
Cuando terminó la sesión del Congreso Continental que escribió la Declaración de Independencia y ordenó el proceso de creación y adopción de la Constitución de los Estados Unidos, una mujer le preguntó a Benjamin Franklin qué había pasado. Franklin respondió: “Construimos una república. Ojalá la podamos mantener”.
Doscientos cuarenta y nueve años después, pareciera que la clase política de Estados Unidos se ha empeñado en someter a la creación de Franklin y del resto de los padres fundadores a un test de resistencia que quizás la destruya. Esta prueba de resistencia es conocida en los Estados Unidos como Gerrymandering. Este nombre fue acuñado en 1812, cuando el gobernador de Massachusetts, Eldridge Gerry, creó un distrito electoral con forma de salamandra. El distrito fue rebautizado por la prensa como gerrymandra.
Hoy la práctica de rediseñar la superficie de los distritos electorales ocurre cada diez años. Porque, a partir de los resultados del censo, es necesario agrandar o achicar distritos en función de su crecimiento o reducción. Pero desde hace aproximadamente 30 años, la dirigencia política tanto del partido Demócrata como del Republicano ha ejecutado el mandato de ordenamiento territorial con criterios partidistas. Dichos criterios permiten pulverizar los votantes de los grupos adversarios y/o concentrar votantes en un territorio para impedir que personas de otra tendencia política sean elegidas. Estas prácticas, denominadas packing y cracking, constituyen hoy una intervención contra la democracia que puede debilitar severamente la república.
En efecto, el packing o empaquetamiento consiste en concentrar a los votantes de un partido contrario en un solo distrito para que ganen ese distrito por un amplio margen, pero tengan una influencia reducida en los distritos circundantes. El cracking o pulverización consiste en dividir a un grupo de votantes en varios distritos para que sean minoría en cada distrito, impidiéndoles elegir a su candidato preferido. Ambas tácticas hacen que las elecciones sean menos competitivas, empoderan a un partido político y limitan el poder de voto de ciertas comunidades.
Los resultados de estas prácticas son evidentes. Elecciones que no reflejan la voluntad general de los votantes, lo que podría llevar a resultados legislativos sesgados, una menor participación electoral y una sensación de pérdida de soberanía. Pero el peor impacto del gerrymandering reside en provocar la abstención electoral y el retiro de la confianza ciudadana en las instituciones compuestas por personas elegidas bajo el sistema de gerrymandering.
De hecho, gracias a esta práctica, la población comienza a encerrarse en la muralla del descreer y en el manto del cinismo. Se produce una pérdida de respeto de la ciudadanía hacia los procesos electorales o hacia las políticas que emanan de representantes elegidos bajo los preceptos de la práctica. Por tanto, se desmoviliza políticamente y retira su apoyo a las instituciones fundamentales de la democracia como lo son las Asambleas Legislativas, el Congreso, las cortes y la presidencia.
El impacto neto es elecciones que no reflejen la voluntad general de los votantes, resultados legislativos sesgados, menor participación electoral y una sensación de desamparo de poder. Se aleja así el colectivo norteamericano del lema fundacional “Et Pluribus Unum”, es decir, de muchos uno, que fue lo que quisieron crear los padres fundadores, entre ellos Franklin. Y ese distanciamiento que crea el gerrymandering está llevando al pueblo norteamericano por otra ruta que puede generar fisuras en el edificio republicano.
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