
Cuando un adolescente elige la carrera de médico veterinario corporiza el imaginario popular de una mayoría, que desde siempre ha considerado a esta carrera como un ícono del amor incondicional que los animales nos brindan y les brindamos.
Al mismo tiempo la medicina veterinaria sintetiza lo bueno, lo amable. Lo mejor de un mundo de fantasía suave y sonriente que a la luz de la cruel cotidianidad dista mucho de ser así.
En el ambiente de las facultades de medicina veterinaria de todo el país se respira naturaleza y comprensión. Podríamos asegurar que son un verdadero oasis de amor y paz que poco se condice con la realidad que le espera al recién egresado al salir al ejercicio profesional.
La medicina veterinaria acompaña a los seres humanos en cada acto de su vida ya sea en la atención a los pequeños animales, la visión más habitual de la profesión en ámbitos urbanos o en ramas menos conocidas como el control de alimentos, la bromatología, la clínica de animales grandes, la producción o la industria farmacéutica, y otros menos populares y casi exóticos como el control de agua potable o la bacteriología del petróleo.
La medicina veterinaria esta presente en nuestras vidas desde el primer vaso de leche, pasando por el perro o el gato, llegando a nuestra comida cotidiana y concluyendo con el último vaso de agua de la jornada. Sin embargo, esta omnipresencia positiva no se condice con la ola de violencia desatada hace ya cierto tiempo.

El doctor Roberto Giménez en una crónica real del triste episodio que culminó con la agresión al veterinario Claudio Bulgarella, describe impecablemente: “Quiero insertar esta imagen: una camilla en una guardia del conurbano. Sobre ella, un hombre inconsciente con la cara deformada por hematomas. La sangre le llega hasta la chaqueta donde en el bolsillo del pecho dice su nombre y abajo ‘Médico Veterinario’”.
Es la imagen que con matices se repite en muchos consultorios y que transforma a esa profesión ideal e idealizada en una víctima de la violencia social que los climas creados muchas veces avalan y promueven.
El problema sería más grave en la clínica de pequeños animales, donde se produce gran cantidad de agresiones. La tasa de suicidios, según destaca la American Veterinary Medical Association, entre médicos veterinarios es dos veces y media superior a la de la población general. Esa entidad apuntó como causas al estrés laboral, la alta exigencia de los clientes aún en casos irreversibles, la angustia ante la muerte inexorable de los pacientes, la escasa e informal remuneración que obliga al veterinario “taxi” agobiado por interminables jornadas laborales, entre otras.
En España son cotidianas las quejas de los profesionales veterinarios considerados esenciales como en Argentina y a los que se los abandona o cuestiona a la hora de considerar su rol en el contexto de la pandemia.

Por un lado, somos el paradigma del sueño profesional, amables y bonachones y por otro la mera encarnación del diablo. En fin, una suerte de hipocresía o contradicción a la que colaboran los extremismos que muchas veces consideran a la profesión veterinaria como una especie de corporación malsana creada para hacer daño arrogándose como propia y exclusiva la posesión de la bonhomía y la compasión como virtud única de esos grupos.
Esos “discursos de odio”, que algunas organizaciones fundamentalistas dicen en los concejos deliberantes y hasta en el Congreso de la Nación, con escraches, amenazas y ataques presenciales e informáticos a colegas, generan según dicen los especialistas del CONICET, “un clima cultural de intolerancia y en ciertos contextos, pueden provocar en la sociedad civil prácticas agresivas”.
Lo sabemos claramente y lo vemos en muchos otros contextos de la vida nacional, pero aquí se repite claramente. Si le sumamos a todo esto el estrés social por el aislamiento de la pandemia y por las lógicas preocupaciones cotidianas, la medicina veterinaria ha pasado a ser el blanco por estar siempre presente de la “agresión redirigida”, usando así un término de la etología veterinaria, de algunos miembros de la sociedad, en un contexto donde el ataque que sufrió el colega de Morón genera el máximo repudio al no tener, como cualquier acto de violencia, ningún sentido o razón.
*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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