
Al abrir el diario El País de España me encontré con un título sobre las elecciones en Chile según el cual la aspirante a la Presidencia por el partido comunista Jeannette Jara era una candidata de izquierda, ni siquiera usaron el término comunista, mientras que el republicano José Antonio Kast era el candidato de la ultra derecha. Este título muestra este sesgo en el que los radicales de izquierda son aceptados, e incluso les lavan su imagen, mientras los de derecha son cuestionados en su integridad y en sus valores, algo que ya hace parte de la narrativa política que se ha instalado, con la ayuda de los medios ideologizados, en nuestra región y en Europa también. Una primera lección de este resultado electoral para tener en cuenta. El rival ya no es solo el candidato, es todo un entorno informativo donde medios y redes sociales juegan descaradamente ese papel de discriminación política con la obvia intención de inclinar la balanza.
Los resultados de la primera vuelta en Chile, en parte, fueron los esperados. Ganó la candidata comunista Jara, con un 26 por ciento de los votos, mientras el candidato de la derecha, Kast, logró un 23 por ciento. Kast estuvo por encima de las predicciones y se convierte en la mayor opción para ser el próximo presidente de Chile, pues en el cuarto y el quinto puesto -Johannes Kaiser, 13 %, y Evelyn Mattie, 12 % -están otros candidatos de derecha, cuyos electores nunca van a votar por Jara.
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Las lecciones de este resultado son, primero, la izquierda, así sea muy radical, como la de Petro o Cepeda en Colombia, tiene entre un 20 y un 30 por ciento de los votos. El otro 70, en casi toda la región, está entre el 30 por ciento del centro y 40 de la derecha. ¿Qué garantiza este resultado? Que la izquierda siempre va a tener un candidato en la segunda vuelta y la derecha dividida puede perder o ganar, dependiendo de la gestión del presidente, la de Boric es tan desastrosa como la de Petro. Segundo, que la unión de la derecha, algo que es casi imposible, puede evitar el escenario de un candidato radical de izquierda ganando una segunda vuelta, pues se puede ganar en primera.
La derecha en el continente tiene que aprender de experimentos como la concertación en Chile o el Frente Amplio en Uruguay para montar mecanismos que permitan la competencia entre los distintos sectores pero luego se define un solo candidato para las presidenciales. En Colombia se deben cambiar las reglas para ser candidato con algo muy simple, quien no logre un porcentaje del censo electoral tiene que pagar una multa considerable que le afecte el bolsillo. Que el ego les cueste.
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Un tercer aprendizaje es el sorprendente resultado de Franco Parisi, con el 19 % de los votos. Parisi y su partido representan a los outsiders; ni lo uno ni lo otro fue su mantra; se mostró como el anti elite, sin ese discurso de pueblo de la izquierda, y logró proponer cosas que a la gente le llegaron. Tan es así que la candidata Jara, en su discurso, elogió sus propuestas, obviamente con el propósito de pescar votos en ese electorado. Si bien la centro derecha de Mattei tuvo un gran descenso, este 19 por ciento, en el centro, está desafecto del sistema tradicional y, la verdad, existe en todos nuestros países. Es un voto serio, no populista, que está mamado de más de lo mismo. ¿Quién lo puede conquistar? Esa es la pregunta del millón.

Vamos con los riesgos para Colombia. Obviamente, el robo de las elecciones, la compra masiva de votos y la presión de grupos armados en distintas regiones, lo que no sucede en Chile, marcan una gran diferencia con lo que puede pasar en Colombia. Uno o dos millones de votos, que les aparecieron sorprendentemente a Petro y a Juan Manuel Santos en la segunda vuelta, pueden hacer esta diferencia con la que Jara sería presidente en Chile, si se diera esa corrupción electoral.
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Ya vimos cómo en la consulta de octubre pasado el gran aumento de votos de Cepeda se dio en regiones bajo control de narcos y grupos criminales como el Eln y las Farc. En Colombia, el Eln ya vetó a un candidato, que no puede hacer campaña en las regiones que controla. Los muertos no se van a demorar, pues para estas organizaciones las elecciones son el mantenimiento de su estatus que los beneficia. Y la contratación masiva por parte del gobierno antes de la ley de garantías electorales deja claro que van a chantajear a políticos, alcaldes y gobernadores: o nos ayudan o no reciben esos contratos.
No deja de sorprender lo que pasa en Colombia, donde el 90 por ciento de los candidatos no sacan más de 20 mil votos. Su ‘ejercicio’ electoral es para satisfacer vanidades o para ver cómo logran negociar algo para ellos, no para el país. Razón de más para cambiar la ley y ponerle un alto costo a esta feria del ego.
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El riesgo es claro. Chile lo mostró y el futuro de Colombia está en juego. ¿Habrá algún responsable que ponga orden? Por ahora no se ve. Triste y peligroso.
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