
Desde que me mudé a mi actual departamento, hace poco más de dos años y medio, el ladrido de un perro a veces no me deja dormir.
Lo escucho en todo momento del día, cada vez más frecuente y desesperado. Es un intento de pedir auxilio de un animal que ha sido condenado a “vivir” solo por su propia familia. No entiendo cómo pueden convivir con ese sufrimiento y continuar con su vida como si nada pasara.
Me siento totalmente impotente ante este caso. Sé que el perro está en un último piso (techado, estoy casi segura), pero, tras varios intentos frustrados de encontrarlo, no logro identificar de dónde vienen sus ladridos y la angustia se me hace insoportable en ocasiones.
Condenar a un perro a vivir en un techo es una forma de acabar con su vida, sin matarlo. Es una de las peores traiciones de los seres humanos a un animal tan noble como sociable: los perros necesitan interactuar con su manada porque esa es su naturaleza. La soledad no es para ellos.

Lamentablemente, en el Perú es una realidad muy común que muchas familias incluso normalizan, personas como aquel vecino que tuve cuando vivía en San Juan de Miraflores. Un hombre de sonrisa franca y saludo educado que tenía una perrita de raza dóberman en el techo desde que era apenas una bebé. La pobre tuvo que enfrentar días, meses y años de sol intenso, noches frías de invierno o lluvias intensas, sin ningún tipo de cobijo que hiciera su vida menos miserable. La vi muchas veces pegar su carita triste a la ventana del dormitorio de la hija más pequeña de la casa, con la esperanza de lograr algo de ese contacto que siempre le fue negado.
Un día, advertí que Lady (así se llamaba) tenía algo extraño en el abdomen, para ese entonces ya había ayudado a algunos perritos sin hogar y recordé un caso similar de tumores mamarios. En ese momento la frase de mi mamá “no busques problemas con los vecinos” dejó de tener sentido.
Toqué la puerta de mi vecino casi sin pensarlo y le ofrecí llevar a la perrita al veterinario “me gustaría ayudar”, le dije convencida de que me cerraría la puerta en la cara. En lugar de eso, me advirtió que no podrían devolverme ese dinero y le respondí “entonces me voy a quedar con ella”, segura de que aceptaría inmediatamente (después de todo, ¿por qué desearía quedarse con un animal con el que jamás interactúa? -pensé-).
Estaba muy lejos de la verdad.

El vecino me pidió un momento para consultar con su familia y, aunque me extrañó, esperé media hora interminable sentada en la vereda mientras me hacía las mismas preguntas una y otra vez: ¿podré salvarla? ¿Tendré que aprender a vivir peleada con este señor? Y sobre todo, ¿de dónde voy a pagar el tratamiento de la perrita? De pronto el sonido inconfundible de una cadena de perro me hizo reaccionar, alcé la mirada y lo vi sostener a Lady para bajarla del techo, esa fue la señal de que había decidido entregármela.
Al abrirse la puerta vi a la perrita caminar con cierta dificultad hacia mí, había conseguido mi primer rescate en un caso de crueldad, ¡no podía creerlo! Pero lo que vino después, honestamente, no me lo esperaba: todos los integrantes de la familia empezaron a despedirse de ella, algunos la abrazaron y otros le acariciaron la cabeza deseándole suerte. Todos estaban llorando.
Cogí de un extremo la correa sucia que me entregaron y me alejé con ella sin mirar atrás, camino al veterinario. Lamentablemente, los tumores llevaban mucho tiempo en su cuerpo cansado y no había esperanzas, así que abracé a Lady y con palabras bonitas la acompañé hasta que se fue. “Al menos no murió sola en ese techo”, me dije.
Muchas cosas pasaron por mi cabeza luego de ese episodio. Descubrí que para muchas personas tratar de esa manera a sus perros era “normal”, porque esa es la educación que recibieron y, a su vez, así lo transmitieron a sus hijos. La experiencia me sirvió para cambiar la forma en la que abordaba los rescates en casos de crueldad. Pelearme o acusar a alguien de maltrato animal, definitivamente no era el mejor camino. En lugar de eso, ofrecer ayuda y compartir información sobre la correcta manera de tener una mascota se convirtió en la principal estrategia que me ayudó a recuperar a muchos perros y gatos de una situación de abuso. Funciona tan bien que, en mi experiencia, en el 95% de ocasiones las familias cambian de actitud porque no quieren separarse de sus animales.
Todos podemos ser rescatistas
El día que saqué a Lady de la casa de aquel vecino, no tenía experiencia en rescates ni era activista oficialmente, solo sabía que quería ayudarla o al menos intentarlo. Y eso es lo único que cuenta.
Siempre se puede hacer algo por un animal que no la pasa bien, no es sencillo, pero tampoco imposible. Podemos cambiar la vida de un perro o gato que sufre cosas inimaginables y ser parte de ese cambio que el mundo tanto necesita. Los albergues están llenos y las organizaciones de defensa de los derechos animales no solo son muy pocas, sino que además están hasta el tope de casos mucho más terribles. Dejen en nuestras manos el trabajo que realmente requiere experiencia, pero el perrito del vecino que llora todo el día o la gatita que vive encerrada en una jaula en el patio de la casa de al lado son situaciones que cualquier persona con voluntad y ganas de involucrarse puede resolver.
¿Se imaginan cuántos animales dejarían de ser maltratados si todos ayudáramos solo a uno?
Vuelvo a la historia del perro cuya vida se apaga mientras pide ayuda en algún techo de mi vecindario. Señores de la Municipalidad de San Borja, ¿para qué sirve su normativa en contra del maltrato animal si no fiscalizan a los vecinos que son crueles con sus mascotas? He vivido en cuatro distritos y este se lleva de lejos el premio por la mayor cantidad de perros confinados en techos. Es inconcebible tanta dejadez de un municipio que se ufana de ser ejemplo de desarrollo y buenas costumbres.
Mi esperanza de encontrar a este pobre animal está a punto de agotarse y las ideas se me acabaron. Escucho su ladrido, que ya es casi un llanto, mientras escribo esta columna.

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