
Finalmente llegó a Puerto Príncipe, capital de Haití, un primer destacamento de 400 efectivos de la policía de Kenia, país que se enorgullece de haber creado uno de los mejores servicios de policía del mundo. La misión de la policía kenyana es estabilizar la situación de seguridad en la patria de Petion, entrenar a sus fuerzas policiales y sentar los pilares de una política de seguridad y defensa.
Del dicho al hecho sin embargo es mucho el trecho. Para comenzar, el país entero está tomado por bandas criminales que han destruido las fuerzas policiales a punta de violencia bruta. Los efectivos que sobreviven están escondidos en remotos parajes para impedir que las bandas delictivas los ejecuten. Luego está la realidad económica. Haití es un país en bancarrota. Por ello es muy difícil asegurar que la fuerza de apoyo para la seguridad establecida por las Naciones Unidas disponga de los medios necesarios para construir desde las ruinas actuales una fuerza de seguridad policial efectiva y eficiente.
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A esto hay que añadir el grado de corrupción que impera en el país. Según Transparencia Internacional, Haití tiene el grado 17 sobre una escala de 100 en la que 100 representa ausencia de corrupción. Por tanto, su posición en el mundo es país 172 de un universo de 180 países. En fin, en Haití es imposible hacer nada sin corrupción. Esa cultura puede llevar a la desintegración de los esfuerzos de la comunidad internacional. Porque los mismos efectivos de la policía que Kenia se esfuerza en entrenar carecen de estímulos sociales para seguir una conducta libre de corrupción. Por la vía de la corrupción, la novel policía puede terminar haciendo tratos con las bandas delictives; facilitar el trafico de armas o dejar de perseguir a los delincuentes.
Como cereza del pastel está la cultura cívica de las elites haitianas. Los empresarios son pescadores de renta no constructores de riqueza. Por ende, prefieren hacer arreglos con las bandas criminales a apoyar la imposición de un estado de derecho. Al fin y al cabo, fueron los empresarios haitianos quienes plantaron las bases para el desarrollo del crimen organizado creando bandas privadas para su protección personal, la de sus familias y la de sus activos. Cuando decidieron mudarse a la Republica Dominicana, dejaron a muchos de sus soldados privados sin empleo pero armados. Pronto los desempleados comenzaron a usar sus armas para proveer su subsistencia mediante actividades criminales.
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Finalmente, está la actitud y sentido de la historia de los países de América Latina y el Caribe. Ninguna de las naciones vecinas a Haití se ha apersonado con fuerza y determinación en la crisis de Haití que ya lleva casi tres decenios. Salvo Canadá y Venezuela en las postrimerías del siglo pasado ninguna nación del hemisferio occidental ha prestado una cooperación decidida a Haití para asistirle en la resolución de sus muchas crisis. Esta miopía estratégica nos ha llevado al actual estado postración que afecta a Haití.
Y por supuesto no podemos olvidar el estado de desarrollo de las redes delictuales. Los mal llamados gangs de Haití son ejercitos irregulares bien entrenados y mejor armados con intereses y visión propia y capacidad para controlar largos bastiones territoriales al tiempo que establecen redes de intercambio, medios de transporte y comunicaciones propias. Desmantelar estas estructuras, a mi modo de ver, no solo es harto difícil sino que dada la disparidad en la dotación de recursos entre las fuerzas del orden y los gangs solo se podrá controlar la situación incluyendo en el paquete de control algún grado de negociación.
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Si la policía de Kenia logra sobreponerse a estos obstáculos francamente deberían ser objeto de una premiación especial dentro del género de los premios Nobel por salvar el estado de derecho del más fabuloso naufragio jamás ocurrió en el Caribe.
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