Los europeos erigen fronteras para mantener a raya al coronavirus, pero el enemigo ya está dentro

Patrulla en París: comenzó el confinamiento obligatorio en toda Francia (Reuters)
Patrulla en París: comenzó el confinamiento obligatorio en toda Francia (Reuters)

El “museo de oropel” de Europa está hueco y hace eco. Las grandes plazas y estadios están vacíos, los museos están cerrados, en las iglesias hay dudas sobre las ceremonias, los restaurantes finos y los bares de moda han cerrado sus puertas.

El coronavirus no solo se disemina entre las personas; también infecta a las sociedades con una dosis de inseguridad, miedo y fragmentación. Sobre todo, le ha robado a la humanidad la certeza de tener el control y de que sus instituciones, su ciencia, su tecnología y sus democracias son invencibles.

Si bien esto es cierto en casi todos los lugares a los que llega el virus, lo es sobre todo en Europa, cuna de la Ilustración, donde la vida se vive ordinariamente, a escala íntima, la gente choca hombro con hombro en las calles o en el café y saluda a los amigos con besos en la mejilla.

Bueno, así era antes. Ahora, a los europeos les recomiendan esconderse, erigir fronteras entre países, dentro de sus ciudades y barrios, y hasta alrededor de sus casas, para protegerse de sus vecinos... e incluso de sus nietos.

En su afán por resistirse a un virus que no respeta fronteras, esta moderna Europa sin fronteras ahora las construye por todas partes. El problema es que cada Estado aplica una respuesta distinta, y cada medida discreta y discrepante ha aumentado la sensación de resquebrajamiento y la impresión de que alguien más ha creado este problema.

“La paradoja de un virus que no conoce fronteras es que la solución requiere fronteras, no solo entre países sino dentro de ellos”, señaló Nathalie Tocci, asesora de la Unión Europea. “Por desgracia, establecerlas sin coordinación alguna no ayuda en nada”.

De hecho, erigirlas quizá no cambie mucho las cosas. La amenaza invisible ya está dentro.

Personas con mascarillas hacen fila para donar sangre en Roma (Reuters)
Personas con mascarillas hacen fila para donar sangre en Roma (Reuters)

De cualquier forma, es inevitable recurrir al Estado y sus conocimientos, su control y consuelo. Ahora que la pandemia se disemina de Italia a España, Francia, Alemania y más allá, cada vez se hace más palpable la necesidad de métodos más estrictos, incluso autoritarios, muchos de ellos modelados por China.

Después de observar la epidemia en China con una indiferencia extraordinaria, Europa ahora está aterrada por Italia. De repente, muchos países del continente intentan aislarse para protegerse y proteger a sus ciudadanos. La idea de solidaridad europea y de una Europa sin fronteras en la que los ciudadanos pueden viajar y trabajar con libertad parece muy lejana.

Si la pandemia sigue la misma lógica que la guerra y requiere medidas severas, es posible que el enemigo esté a tu lado.

Ya no se trata de fronteras entre Estados, sino entre individuos”, explicó Ivan Krastev, quien preside el Centro de Estrategias Liberales en Sofía, Bulgaria, y es investigador permanente en el Instituto de Ciencias Humanas en Viena.

“Ahora le temes al individuo”, comentó Krastev. “Cualquiera de las personas que están a tu alrededor puede representar un peligro, puede ser portadora del virus. Quizá la persona ni siquiera sepa que es un peligro para ti, y la única que no es un peligro es aquella que nunca llegas a ver, la que se queda en casa”.

El beso de bienvenida, “la bise”, de repente se volvió peligroso, al igual que el abrazo para expresar alegría o condolencias.

Krastev ha escrito textos reveladores sobre la crisis migratoria de Europa, a la que ha descrito como una conmoción de la misma importancia que la caída del comunismo. Pero ahora nadie habla de abrir fronteras, subrayó.

Ahora no solo les temes a los inmigrantes, sino a todos”, apuntó Krastev.

Peatones en la plaza Leicester, en Londres (REUTERS/Dylan Martinez)
Peatones en la plaza Leicester, en Londres (REUTERS/Dylan Martinez)

La narrativa de la crisis migratoria incluía metáforas de plagas, invasiones e incluso insectos, así como afirmaciones de que los inmigrantes traían enfermedades. Querían escapar de sus vidas miserables e ir a Europa, pues la consideraban segura y rica. Por desgracia, ya no es segura.

Ahora, los inmigrantes se preguntarán: “¿Acaso la plaga es peor que la guerra?”, enfatizó Krastev. “Es imposible negociar con la plaga, y tampoco puedes escapar de ella”.

