
La inteligencia artificial (IA) se ha transformado en el tema central de las discusiones filosóficas por estos días y hay motivos de sobra para eso. Podemos leer y escuchar desde visiones optimistas a otras apocalípticas sobre a dónde nos pueden llevar las máquinas y sus algoritmos. Pero lo que seguro ha faltado, al menos en el ámbito público, es discusión política.
No veo a los gobernantes, y mucho menos a los latinoamericanos, discutiendo y pensando qué hacer con el valor que deje la IA. Porque no es cosa de un futuro remoto, es algo que ya está sucediendo.
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La IA nos desafía a realizar un nuevo pacto social que permita aprovechar el potencial que trae, pero tratando de no dejar a nadie atrás. La IA va a generar muchos ahorros y uno de los más importantes es el tiempo de trabajo: ¿pero quién los va a capturar?
No hablo aquí de las ganancias de las empresas que están desarrollando estas tecnologías, que obviamente recibirán y ya reciben dividendos por ello. Me refiero al capital que se generará por su uso.
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La discusión debería ser si esos ahorros en tiempo de trabajo los van a aprovechar solo algunos pocos, o si como sociedad estamos dispuestos a compartirlos para minimizar las pérdidas de quienes se verán más afectados. Siempre aceptando que los más beneficiados ganen, pero tal vez no tanto como en otras revoluciones apoyadas por la innovación.
Beneficios y riesgos de la inteligencia artificial
La IA es una de las fuerzas más transformadoras de nuestro tiempo. Sus avances nos ofrecen enormes oportunidades para mejorar nuestra calidad de vida, nuestra productividad y nuestra creatividad. Es cierto que también hay riesgos, tal como advierten miradas más apocalípticas como la que encabeza el filósofo Yuval Harari, que la semana pasada escribió un artículo junto a Tristan Harris y Aza Raskin en el New York Times en el que comparan el camino que emprende la humanidad con la IA con subirnos todos a un avión que tiene un 10% de posibilidades de caerse.
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Pero si decidimos obviar esas miradas apocalípticas y suponer que los humanos no dejaremos que las máquinas nos dominen, aún así también se plantean grandes desafíos para asegurar que los beneficios de la IA se distribuyan de manera justa en la sociedad.
Hasta ahora, hemos pensado la automatización del trabajo como algo que afectaba a algunas áreas y a otras no. Hoy, con los avances de la IA, es difícil decir qué área está 100% protegida de no ser sustituida en un futuro por una máquina. Desde la medicina hasta el arte, desde la ingeniería hasta el periodismo, desde la educación hasta el entretenimiento, todas las actividades humanas pueden ser mejoradas o reemplazadas por algoritmos inteligentes.
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Por eso mismo, hemos pensado hasta ahora en cómo focalizarnos en fortalecer las habilidades donde la máquina no nos puede desplazar. Es tiempo de empezar a pensar diferente y preguntarnos en cada una de las áreas, en qué cosas la IA puede ayudarnos a ganar tiempo. Tiempo para dedicarnos a lo que más nos apasiona, a lo que más nos hace crecer, a lo que más nos hace felices.
Como individuos y como sociedad, deberíamos aprovechar el tiempo que la IA nos de para acortar nuestras jornadas laborales: que la gran mayoría pueda seguir trabajando y generando ingresos, pero tal vez jornadas más cortas y más tiempo para el ocio, el descanso, la familia. Un estudio reciente de la Universidad de Cambridge mostró que una reducción de la jornada laboral a cuatro días semanales aumentaba la satisfacción y el bienestar de los trabajadores sin afectar su productividad.
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Pero siempre pensando en que todos puedan seguir trabajando. El ocio, sin trabajo, tampoco es sano. Y ahí es que surge otro tema que debería ser discutido: ¿la renta universal funcionaría en un escenario dominado por la IA?
Lo que está claro que no nos puede pasar es que unos pocos se queden con trabajo y con las utilidades de la IA y otros muchos sin nada que hacer: porque ahí, todos los problemas graves de las sociedades modernas sólo empeorarán. La desigualdad, la pobreza, la exclusión, la violencia, el deterioro ambiental son algunos de los riesgos que enfrentamos si no logramos un consenso global sobre cómo regular y gobernar la IA.
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Por eso, es necesario pensar en un nuevo pacto social mundial que nos permita disfrutar de los frutos de la IA sin renunciar a nuestra dignidad humana. Un pacto que garantice el derecho al trabajo, pero también el derecho al ocio. Un pacto que promueva la cooperación entre humanos y máquinas, pero también que nos haga más libres y más felices.
La gran duda es: ¿tenemos líderes mundiales pensando en esto?
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*El autor es un periodista y editor uruguayo radicado en Estados Unidos
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