¿Qué tan seguro estás de conocer las mejores maneras de proteger a tus seres amados más vulnerables? ¿Con qué facilidad puedes obtener una prueba del coronavirus?

Ya hemos fallado en reaccionar de manera decisiva como lo hicieron China o Corea del Sur, y no tenemos los medios para responder como Singapur. Estamos siguiendo los pasos de Italia, con el riesgo de ver saturado nuestro sistema médico dos veces: primero, cuando las personas se apresuren a realizarse la prueba del coronavirus, y luego cuando los vulnerables sucumban ante la fuerte infección y requieran camas en hospitales.

Sí, las concentraciones de personas se limitan de manera uniforme en cada vez más lugares, una táctica que llamo “interdicción horizontal”, es decir, cuando las políticas de contención se aplican a toda la población sin considerar su riesgo a contagios severos.

Pero a medida que la fuerza laboral es despedida en masa (nuestra familia ya tiene a un hijo adulto en casa por esa razón), y las universidades cierran (tenemos a otros dos adultos jóvenes en casa por esta razón), la población joven en condiciones contagiosas indeterminadas está siendo enviada a sus casas para reunirse con sus familias a nivel nacional. Y debido a que no tenemos la capacidad para realizar pruebas generalizadas, podrían estar portando el virus y transmitiéndoselo a sus padres que tienen cincuenta y tantos y a sus abuelos de 70 u 80 años. Si existen lineamientos concretos para el comportamiento dentro de las familias —lo que llamo “interdicción vertical”—, no los he visto.

Así es el daño colateral de esta difusa forma de combate, diseñada para “aplanar” la curva epidémica de forma general en vez de proteger de forma preferente a los más vulnerables. Creo que podríamos estar combatiendo el contagio de manera ineficaz y, a la vez, causando un colapso económico.

Hay otro asunto ampliamente ignorado en este enfoque. Si logramos reducir la propagación del coronavirus de un “torrente” a un “chorrito”, entonces ¿cuándo debería terminar esta interrupción en la sociedad? ¿Cuándo será seguro que los niños y los profesores jóvenes sanos regresen a los colegios, y sobre todo, cuándo lo será para los profesores más viejos o con enfermedades crónicas? ¿Cuándo será seguro que la fuerza laboral vuelva a ocupar sus lugares de trabajo, dado que algunos están en el grupo de riesgo de contagio severo?

¿Cuándo será seguro visitar a nuestros seres queridos en las residencias geriátricas o en los hospitales? ¿Cuándo podrán los abuelos volver a cargar a sus nietos?

Existen muchas posibles respuestas, pero la más probable es que sencillamente no lo sabemos. Podríamos esperar hasta que haya un tratamiento efectivo, una vacuna o que las tasas de transmisión hayan caído a niveles imperceptibles. Pero, ¿qué sucede si falta un año o más para eso? Es allí cuando sufriremos la magnitud completa de la alteración del orden social que el virus podría causar durante todos esos meses. El costo, no solo monetario, podría ser abrumador.

Entonces, ¿cuál es la alternativa? Bueno, podríamos enfocar nuestros recursos en realizar pruebas y proteger, de todas las formas posibles, a todas esas personas que, según los datos, son más vulnerables al contagio severo: los ancianos, las personas con enfermedades crónicas y los que tengan complicaciones inmunológicas. Los que den positivo podrían ser los primeros en recibir los antivirales aprobados. La mayoría, que den negativo, podría beneficiarse de todos los recursos que tenemos para protegerlos de la exposición.

Desde luego, si bien la mortalidad está muy concentrada en grupos selectos, no se detiene allí. Existen relatos dolorosos y desgarradores de contagios severos y muertes por la COVID-19 en personas jóvenes por razones que aún desconocemos. Si con el tiempo descubrimos que las personas más jóvenes también son vulnerables al virus, podríamos expandir la categoría de “personas en riesgo” y ampliar las protecciones para ellos.

Ya hemos identificado a muchos de los más vulnerables. Una lista detallada de criterios podría generarse con ayuda de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, actualizarse diariamente y distribuirse ampliamente entre los profesionales de la salud y la población en general. La población en riesgo ya está sujeta a las protecciones de nuestras políticas actuales: distanciamiento social y atención médica por fiebre o tos. Sin embargo, existen varios problemas graves en subsumir a los más vulnerables en las políticas que actualmente abarcan a todos.

Primero, el sistema médico se está saturando de personas pertenecientes al grupo de bajo riesgo, los cuales buscan sus recursos y limitan sus capacidades para enfocarse en los más necesitados. Segundo, los profesionales de la salud están agobiados no solo con las exigencias de su trabajo, sino también con sus familias, debido al cierre de colegios, universidades y negocios. Tercero, enviar a todo el mundo a encerrarse con los suyos incrementa la socialización entre diferentes generaciones, lo que pone en riesgo a los más vulnerables.

Debido a que el virus ya está circulando ampliamente en Estados Unidos, y muchos casos no están siendo detectados, esta medida es similar a enviar a una cantidad incontable de fósforos encendidos a pequeñas áreas de yesca. Justo ahora es más difícil, no más fácil, mantener aislados a los más vulnerables de todos los demás —incluyendo miembros de su propia familia— que podrían haber estado expuestos al virus.

Si nos enfocáramos en los más vulnerables, habría recursos para mantenerlos en casa, proporcionarles los servicios necesarios y las pruebas de coronavirus, y destinar nuestro sistema médico a su atención temprana. Yo apoyaría que se realizaran pruebas de manera preventiva (en vez de esperar a ver síntomas) en este grupo, y que se aplicaran las medicinas antivirales más prometedoras cuanto antes. Esto no puede hacerse con las políticas actuales, ya que estamos distribuyendo nuestros relativamente escasos kits de pruebas por una población entera, lo que además incrementa sus niveles de ansiedad debido a la reclusión de la sociedad.

Este enfoque en una porción mucho más pequeña de la población le permitiría a la mayoría de la sociedad regresar a la cotidianidad y quizás prevenir el colapso de amplios segmentos de la economía. Los niños sanos podrían regresar a sus escuelas y los adultos sanos a sus trabajos. Los cines, teatros y restaurantes podrían reabrir sus puertas, aunque deberíamos seguir evitando las concentraciones masivas como conciertos y eventos deportivos en estadios.

Con tal de que estemos protegiendo a los verdaderamente vulnerables, podríamos devolverle a la sociedad una sensación de calma. Igual de importante es el hecho de que la sociedad en pleno podría desarrollar una inmunidad colectiva natural al virus. La amplia mayoría de las personas desarrollaría infecciones leves de coronavirus, mientras que los recursos médicos podrían enfocarse en los enfermos de gravedad. Una vez que la población general haya sido expuesta y, de ser contagiada, se haya recuperado y obtenido inmunidad natural, el riesgo para los más vulnerables se reduciría drásticamente.

Justo ahora, cambiar la estrategia de tratar de proteger a todas las personas para enfocarse en los más vulnerables sigue siendo totalmente plausible. Sin embargo, se hace cada vez más difícil con cada día que pasa. El camino en el que estamos bien podría conducir a un contagio viral incontenible y a un daño colateral descomunal para nuestra sociedad y economía. Necesitamos un enfoque más quirúrgico.

(c) The New York Times 2020