Hace una década, el politólogo francés Dominique Moïsi, quien está casado con una italiana, escribió un libro titulado “La geopolítica de las emociones” en el que explica las presiones que genera la globalización con las culturas de la humillación, la esperanza y el miedo. “En la actualidad”, aseveró, “la emoción dominante es el miedo”.

“La crisis del COVID-19 le suma incertidumbre a la incertidumbre, multiplica miedo con más miedo, y acelera un proceso de ansiedad porque el mundo se mueve demasiado rápido”, indicó Moïsi en referencia a la enfermedad causada por el nuevo coronavirus.

En los casos del terrorismo, el pánico económico, la incertidumbre estratégica, el cambio climático y la migración, puntualizó, “lo fundamental parece incierto y el futuro desconocido”.

Ahora tenemos un enemigo que ni siquiera podemos ver.

“Con solo poner la mano en la manija de una puerta puedes infectarte con el virus... es la expresión máxima del miedo”, dijo.

Le hace falta tocar y besar a sus nietos, comentó, y empieza a pensar en la muerte.

Con todo, la movilización de la sociedad es “todavía más difícil y necesaria ahora que el enemigo es invisible”, advirtió. París ha experimentado ataques terroristas y sufrió el asesinato de 150 personas en una sola noche en 2015, resaltó.

“Fue inhumano, pero visible”, aseveró; en cambio, “al final, el número de muertos por el virus será mucho mayor, pero es invisible, y nunca hemos vivido algo así”.

Por eso, para los gobiernos que aprendieron a pedirle a la población conservar la calma en tiempos de terrorismo es difícil aprender a hora a atemorizar a sus ciudadanos con el propósito de que actúen como mejor conviene al bien común.

Dos jóvenes en una plaza de Berlín (REUTERS/Annegret Hilse)
Dos jóvenes en una plaza de Berlín (REUTERS/Annegret Hilse)

Durante la gran epidemia de la “muerte negra” en el siglo XIV, que cobró muchísimas vidas, la gente estaba convencida de que Dios había condenado a los muertos y elegido a quién librar de la enfermedad. Sin embargo, en una sociedad seglar, “es más difícil distinguir algún principio que determine quién muere”, afirmó Krastev. “Así que formulamos una serie de teorías conspirativas”, se habla del “virus desconocido” e incluso un vocero chino sugirió que el responsable era el Ejército de Estados Unidos.

En 2003, George Steiner, filósofo europeo que falleció el mes pasado a los 90 años de edad, escribió un famoso ensayo para el Instituto Nexus titulado “La idea de Europa”. Ahora, esa idea se encuentra en peligro.

La identidad cultural de Europa, escribió Steiner, está cimentada en varias características que prácticamente no existen en Estados Unidos, donde la cultura del automóvil, el crecimiento de los suburbios y los grandes espacios abiertos generan una sensación de separación.

En Europa existe una cultura de cafeterías y cafés, donde la gente se reúne, lee, escribe y planea. Son lugares, según Steiner, “de asignación y conspiración, de debate intelectual y chismes, para el andariego y el poeta o el metafísico con su libreta”, abiertos para todos.

La cultura de Europa también está diseñada para el peatón, basada en plazas y calles pequeñas que por lo regular llevan el nombre de algún académico o estadista, famoso por su obra y sus masacres. Europa “se camina”, escribió, y las “distancias son a escala humana”.

En esta época de plaga en que los cafés están cerrados y no hay ni residentes ni turistas en las plazas, esas características han desaparecido... solo queda el aislamiento y la soledad, se lamentó Krastev.

Krastev intenta decidir si es mejor quedarse en Viena o llevarse a la familia un mes a Bulgaria, donde las instalaciones médicas son menos avanzadas pero el virus parece menos extendido, y donde cuenta con una red más tradicional de familiares y amigos.

Se preguntaba en qué lugar habría más seguridad, una pregunta que se hacen todos los refugiados. Su hija acababa de regresar de España y no entendía por qué no podía quedarse ahí. “Pero le dije: ‘La España que tanto te gusta desaparecerá en 48 horas’”.

Transeúntes se cubren la boca en la estación de tren de Chamartin, en Madrid (Reuters)
Transeúntes se cubren la boca en la estación de tren de Chamartin, en Madrid (Reuters)

Muchos hicieron notar que “La peste”, una novela alegórica publicada en 1947 por Albert Camus, podría darnos una lección, no solo sobre el comportamiento de los seres humanos durante una pandemia, sino sobre la forma en que la naturaleza está lista para burlarse de nuestras pretensiones.

Cuando por fin la plaga bubónica se erradica de su ciudad dichosa, el personaje principal, el doctor Bernard Rieux, recuerda que la enfermedad “no muere ni desaparece jamás”, sino espera pacientemente.

“Puede llegar un día”, piensa, “en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

(c) The New York Times

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