Decir que a Trump le pierden las formas, sería el eufemismo del siglo. Ni le caracteriza la finezza que el proverbial Andreotti reclamaba para la política, ni domina el arte de la ambigüedad. Al contrario, es tosco, ruidoso y explícito, perfecto para estos tiempos de relato de impacto. En realidad, es el mejor ejemplar de “hombre fuerte” que Yuval Harari describía en su disruptivo ‘Nexus’.
Por todo ello, no puede sorprender la notoria claridad con que habló este martes ante el Capitolio en la hora y 48 minutos del discurso sobre el estado de la Unión, el SOTU más largo de la historia. Especialmente respecto a Latinoamérica, sobre la que dijo que “estamos restableciendo el dominio y la seguridad de Estados Unidos en el hemisferio occidental”. Y así, sin parpadear, la palabra “dominio” se coló en el discurso sin atisbos de sonrojo, ni ningún tipo de complejo. ¿Está Trump reeditando la doctrina Monroe, en versión 2.0? Podría parecerlo a tenor de la premisa que marcó su proclamación en 1823: cualquier intervención europea sería considerada una agresión contra Estados Unidos. Y algo de ello resonó en enero de 2026, cuando, después de la captura de Maduro, el departamento de Estado dijo literalmente “este es nuestro hemisferio. Y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”. En los mismos términos de “seguridad interior” se enmarca la presión a México por el fentanilo o la cacería de narcolanchas en el Caribe, la cuestión de Cuba, etcétera... De hecho, el propio Trump lo ha expresado con meridiana precisión en su discurso en el Capitolio: “Actuamos para garantizar nuestros intereses nacionales y para defender a nuestro país de la violencia, las drogas, el terrorismo y la injerencia extranjera”. Pero, ¿se trata solamente de una cuestión de seguridad, una reedición contemporánea de la vieja Monroe, o estamos ante un plan estratégico global que abarca diversos aspectos y pretende sacudir toda la región?
Esa última parece ser la opción: Trump sitúa a Latinoamérica como una prioridad en la agenda porque su proyecto Make America Great Again pasa, inexorablemente, por el dominio del hemisferio occidental. De entrada, es una región clave para los intereses económicos, tecnológicos y estratégicos de China, cuya creciente influencia lo ha convertido en un inversor devora a todos sus competidores. Desde el famoso triángulo del litio hasta la nueva ruta de la seda por el Chancay peruano, pasando por los jugosos acuerdos comerciales con Brasil, o la expansión de los BRIC, China ha convertido a América Latina en un pilar estratégico de su dominio económico, perfectamente definido en su ‘Libro Blanco sobre América Latina y el Caribe’. Y precisamente por ello, Trump considera la región como un campo de batalla para frenar dicha influencia china. Es la geopolítica desde la perspectiva económica.
Además de frenar a China y reforzar los intereses económicos norteamericanos, Estados Unidos se convierte en el motor de grandes cambios políticos que sacuden a la región y refuerzan su hegemonía. De ahí la intervención en Venezuela, la primera carta del naipe que pretende hacer caer al resto. El final del chavismo no solo representa una liberación extraordinaria de recursos energéticos y económicos, sino también de recursos humanos. Hace dos meses había colas para el pan y la leche en los barrios de Caracas, y en poco tiempo, en pleno proceso de transición, ya se percibe el enorme potencial que tendrá el país. Se ha abierto una enorme oportunidad para convertir a Venezuela en un gran hub energético que no solo nutrirá los bolsillos de los yankees, sino los de toda la región. De ahí que el experimento Venezuela sea tan importante para Trump, porque representa el éxito de su proyecto global: de la Venezuela de Maduro que convertía a Trump en un demonio, a la Venezuela de Delcy convertida en “nuestro nuevo amigo y socio”. Y con el terremoto en Venezuela, sus réplicas: Colombia, con un Petro que va a la Casa Blanca y se enamora de los “gringos francos”; Nicaragua con un Ortega que de golpe elimina el libre visado para Cuba y baja su retórica incendiaria a posiciones pragmáticas: Cuba, cuyo colapso lo llevará inevitablemente al cambio político; Guatemala, y el arancel cero para sus productos; Brasil, con un Lula que ha bajado muchos decibelios su retórica más inflamada… Y luego está México, con una Sheinbaum que, cuyo discurso político también ha sufrido una mutación pragmática, (tratado comercial mediante), al tiempo que ha aumentado su actitud de lucha contra los cárteles. En este sentido no hay duda de que a Trump le está saliendo bien la estrategia para la región en los tres terrenos, el de seguridad, el económico, y el geopolítico.
Esta es la crónica: acción militar estadounidense, captura de Maduro, y de golpe todo el mapa en movimiento. Un éxito sin paliativos. Para Estados Unidos, es el retorno del dominio en “el patio trasero”, que a su vez implica un refuerzo de su papel geopolítico. Pero, lejos de ser un dominio vampírico, puede ser simbiótico para toda la región, porque la liberación de los regímenes perversos que la han secuestrado, implicará un crecimiento económico y político de gran magnitud. América Latina vuelve a estar en el mapa y su horizonte puede ser brillante. De manera que, a pesar del antiamericanismo ambiental rampante, habrá que darle a Trump algún mérito.
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