
No debe existir la menor duda de que Putin es un psicópata, porque sólo así entenderemos que se solace bombardeando edificios de viviendas, escuelas, centros médicos y albergues. Cortando el agua, la electricidad y el ingreso de alimentos o medicinas a los pueblos. El placer debe ser mayor cuando sus tropas violan mujeres y niñas o asesinan indefensos civiles ucranianos para luego arrojarlos en fosas comunes. Y, sin duda, habrá llegado al paroxismo observando que sus aviones lanzan misiles sobre Kiev en momentos que el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, se encontraba en esa ciudad conferenciando con el presidente Zelensky.
Producir miedo y dolor es, sin duda, placentero para un tirano que llega al extásis al ver a miles de seres humanos caminar contritos al exilio por corredores humanitarios autorizados, que su ejército cada cierto tiempo bombardea para aterrorizarlos.
Paroxismo también provoca en Putin cortar el suministro de gas a millones de europeos en pleno invierno con temperaturas bajo cero e intimidar a la humanidad con lanzar misiles nucleares.
Esa fortaleza energética significa, paradójicamente, ingresos de 200 millones de euros diarios para Moscú en la venta de gas a Alemania, dinero que Putin utiliza para seguir destruyendo y matando .
Apoyándose en la célebre obra de Sigmund Freud, Introducción al Narcisismo, escrita en 1941, el psiquiatra español Javier La Cruz expresó que Putin coincide con los rasgos típicos de un psicópata, como son “el narcisismo, la omnipotencia del pensamiento y el sadismo. Carece de empatía, presenta un falso orgullo, desprecia al otro y busca el poder en todo momento”. Luego agrega: “es la máxima expresión del odio que lo conduce, irremediablemente, hacia la destrucción”.
Por su parte, Vicente Garrido, catedrático de Psicología Criminal, considerado uno de los mayores investigadores del mundo sobre asesinos seriales y dementes, manifestó no tener ninguna duda de que Putin: “Es un ejemplo perfecto del narcisismo, falta de empatía, capacidad de engaño, manipulación y voluntad criminal típica del psicópata integrado, al que “se descubre” cuando se convierte finalmente en un asesino de masas. Los sufrimientos ya tangibles para su pueblo no le incomodan en lo más mínimo. Él quiere sentir el poder que constituye su única razón de existir”.
No extraña, por ello, que el Premio Nobel de la Paz ruso, Dmitry Muratov advierta que Putin podría utilizar armas nucleares.
En ese contexto el 23 de febrero de este año, un día antes de la invasión y un mes antes de morir, Madeleine Albright, la admirable secretaria de Estado norteamericana, lo describió en el diario New York Times como “un sujeto pequeño y pálido, tan frío que es casi réptil”, agregando que “en lugar de allanar el camino de Rusia hacia la grandeza, invadir Ucrania aseguraría la ignominia de Putin al dejar a su país diplomáticamente aislado, económicamente limitado y estratégicamente vulnerable frente a una alianza occidental más fuerte y unida. Las sanciones masivas no sólo devastarán la economía de su país sino también a su estrecho círculo de cómplices corruptos quienes podrán desafiar su liderazgo. Lo que seguramente será una guerra sangrienta y catastrófica agotará los recursos rusos y costará vidas rusas, al tiempo que creará un incentivo urgente para que Europa reduzca su peligrosa dependencia de energía rusa”.
A 75 días de la invasión a Ucrania nos preguntamos por qué el Gobierno de Rusia mantiene su status de miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cuando han hecho añicos todos los principios del organismo mundial. O preguntamos, igualmente, por qué los países democráticos del hemisferio no adoptan una respuesta unitaria frente a estos sucesos. Retirar los agregados militares y convocar a sus embajadores acreditados ante el Kremlin sería una respuesta honorable; en el caso peruano, más ampliamente, no comprar armas rusas, pero también no mantener un deplorable silencio frente a la barbarie totalitaria, que solo secundan los gobiernos dictatoriales de Venezuela, Nicaragua y Cuba.
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