
En Gran Bretaña el monarca se mantiene al margen de la política. Este es un principio no escrito, pero ampliamente aceptado por la sociedad y el sistema de gobierno del país. Aunque la corona mantiene enormes poderes, debe estar, teóricamente, al margen de la contienda política. Se supone que maneja los asuntos del reino de acuerdo con el consejo y los deseos del gobierno de turno y que el rey o la reina sólo mantienen conversaciones con el o la premier en reuniones semanales altamente confidenciales. Pero también se sabe que la reina Elizabeth (Isabel) tuvo intervenciones cruciales en las políticas tanto del Reino Unido como de las demás naciones de la Commonwealth en las que ejerció como jefa de Estado. Y en el caso de Charles III (Carlos Tercero para los que lo castellanizan), que hoy asume oficialmente el reinado, sabemos que tiene opiniones firmes y trabajó por causas que van desde el cambio climático hasta la arquitectura moderna y la medicina alternativa. También, de sus puntos de vista más liberales de los que podría ser el núcleo del Partido Conservador, hoy en el gobierno.
Siendo Príncipe de Gales, promovió activamente sus causas con los ministros y dejó que su oficina de prensa las divulgara por los habituales canales extraoficiales de las redacciones de los medios de comunicación londinenses. Por ejemplo, hace no mucho tiempo atrás tuvo una discusión pública con el ministro de Educación por la baja calidad de la enseñanza y poco antes de que muriera la reina Elizabeth, en septiembre, expresó su oposición al plan del gobierno de enviar inmigrantes ilegales a Ruanda.
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Sin embargo, el nuevo rey dejó claro en una entrevista con la BBC que entendía que debía comportarse de forma diferente si asumía el trono. “Está claro que no podré hacer las mismas cosas que he hecho como heredero”, dijo, añadiendo que no se inmiscuiría en cuestiones políticas como soberano, ya que “no soy tan estúpido”. Reforzó este punto con su primer discurso a la nación como rey: “Mi vida cambiará, por supuesto, al asumir mis nuevas responsabilidades. Ya no me será posible dedicar tanto tiempo y energías a las organizaciones benéficas y a los asuntos que tanto me preocupan”. “Ese trabajo pasará a otros”, dijo, añadiendo que “defenderé los principios constitucionales en el corazón de nuestra nación”. Esto implica que, si bien él no hará públicos sus puntos de vista, dejará que los miembros de la realeza hablen sobre cuestiones sociales, particularmente su hijo, William, el nuevo Príncipe de Gales.

Walter Bagehot, el victoriano decano de los constitucionalistas ingleses, escribió en 1867 que “el monarca tenía derecho a ser consultado y puede alentar y advertir”. Y los analistas contemporáneos apuntan a que el rey puede tener, incluso, más experiencia de gobierno que el propio primer ministro de turno. Fue claro en los 70 años en el trono de la madre de Charles que vio pasar a 16 primeros ministros británicos y más de 150 de los demás reinos de la Commonwealth. En el caso de Charles también contará su experiencia, lleva 50 años esperando llegar a colocarse la corona y a pesar de su excentricismo, cierto desdén juvenil y su casi natural lejanía con la realidad de sus súbditos, mantuvo posiciones firmes contra costumbres y privilegios reales (se opuso firmemente a la caza de animales) y apoyó desde siempre posiciones liberales de la sociedad británica que hoy están instaladas ampliamente en la agenda política.
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Formalmente, el monarca inaugura cada nueva sesión del Parlamento, aunque el discurso, en el que se exponen las medidas que se adoptarán, se supone que es redactado por quien ocupa el gobierno en la residencia de Downing Street. En teoría, tiene muchas otras prerrogativas, como la firma de tratados o la declaración de guerra, pero con los siglos quedaron en manos de los gobiernos o el parlamento. El rey también tiene el poder de disolver el parlamento y destituir a un primer ministro, forzando la celebración de elecciones. Sin embargo, nunca se ejerció este poder en la era moderna de la monarquía. Pero existe una zona gris que depende del monarca de turno. Durante las batallas por el Brexit hubo deliberaciones en los pasillos del palacio de Buckingham sobre lo que ocurriría si el gobierno perdía una moción de censura y la reina se veía obligada a pedir a otro líder que intentara formar gobierno.
