
Cuando olemos algo, las moléculas de olor navegan dentro de nuestra nariz donde se unen a proteínas, llamadas receptores olfativos, en las células que recubren la cavidad nasal. Estos receptores activan señales que su cerebro interpreta como uno o varios olores.
Un equipo de científicos identificó los receptores olfativos para dos moléculas de olor comunes: un almizcle que se encuentra en jabones y perfumes y un compuesto prominente en el sudor maloliente de las axilas. Los investigadores también descubrieron qué cambios evolutivos más recientes en estos receptores olfativos alteran la sensibilidad de las personas a esos olores.
Los receptores olfativos se remontan a cientos de millones de años y se cree que están presentes en todos los vertebrados. Los humanos tienen alrededor de 800 genes de receptores olfativos, pero solo alrededor de la mitad de ellos son funcionales, lo que significa que se traducirán en proteínas que cuelgan en la nariz y detectan moléculas de olor.
Pero dentro de un gen funcional, las variaciones menores pueden causar cambios en su proteína receptora correspondiente, y esos cambios pueden afectar enormemente la forma en que se percibe un olor. “Hay una molécula llamada androstenona“, dijo Joel Mainland, neurocientífico del Monell Chemical Senses Center y autor del nuevo estudio publicado en la revista PLoS Genetics. “Y sabemos que algunas personas huelen esa molécula como orina, algunas personas huelen esa molécula como sándalo y algunas personas no la huelen en absoluto”.

Dicho esto, los cambios genéticos no son lo único que subyace en la interpretación del olor. “Uno es genético y el otro es experiencia, que incluye cosas como la cultura en la que creciste”, sostuvo en diálogo con The New York Times Hiroaki Matsunami, biólogo molecular de la Universidad de Duke que no participó en la investigación pero cuyo trabajo se centra en el olfato.
El estudio realizado por el doctor Mainland y sus colegas fue un esfuerzo de colaboración entre científicos de los Estados Unidos y China. Los expertos secuenciaron los genomas de 1000 personas en Tangshan, China, que son miembros del grupo étnico Han, e hicieron lo mismo con una cohorte étnicamente diversa de 364 personas en la ciudad de Nueva York. Se pidió a los participantes que calificaran, en una escala de 100 puntos, la intensidad y el placer de una variedad de olores comunes. Luego, los investigadores buscaron asociaciones entre los genes de los receptores olfativos y los olores, así como variaciones dentro de esos genes y su impacto potencial en la percepción del olor.
Al tomar muestras de una población grande y diversa de personas, los investigadores pudieron concentrarse en los olores cuya percepción se basaba en diferencias genéticas entre las personas, en lugar de factores culturales o experienciales. Eso los llevó a moléculas que incluyen ácido trans-3-metil-2-hexenoico y galaxólido.
El ácido trans-3-metil-2-hexenoico se considera uno de los compuestos más picantes en el sudor de las axilas. Galaxolide es un almizcle sintético que a menudo se describe con un olor floral amaderado que se usa en perfumes y cosméticos, pero también en cosas como la arena para gatos. El equipo de investigación pudo identificar variantes de receptores olfativos para esos olores. En el caso del olor de las axilas, la mayoría de las personas con la variante genética evolutivamente más reciente lo encontraron más intenso. Ocurrió lo contrario con la galaxolida.

Los hallazgos de galaxólido fueron particularmente sorprendentes, ya que algunos participantes no pudieron oler el almizcle en absoluto. “Es realmente raro encontrar un efecto tan grande como el que vimos para este receptor en la percepción del olor a almizcle”, subrayó Marissa Kamarck, neurocientífica de la Universidad de Pensilvania y autora del estudio.
Matsunami ve este trabajo como otro ejemplo de que el olfato humano es más complejo de lo que se pensaba inicialmente. Dijo que, aunque los principales hallazgos del estudio involucraron solo dos aromas, se suman a la evidencia de que “los receptores de olores como grupo tienen una variedad extraordinaria”.
Los autores creen que sus hallazgos respaldan una hipótesis que ha sido criticada de que el sistema olfativo de los primates se ha degenerado a lo largo del tiempo evolutivo. Kara Hoover, antropóloga de la Universidad de Alaska Fairbanks que no participó en esta investigación pero que estudia la evolución del olfato humano, no está convencida por esa hipótesis en primer lugar.
“¿Por qué se supone que la reducción de la intensidad es degradación?”, se preguntó. “Tal vez otras cosas se están volviendo más intensas o la discriminación de olores está mejorando. Sabemos muy poco para sacar estas conclusiones”. Para Hoover, estos hallazgos suscitaron otras preguntas evolutivas. “Nuestra especie es muy joven. ¿Por qué tanta variación en tan poco tiempo? ¿Hay un significado adaptativo?”, finalizó.
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