
El domingo pasado, al momento de terminar el conteo de votos en la elección legislativa chilena, los analistas no salían de su asombro por el 35% obtenido por la agrupación de derecha de José Antonio Kast. Desde 1965, ningún partido en ese país había alcanzado ese porcentaje de votos. Lo logró en aquel entonces la poderosa Democracia Cristiana de Frei padre.
Pero lo que impactó aún más, en especial a los sectores de la izquierda pequeña burguesa urbana chilena, fue que ese caudal trepaba al 40% entre el segmento más pobre de la población. No es la primera vez que los marxistas latinoamericanos le hablan y se preocupan más por esos sectores medios y con ideas revolucionarias y altisonantes que por los sectores verdaderamente populares. Que sufren más que nadie la inseguridad, la inflación y la mala gestión de los gobiernos.
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La prensa políticamente correcta de Chile y del mundo salió a calificar Kast como ultraderecha, fascista, reaccionario, etc. Parecían olvidar que este dirigente de tono calmo y palabras duras le había ganado la primera vuelta de la elección presidencial a Boric y que en el segundo turno obtuvo más del 40% de los votos. No faltó o faltará quien asocie su nombre a una figura mitológica de la derecha española y mundial, José Antonio Primo de Rivera. Fundador de la famosa falange española en la década del 30. Con un ideario profundamente anticomunista pero, al mismo tiempo, con fuerte énfasis en los temas sociales y el resguardo de los más marginados y pobres. Un conservadorismo social que no temía disputarle el corazón y las mentes de los trabajadores a los comunistas ibéricos con terminal en la Moscú de Stalin.
Si bien es incomparable el escenario de guerra civil de la España de entonces con el Chile de hoy, sí hay que mirar ciertas semejanzas. Kast es un fiel exponente de ese conservadorismo social o popular, el mismo que fue un firme aliado de Perón y del peronismo en su llegada al poder en 1946. La victoria de Kast y su posicionamiento como serio candidato a presidente de Chile, nos ayuda a ver cómo muchos medios y académicos llevan adelante un llamativo pero no por eso menos esperable doble estándar.
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El partido Republicano de Kast es señalado como de ultraderecha, mientras que el Partido Comunista chileno (PC), admirador de la dictaduras cubanas y venezolanas y que se cuida de no criticar a la tiranía que abruma a Nicaragua, es vista meramente como izquierda.
Kast y su partido juega dentro de las reglas democráticas y le queda muy claro que no hay que refundar un nuevo chile derechista y autoritario. Habría que ver si el PC en plena euforia de violencia en el 2019 y durante la delirante constituyente, enterrada hace unos meses, por un rechazo del más 60% de los electores, tiene también en claro ese tema.
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El saber convencional en nuestra región y las almas bellas que idealizan a la izquierda latinoamericana desde la comodidad y el hiperdesarrollo de Europa y los EEUU, deberían empezar asumir que en toda democracia normal, la alternancia política implica que puedan ganar partidos o coaliciones que vayan desde la derecha más conservadora a la izquierda más ortodoxa. No siempre el juego político gira de la izquierda (en realidad ultraizquierda) a un centro o a una centro derecha lavada y acomplejada. La única condición es que ese amplio arco de un extremo al otro de los polos ideológicos, respeten las leyes, la división de poderes, la libertad de prensa, etc.
Por último, pero no menos importante, Kast y su partido no son una agrupación signada por gritos de furia contra una casta política, ni propone soluciones mágicas que combinan anarquismo, cualunquismo y liberalismo. No se proponen como refundadores del país, sólo como preservadores de ciertos valores como patria, familia y libertad religiosa y reformas que ellos consideran necesarias. Un caso interesante para compararlo con la Argentina de hoy y de los tormentosos meses que tenemos por delante.
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