
El mundo cambió, para bien o para mal, dependiendo de la orientación política. Pero el cambio es irreversible y el mundo de la postguerra, con un supuesto orden que daba algo de confianza, pero que las dictaduras se saltaban y obviaban cuando les daba la gana, se acabó.
Hay una gran discusión al respecto y, si quieren ver un debate profundo, no el de redes y el de medios que son tan ligeros en general, vean este podcast* de la Universidad de Stanford con tres historiadores sobre el legado de Donald Trump. Tres opiniones distintas sobre tantos temas de este primer año de gobierno; lo de Venezuela aún no había pasado, que sirve de contexto para formarse una opinión sobre este tema que hoy inunda las redes y las discusiones políticas en todo el mundo.
Mi opinión es positiva frente a muchos temas, y menos positiva frente a cómo los ha abordado. Empecemos por el orden mundial. Lo primero es que las dictaduras abusaron en estos últimos 40 años de las reglas e instituciones creadas para manejar los derechos humanos, el comercio, las relaciones internacionales, la propiedad intelectual y muchos otros temas.
Van unos pocos ejemplos. La Organización Mundial del Comercio (OMC) miró para otro lado mientras China robaba la propiedad intelectual de Occidente y violaba todas las reglas del comercio internacional sin sanción alguna. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas era un cuadro pintado en la pared, y bien malo además, pues las grandes dictaduras, los mayores violadores de derechos humanos como Venezuela, Irán, Rusia y China hacían parte de ella e imponían sus criterios. La Corte Penal Internacional tampoco hizo nada frente a dictadores violentos, violadores de derechos humanos y criminales de guerra. El ejemplo Nicolás Maduro es el más patético de una institución que se creó con gran esperanza y acabó siendo una gran desilusión.
Trump, en este primer año, puso en evidencia este desastre internacional y deja un nuevo sistema de vecindarios donde le dice a Europa: “Encárguense de su zona estratégica y de influencia”, les dice a sus socios en Asia: “Encárguense de su zona estratégica de influencia”, y deja claro que las Américas son la zona de influencia de Estados Unidos. Es una gran oportunidad para la región, pues si se logra que lo que pasó con México se distribuya por todo el continente, las oportunidades económicas van a ser inmensas.

Igualmente, al colocar a las organizaciones criminales como la gran amenaza a la estabilidad, a la democracia y a la libertad, abre espacio a una cooperación multilateral en la región que puede poner a los delincuentes en retroceso y no como hoy sucede, que son ellos los que están coordinados a lo largo y ancho del continente y tienen a los países a la defensiva.
La globalización económica va a ser una globalización regional con interacciones que van a depender del balance geopolítico que se dé en cada momento, del equilibrio que exista allí y de los intereses que sectores poderosos de cada país le logren imponer a sus gobiernos. Una América fuerte y una Europa fuerte van a ser el resultado de este nuevo escenario internacional que Trump, de buena o mala manera y nos guste o no nos guste, va a dejar como herencia.
No nos podemos olvidar de que China, como nuevo líder del eje autoritario, tiene una historia imperial que quiere revivir. Tampoco debemos minimizar a sus aliados para lograr este objetivo hegemónico, que son una permanente amenaza a la libertad, que no son menores y que desecharlos sería un gran error. Rusia, por ahora, si no llega un cambio democrático a ese gran país, Irán a pesar de sus problemas actuales, y Corea del Norte, ya actúan en Ucrania como aliados de ese eje autoritario. En nuestro continente, Cuba y Nicaragua operan de la misma manera y son grandes amenazas a la democracia y la libertad. Ya en las Américas, este eje autoritario encontró un gran contrapeso que Trump, con la extracción de Maduro de Venezuela, comenzó a ejercer.
Una Europa fuerte y una América fuerte son buenas para la democracia y la libertad. Que se puede hacer mejor, claro, pero lo de antes era un camino al desastre y, sin darnos cuenta o con grandes sectores de nuestra sociedad como cómplices, nuestras regiones iban rumbo a parecerse más a ese autoritarismo que a las democracias, con todos sus defectos, de hoy. La Pax Americana se va a concentrar en nuestro continente y, en el resto del mundo, debe dar paso a una Pax compartida con Europa, Japón, Corea y Australia, para solo nombrar algunos de los países que deben asumir esa responsabilidad.
Trump le quitó el velo a una guerra cultural que poco a poco ganaba espacio en todos los sectores políticos, económicos y educativos de nuestros países. La cancelación del otro, la reinterpretación de la historia y la eliminación del mérito por cuenta de una victimización equivocada, poco a poco se convirtieron en lo normal y, como consecuencia, en una amenaza fundamental a los valores liberales de occidente. Las bases de nuestras sociedades eran socavadas con gran éxito y se convirtieron en un riesgo inmenso para la libertad e incluso para la igualdad. Trump, nuevamente, bien o mal y nos guste o no nos guste, inició un camino de corrección que, como se ve en este podcast, puede ser mucho mejor y mucho más equilibrado, pero sin duda es necesario.
Faltan tres años, pero la huella que deja Trump ya queda. Hay errores, hay excesos —como el del manejo de la migración— y hay aciertos como la extracción de Maduro, que vamos a ver cómo terminan. La clave es entender que el fin de una era se dio y el comienzo incierto de otra está en pleno despegue.
*Este es el podcast de la Universidad de Stanford sobre el primer año de gobierno de Trump. https://youtu.be/v1Gm1OR2SPg?si=9-4IhpaDitG1nrRK
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