La cárcel de tela

El crecimiento de la ideología salafista en Europa pone en jaque la convivencia y la igualdad, especialmente en torno a la situación de la mujer y la presión sobre las leyes civiles de los países democráticos

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El crecimiento de la ideología
El crecimiento de la ideología salafista en Europa pone en jaque la convivencia y la igualdad. EFE/Blanca Millez

Antes de empezar este artículo he buscado en mi hemeroteca cuántos y desde hace cuántos años escribo sobre la materia, y el resultado es desolador: mi primer artículo sobre la necesidad de prohibir el velo integral islámico en el espacio público es de 2012, más o menos al tiempo que publiqué un libro titulado “La República Islámica de España”, donde alertaba del reto que la ideología salafista estaba planteando a las democracias liberales. Francia, bajo mandato de Nicolás Sarkozy, lo había prohibido y después vendrían otros países: Bélgica en 2011, Bulgaria en 2016, Austria en 2017, Dinamarca y Países Bajos en 2018 y Suiza en 2021. Portugal e Italia tienen planteadas iniciativas en la misma dirección, y en España acaba de rechazarse la primera de las propuestas (de Vox) para prohibir el velo integral, pero Junts ya ha presentado otra iniciativa que puede conseguir la mayoría parlamentaria.

Así pues, con más o menos retraso, Europa va consiguiendo restringir el uso del burka y el niqab en el ámbito público y algunos de ellos también han prohibido el hiyab en las escuelas. ¿Significa que el espeso, incómodo y eternamente aplazado debate sobre el choque entre la ideología islamista y la democracia liberal empieza a abrirse paso?

Debería, porque desde los tiempos en que Oriana Fallaci avisaba de los riesgos que implicaba el fenómeno ideológico del salafismo y su confrontación con la sociedad de las libertades, poco o nada se ha hecho para frenarlo. Durante décadas las democracias liberales han confundido lo ideológico con lo religioso y han relativizado el proyecto de dominio que latía por debajo. El buenismo de las derechas y la complicidad de las izquierdas han minimizado la presión que el fenómeno islamista generaría en las estructuras democráticas, y no han entendido que se enfrentaban a una ideología de conquista. Y así, considerado el fenómeno como una simple cuestión de fe, el problema social ha crecido hasta convertirse en una bomba de tiempo, especialmente en Europa, donde el reto islamista se ha disparado.

¿Cuál es el problema de fondo? Sin duda, no lo es el Islam como creencia religiosa, porque justamente la democracia se basa en el respeto a los dioses de cada cual. El problema no es, ni ha sido nunca la fe. El problema se crea cuando la fe se convierte en la coartada de una ideología de conquista que intenta imponer leyes medievales arremetiendo contra los derechos conquistados. Eso es el salafismo: una ideología reaccionaria, abiertamente contraria a los avances de la civilización moderna y que basa el conjunto de leyes civiles y penales en una lectura radical de los textos sagrados. El concepto básico es el retorno a los salaf, es decir a los primeros seguidores de Mahoma, ergo el retorno al siglo VIII, pero con la tecnología y los medios del siglo XXI. Ha sido este fenómeno el que ha crecido en las comunidades musulmanas que viven en Occidente hasta convertirse en una ideología de masas que controla las mezquitas y los lugares de culto y acaba dominando barrios enteros.

Es el fenómeno de los banlieus de París o del Molenbeek de Bruselas, o cualquier zona del Londostan donde, lejos de ser territorio francés o belga o británico, se convierten en islas de la Umma dentro del país. Y a partir de aquí, empiezan las presiones a las leyes democráticas que se confrontan con la sharia.

Europa va consiguiendo restringir el
Europa va consiguiendo restringir el uso del burka y el niqab en el ámbito público (Europa Press)

De ahí que la cuestión de la mujer sea un tema central porque la lucha por la igualdad rompe los esquemas del integrismo islámico, inequívocamente misógino. Si consiguen imponer el velo a las niñas -que nunca fue un signo religioso, sino de dominio sexista-, o consiguen la naturalización del velo integral, sea el niqab o el burka, quiebran esa igualdad y restringen los límites de la libertad. No hay nada más perverso para la mujer que esa cárcel textil que las invisibiliza, las aparta, las estigmatiza, las convierte en espectros andantes, totalmente controladas por sus propietarios masculinos.

Todo esto del burka y el niqab e incluso el hijab no tiene nada que ver con la fe religiosa. De hecho, el Corán solo exige que se escondan “sus partes sexuales”, y durante décadas la imposición del velo se consideraba arcaica y regresiva en muchos países musulmanes. Es famosa una intervención del presidente Nasser de Egipto, en 1958, que se ríe a carcajadas ante la petición del líder de los Musulmanes para que las mujeres lleven el hijab por la calle. Y, qué decir de las espléndidas iraníes de los tiempos del sha, que ahora mueren en las calles de Irán por intentar sacarse el velo impuesto. El velo integral es una aberración criminal que aniquila a la mujer hasta borrarla del paisaje. Prohibirlo es una exigencia democrática. No es libertad de culto. Es apología de la esclavitud.

Y de las leyes sobre la mujer, a la formulación de leyes islámicas que, a través de los congresos salafistas, impregnan y radicalizan a las comunidades musulmanas. Centenares de imanes radicales propagando ideas antidemocráticas, aprovechándose de los beneficios y la tolerancia que les otorgan las democracias. El reto es considerable porque, mientras el integrismo islámico sea predominante en los barrios con mayorías musulmanas, las democracias sufrirán tensiones muy severas. Especialmente si se tienen en cuenta los datos demográficos que auguran que para 2050, la población musulmana superará el 15 % de la población de Europa. De momento, solo en la Unión Europea viven 25 millones de musulmanes. ¿Cuántos de ellos abrazan el integrismo? Esa es la pregunta incómoda que no formulamos, o por miedo a la incorrección política, o por estupidez progresista. ¿Hay nada más patético que el paternalismo de determinada izquierda con el Islam? Y así, con la permisividad de las democracias, la incomodidad de los políticos y la complicidad de las izquierdas, el fenómeno radical va devorando espacios. Debatir sobre el problema es un acto de responsabilidad. Actuar sobre el tema empieza a ser un acto de supervivencia.

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