
Se viven días de optimismo. Con EE. UU. como facilitador, Israel y el Líbano ya se han reunido dos veces a nivel de enviados y embajadores, en negociaciones directas y en preparación de una reunión entre Netanyahu y el presidente Aoun en un futuro cercano. El jueves 23 de abril, Donald Trump anunció que el alto al fuego se extendería por otras tres semanas, un cese de hostilidades que no “alcanza al 100 %”, se apresuró en aclarar el embajador israelí en la ONU, lo cual es cierto, considerando que cada misil, ataque o provocación de Hezbollah tiene una inmediata respuesta israelí, a veces devastadora.
Salvo por grupos como este, ambos países, vecinos y fronterizos, deberían haber tenido mejores relaciones, incluso estrechas, pero demasiado ha influido en el Líbano la interferencia extranjera, ya que factores internacionales han sido determinantes. El conflicto se inicia en 1948, al día siguiente de la Declaración de Independencia de Israel, cuando El Líbano es uno de los 5 países árabes cuyos ejércitos invaden. El Líbano había sido creado desgajando territorio de la gran Siria donde Francia reemplazó al imperio otomano, fundamentalmente para que la minoría cristiana tuviera protección a través de un complicado arreglo político-confesional.
Después del cese del fuego, la frontera común fue por años una zona relativamente tranquila, pero todo cambió cuando las milicias palestinas fueron expulsadas de Jordania en 1970 tras el septiembre negro, instalándose en el sur de El Líbano para atacar a Israel desde ese territorio. Lo hecho por la OLP, el FLP y otros grupos menores, va a tener como consecuencia invasiones de Israel en 1978 y 1982. Esta segunda genera la expulsión de Arafat y sus cercanos, de Beirut a Túnez. A partir de 1975, la radicalización y la interferencia de Siria llevan a una guerra civil entre musulmanes y cristianos, acabando con el estatus de El Líbano como “el París del Medio Oriente”.
Es en ese periodo, a partir de los 80, que Irán crea como brazo de la Revolución Islámica a Hezbollah, el “Partido de Dios”, que desde entonces condiciona toda la soberanía libanesa, reemplazando a Siria como influencia externa más relevante. Hezbollah se transforma en un actor militar más poderoso que las propias fuerzas armadas, ocupando el sur del país tras la retirada israelí y utilizando ese territorio para atacar sistemáticamente a Israel.
La situación geopolítica cambia. Israel se retira en 2000, pero la ocupación del territorio evacuado por Irán a través de Hezbollah es parte de la estrategia de Teherán de un “cinturón” que rodee a Israel. Hezbollah se transforma en milicia al servicio de Irán, trasladándose a Siria para defender a la dictadura de al-Asad y para llevar el terrorismo a Buenos Aires.
Cuando Hamas invade Israel el 7-X-2023, al día siguiente comienza el ataque de Hezbollah y, por su intermedio, de Irán desde El Líbano, a pesar del cese del fuego, obligando a Israel a evacuar a decenas de miles de ciudadanos.
La situación se repite tras el ataque conjunto de EE. UU. e Israel a Irán el 28 de febrero. De todos los “proxis” de Irán en la región, es únicamente Hezbollah quien responde atacando de inmediato. El Estado libanés expresó públicamente su rechazo a la situación y se evidenció la pérdida de apoyo interno de Hezbollah.
La ONU mostró ineficiencia para hacer cumplir las resoluciones que prohíben a Hezbollah situarse al sur del río Litani. En ese contexto, se produjo la más reciente invasión israelí con el propósito de expulsar a los milicianos de la frontera hacia el Litani, recreando la ocupación de 1982.
Hay un alto grado de posibilidades de que con Hezbollah se repita una situación semejante a la de Hamas en Gaza, donde Israel volvió a ocupar una franja de terreno. Después de años, Israel volvía a ocupar el sur de El Líbano y más de la mitad de Gaza, como consecuencia de decisiones originadas en Hezbollah y en Hamas.

Israel está en guerra con Irán y ello conlleva confrontar definitivamente la amenaza de Hezbollah como su brazo armado, esta vez, quizás por vez primera, en conjunto con El Líbano, cada vez más convencido de haber sido víctima de la Revolución Islámica.
La realidad muestra que Hamas sigue contando con fuerte apoyo en Gaza, y que Hezbollah ya no cuenta con la complicidad del gobierno libanés, aunque mantiene el apoyo de los chiitas.
Ninguna de las dos milicias va a desaparecer, ya que son mucho más que grupos terroristas, al ser movimientos con sustrato religioso y base social, cumpliendo funciones de seguridad social, educación y salud.
Israel puede tener la tranquilidad de que, por ahora, no representan un peligro de invasión, ni desde Gaza ni desde el sur de El Líbano, ni parece que Irán pueda ayudarlos.
La novedad es el apoyo que Israel ha recibido de los países árabes sunitas, lo que representa el cambio más importante en la región en mucho tiempo.
Si EE. UU. logra que Irán acepte el fin de su proyecto nuclear, el Medio Oriente irá hacia una nueva realidad, con la posibilidad de una nueva OTAN regional compuesta por EE. UU., países árabes sunitas e Israel para controlar el Estrecho de Ormuz.
Sería la oportunidad para que esta nueva alianza posibilite la aparición del Estado palestino pendiente, si su dirigencia aprovecha la oportunidad.
Una nueva alianza en el Medio Oriente confirma la creciente irrelevancia de Europa, sobre todo si la negociación en curso entre China y EE. UU. concluye con un acuerdo.
En el caso de Israel y los países árabes, el temor a una bomba atómica iraní permitió el apoyo incluso militar a Israel, visible en la Guerra de los 12 días en 2025.
Irán seguirá intentando la destrucción de la “entidad sionista”, y sin duda Israel seguirá actuando contra Hezbollah y Hamas, contando con el apoyo armamentístico de EE. UU.
El actual diálogo con El Líbano es muy bienvenido, facilitado por EE. UU., y ayudado por el histórico acuerdo de demarcación de fronteras marítimas alcanzado en octubre de 2022.
La paz no podrá materializarse si Hezbollah no es desarmada, y Beirut no logra imponer el monopolio de la fuerza en todo el territorio.
Francia ha quedado fuera de este acercamiento, testimonio de la creciente irrelevancia europea, sobre todo de las potencias coloniales.
Israel y el actual gobierno del Líbano desean el desarme de Hezbollah, pero ello no se va a materializar totalmente mientras el Ejército Libanés no tenga la disposición, voluntad y compromiso para concretarlo, algo que hasta ahora no ha ocurrido.
Por ahora, el diálogo a alto nivel entre Israel y El Líbano es todo un cambio, ya que antes no existía ninguna relación pública directa.
Toda paz y un futuro Estado palestino estarán muy vinculados a lo que no se ha podido imponer ni en territorio libanés ni en Gaza: controlar a milicias que no creen en el Estado nacional sino en una utopía religiosa universal.

Si tienen suerte, le ha llegado el momento de desaparecer a Hezbollah y sus mandantes persas, que en el Líbano dominaron a una comunidad orgullosa de ser libanesa.
Un acuerdo de paz podría lograr lo que Hezbollah aleja: el retiro de las tropas israelíes y el regreso de los ciudadanos libaneses desplazados, así como seguridad para los israelíes.
Entre los modelos existentes, la Paz de Isaac que buscan El Líbano e Israel podría asemejarse a los Pactos de Abraham con los Emiratos, por sobre la frialdad de una paz solo territorial.
Nada garantiza la paz. Todo depende de si se logra o no desarmar a Hezbollah.
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