Hay un antecedente en este sentido que no ocurrió en el Reino Unido sino en Australia, en 1975, pero donde actuó la reina a través de su “virrey”. El representante de la reina en el país, Sir John Kerr, hizo uso de sus poderes para destituir al primer ministro Gough Whitlam, tras informar a Elizabeth y consultarlo con los asesores del palacio en Londres. Whitlam no había conseguido la aprobación parlamentaria de un presupuesto y se negó a convocar a elecciones. Kerr consideró que se trataba de una crisis constitucional que requería elecciones y, para el escándalo de los australianos, hizo que eso ocurriera.
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Otras veces, se recurre a gestos o comentarios al pasar para influenciar sobre acontecimientos como sucedió en 2014 cuando se llamó al referéndum de independencia de Escocia. El domingo anterior a la votación, la reina mantuvo un breve intercambio de palabras con una mujer en el cementerio de Crathie. “El jueves tienen ustedes una votación importante. Espero que la gente piense muy detenidamente sobre el futuro”, le dijo cuando lo registraban las cámaras. Obviamente estaba infiriendo que debían tener cautela y, por tanto, mantener el statu quo. Los nacionalistas la acusaron de intervencionista, pero desde el punto de vista legal la reina no había roto ningún protocolo. Escocia sigue siendo parte del reino.
También se utilizó a la prensa para expresar en forma indirecta sus opiniones como cuando la reina se enfrentó a Margaret Thatcher porque la primera ministra se negaba a respaldar las sanciones contra la Sudáfrica del apartheid. Elizabeth estaba preocupada por el daño que esto podría causar al Commonwealth y también, en términos más generales, por el impacto de las políticas de Thatcher en el tejido social del Reino Unido. El Sunday Times hizo una larga nota sobre el descontento de la reina en base a “fuentes del palacio”. Otras veces, se usó ese poder para presionar en favor de sus propios intereses. The Guardian reveló que en la década de 1970 la reina intervino para conseguir una exención de las leyes de transparencia financiera para las inversiones privadas de la corona.
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Otra investigación periodística conocida como “los memos de la araña negra” (por la particular caligrafía) reveló el contenido de 27 cartas que el entonces Príncipe de Gales y ahora rey envió a diferentes ministros y miembros del gobierno que fueron, claramente, presiones políticas. Entre sus peticiones figuraban desde un mejor equipamiento para las tropas en Irak hasta un sacrificio masivo de roedores y tejones para detener la propagación de la tuberculosis bovina. También pidió una mayor disponibilidad de medicinas alternativas, presionó para que una persona concreta dirigiera una campaña contra los supermercados que maltrataban a los agricultores y propuso que su propio ayudante informara a Downing Street sobre el diseño de los nuevos hospitales. Lord David Blunkett, ex secretario de Educación laborista, recordó que el entonces príncipe lo presionó para que ampliara las horas de enseñanza de gramática en las escuelas. También se sabe que el príncipe fue uno de los primeros defensores de la agricultura ecológica, la sostenibilidad y la concienciación climática.
Ahora, ya con la testa coronada, Charles asegura que será más prescindente y cita a Shakespeare a través de las palabras que escribió para el joven Enrique V cuando se convierte en rey. “La idea, de alguna manera, de que voy a seguir exactamente igual, si tengo que triunfar, es una completa tontería porque las dos -las dos situaciones- son completamente diferentes”, dijo en su entrevista con la BBC con su obvio perfecto acento para ese recitado teatral.
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