José Luis Rivera en su taller. (Brett Gundlock/The New York Times)
José Luis Rivera en su taller. (Brett Gundlock/The New York Times)

A José Luis Rivera le tomó veintidós años aprender cómo fabricar a mano un par de zapatos de futbol. Le enseñó su suegro, quien alguna vez hizo un par para Pelé.

La familia de su esposa ha fabricado tacos o tachones [o guayos, en Colombia y algunas partes de Venezuela; o chimpunes, en Perú] para el balompié desde hace generaciones en Ciudad de México. Rivera comenzó como aprendiz de su suegro, David Rivas, quien durante más de cuatro décadas se dedicó a crear zapatos que se volvieron famosos en las canchas de aficionados y profesionales en los años setenta. Los llamaban Colmenero.

Cuando se casó con la hija de Rivas, Rivera tenía 20 años y el Mundial de México 1986 estaba a la vuelta de la esquina. Sin prospectos de trabajo, comenzó a ayudar a Rivas en el taller familiar. Sus primeras tareas fueron simples, como cortar patrones en trozos de cuero. Sin embargo, poco a poco empezó a aprender cuáles eran las mejores texturas para cada parte del zapato y cómo usar la máquina de coser. La última habilidad que le faltaba perfeccionar era unir la suela con los tachones. Una vez que la dominó pudo armar todo un par él solo.

"Era un trabajo que merecía precisión y sobre todo calma para aprenderlo", cuenta Rivera.

Rivera, ahora de 52 años, aún ejerce su oficio en un pequeño taller ubicado en las afueras de Ciudad de México, al oriente, donde conserva con orgullo una profesión que está desapareciendo. Los zapatos producidos en masa se han adueñado de la mayor parte de su negocio pero él se rehúsa a dejar morir su profesión artesanal, después de cuatro décadas de trabajar en ese oficio adoptado. Rivera acepta que será una batalla difícil, en especial ante la feroz competencia de empresas internacionales como Nike, Puma y Adidas, las cuales inundaron el mercado mexicano con los zapatos de futbol después de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994.

El taller de Rivera está cerca de su hogar, en el Valle de Chalco, parte de la zona conurbada de Ciudad de México. (Brett Gundlock/The New York Times)
El taller de Rivera está cerca de su hogar, en el Valle de Chalco, parte de la zona conurbada de Ciudad de México. (Brett Gundlock/The New York Times)

Rivera es el último heredero vivo de una tradición que empezó en 1960, cuando un jugador profesional de Guadalajara, Eduardo Colmenero, se hartó de usar tachones que le lastimaban los pies. ¿Su solución? Fabricar sus propios zapatos.

"Lo que él hizo fue que desarmó unos zapatos y cambió el plástico por la piel", dice en entrevista Ana Gabriela, la hija de Colmenero. Los primeros pares fueron solo para él, pero en 1966, poco tiempo después de retirarse del juego, Colmenero se dedicó de tiempo completo al negocio de los zapatos.

"Los hacía a la medida, lo cual era atractivo para futbolistas que tenían alguna particularidad en el pie, o más ancho o más corto uno que el otro", menciona Ana Gabriela. "Ellos eran sus clientes al principio porque se los hacía a la medida".

A medida que la demanda por sus zapatos especializados crecía, Colmenero necesitó de alguien que pudiera ayudarle a producirlos. Emprendió la búsqueda de un aprendiz en las calles del barrio de Tepito, donde convergían todos los zapateros de la ciudad para comprar suministros y usar las máquinas de coser comunales.

Ahí encontró a Rivas, quien acababa de ser despedido de una fábrica de zapatos. Rivas y Colmenero tenían una afinidad por la misma máquina de coser y la visión compartida de abrir un negocio propio. Su asociación duró 45 años, hasta la muerte de Colmenero en 2010.

El taller creció hasta tener cinco personas empleadas. Durante las décadas de 1970 y 1980, hacían seiscientos pares al mes; a veces debían trabajar toda la noche para completar los pedidos. La fama de su marca creció entre los futbolistas.

