
La misión del periodismo es contar los hechos; describirlos y explicarlos, de eso trata la crónica. O bien interpretarlos y darles sentido, de eso tratan los editoriales y las columnas de opinión. Sin embargo, hay ocasiones en que, además de reflejar una situación, una pieza periodística la recrea. Es decir, reconfigura la realidad al contarla y, en consecuencia, ella misma se convierte en un hecho político que tiene efectos futuros.
Algunos ejemplos ilustran el punto. El 1ro. de diciembre de 1978, el Ayatollah Khomeini fue entrevistado en su exilio de las afueras de París por Robert Macneil del programa “MacNeil-Lehrer Report” en PBS, la televisión pública. Allí el rostro de Khomeini fue presentado a las sociedades occidentales. Y allí también dio a conocer sus objetivos y estrategia, muchos de ellos en forma de profecía megalómana pero irremediable: el derrocamiento de la monarquía, la toma revolucionaria del poder y el reposicionamiento de Irán en el sistema internacional.
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La historia se aceleró a partir de aquel 1ro. de diciembre. Las instrucciones de Khomeini intensificaron la revuelta. El 29 de diciembre el Shah nombró un nuevo primer ministro; el 12 de enero de 1979 se formó el Consejo Revolucionario en Paris; el día 16 el Shah partió hacia Egipto. El 1ro. de febrero Khomeini regresó a Irán como líder supremo siendo recibido por millones en las calles. A partir de allí dirigió la construcción de un nuevo orden político, una teocracia fundamentalista.
Similar fue el caso de la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri en el medio español Cambio 16 en junio de 1982, pocos días antes de la capitulación en la guerra de las Malvinas. Allí un dictador arrogante, sin remordimiento e ignorante aparece desnudo. “La historia enseña que cuando las cosas van mal en una sociedad, en un país, aquellos que están en el poder hacen la guerra: así el pueblo se excita completamente y olvida los fracasos, los golpes, los crímenes de quienes gobiernan”, le dijo Fallaci.
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Inadvertidamente, en la admisión de su amateurismo Galtieri le dio la razón: “No creíamos que la Gran Bretaña se movilizaría por las Malvinas, no nos parecía un hecho probable”. “La suya es una dictadura, señor”, le dijo Fallaci a manera de conclusión. Una entrevista premonitoria: el día 14 ocurrió la capitulación; la caída de Galtieri y el inicio de la transición democrática ocurrieron inmediatamente después.
Hace pocas semanas leí una entrevista que me hizo recordar las anteriores, por su valor como hecho político y como testimonio que refuerza principios democráticos universales: la que Daniel Hadad le hizo al Papa en Infobae. Y en la cual adquiere protagonismo la situación de Nicaragua. Hadad le preguntó por la represión, por los deportados y por los ataques del gobierno de Ortega-Murillo contra la iglesia católica; temas sobre los cuales Bergoglio no había sido todo lo contundente que los nicaragüenses esperaban y necesitaban.
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Pero ahora el Papa habló; “finalmente”, dijeron varios: “No me queda otra que pensar en un desequilibrio de la persona que dirige [Daniel Ortega]. Ahí tenemos un obispo preso, un hombre muy serio, muy capaz. Quiso dar su testimonio y no aceptó el exilio. Es una cosa que está fuera de lo que estamos viviendo, es como si fuera traer la dictadura comunista de 1917 o la hitleriana del 35, traer aquí las mismas… Son un tipo de dictaduras groseras. O, para usar una distinción linda de Argentina, guarangas. Guarangas”.
Si la comparación con los totalitarismos comunista y nazi es tan poderosa como sería excomulgarlo—de hecho, el informe del Grupo de Expertos en Derechos Humanos de Naciones Unidas documenta la comisión de crímenes de lesa humanidad—pues el “diagnostico psiquiátrico” de Bergoglio declara a Ortega incapaz. Todo ello además de obsceno, sugiriendo, tal vez indicando, que el Vaticano ha decidido soltarle la mano a la dictadura. Ortega-Murillo han respondido con más aislamiento, pero la condena papal tiene otro peso, es dudoso que más de lo mismo les resulte ahora.
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La entrevista de Hadad ya se ha constituido en un hecho político. Ojalá sea también premonitoria, como las que cité al comienzo. Tal vez estemos presenciando los últimos días de Daniel Ortega, después de todo. Solo faltaría que el mensaje papal llegue a Dante Mossi y demás directivos del Banco Centroamericano de Integración Económica, cuyos recursos oxigenan a la dictadura en tanto son usados para sostener el aparato represivo, no para socorrer al golpeado pueblo nicaragüense.
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