Varios de los moldes de madera han sido usados desde hace décadas.(Brett Gundlock/The New York Times)
Varios de los moldes de madera han sido usados desde hace décadas.(Brett Gundlock/The New York Times)

Durante el Mundial de 1970 en México, Rivas y Colmenero hicieron zapatos para el brasileño Pelé y para Bobby Charlton, de Inglaterra. Más tarde, cosieron un par para la estrella mexicana Hugo Sánchez, según la hija de Colmenero.

Rivera usa las técnicas que le enseñó su suegro. (Brett Gundlock/The New York Times)
Rivera usa las técnicas que le enseñó su suegro. (Brett Gundlock/The New York Times)

"En aquella época no encontrabas zapatos [de futbol] buenos de marca, era muy complicado", explica Félix Fernández, exarquero del equipo Atlante y de la selección nacional de México que ahora trabaja como comentarista para Univisión.

Los botines son conocidos como Colmenero, en honor al exjugador que los fabricó por primera vez. (Brett Gundlock/The New York Times)
Los botines son conocidos como Colmenero, en honor al exjugador que los fabricó por primera vez. (Brett Gundlock/The New York Times)

Fernández recuerda que, antes de Colmenero, incluso "siendo profesional, la única opción era ir a comprar los zapatos a Tepito", donde los encargados de algún puesto "te los importaban. Era un mercado negro, por así decirlo". En esos días, México no contaba con el acceso al mercado global que tiene ahora y los productos extranjeros que llegaban al país tenían costos prohibitivos.

"Eran otros tiempos", comenta Fernández. "Ahora encuentras todas las marcas".

Después de que se redujeron las barreras comerciales con el TLCAN en los noventa, los zapatos de futbol baratos hechos en fábricas extranjeras inundaron México. "Bajó la demanda de nuestros zapatos", dice Rivera. Como encontraban las marcas famosas en todos los centros comerciales mexicanos, los jóvenes futbolistas ya no quisieron usar los zapatos en color negro y sin logotipo que hacían a la medida unos hombres viejos en el mercado de Tepito.

Para inicios de la década de 2000, la producción de Rivas y Colmenero se había reducido a la mitad: unos trescientos pares al mes. Para 2008, cuando el aprendiz Rivera por fin había aprendido a ensamblar con maestría el zapato perfecto, el negocio estaba en las últimas.

"Llegábamos a tener pedidos de cinco a diez pares a la semana. A veces ninguno. Era de temporadas", cuenta.

En 2012, después de la muerte de Colmenero, Rivas entregó a su yerno lo que quedaba de la empresa. El negocio está muerto, le dijo Rivas a Rivera. "Me dijo: 'Ven por las máquinas, llévatelas, te las ganaste. Si nos llegan a hablar, o llega algo de trabajo, pues ya te harás cargo tú'".

Dos años después, Rivas murió también.

"Yo diría que murió cuando dejó de hacer zapatos", sugirió Rivera.

Rivera cumple órdenes de entre cinco a diez pares por mes. En algún momento recibía unas seiscientas órdenes. (Brett Gundlock/The New York Times)
Rivera cumple órdenes de entre cinco a diez pares por mes. En algún momento recibía unas seiscientas órdenes. (Brett Gundlock/The New York Times)

En el funeral de Rivas, los herederos de Colmenero le pidieron a Rivera que siguiera con el negocio en el nombre de su padre, y Rivera accedió.

Sigue haciendo entre cinco y diez pares al mes para algunos de sus leales clientes; cada par cuesta 1200 pesos (unos de 62 dólares).

El taller ahora está al lado de su casa en el vecindario de Valle de Chalco, sobre un camino de terracería sin ningún distintivo. En la habitación hay pocas cosas; Rivera tiene una mesa de madera, una máquina de coser y rollos de cuero.

Actualmente, le toma más o menos tres horas hacer un par de tachones: trabaja con cuidado en cada zapato sobre un molde de madera y con herramientas para curtir y darle forma a la piel. Cada uno es hecho a la medida.

"Nuestros zapatos son como unos guantes para sus pies", mencionó Rivera. "Cada uno es único y los hacemos con mucho cariño".

* Copyright: 2019 The New York Times News Service