
La invasión a Ucrania ha recordado las sangrientas intervenciones militares rusas en Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Checoslovaquia, entre 1953 y 1968, episodios que fueron nutriente político del agente de la KGB y luego presidente Putin, quien asimiló la enseñanza estalinista que mediante la violencia, ejercida implacablemente, se podía lograr un objetivo sin importar las violaciones a los derechos humanos y el repudio internacional.
En Berlín, el 6 de junio de 1953, se inició una huelga de obreros de construcción en reclamo por recortes de sueldos pero también de libertades, que rápidamente se extendió a todo el país.
El Gobierno solicitó apoyo a la Unión Soviética, movilizando 16 divisiones con 20 mil soldados, 8 mil policías y un millar de tanques de guerra. Las revueltas fueron aplastadas sin piedad, con un costo de 383 asesinados, 2 milheridos y más de 5 mil presos.
Tres años después, en junio de 1956, en Polonia, en las fábricas de Poznan, los obreros se levantaron contra el Gobierno por mejoras salariales, capturando un depósito de armas de los agentes de seguridad, saquearon la sede del Partido Comunista y atacaron el local de la policía secreta.
Utilizando miles de efectivos militares, tanques y cañones de campaña, el Gobierno, con apoyo soviético, recuperó el control del país, ultimando a decenas y arrestando un número indeterminado de rebeldes.
Los reclamos contra la política económica impuesta desde Moscú y la falta de libertades también provocaron un levantamiento popular en Hungría, en 1956, movimiento iniciado el 23 de octubre de ese año cuando escritores y estudiantes ocuparon las afueras del Congreso, derribaron la estatua de Stalin y destruyeron banderas comunistas, para luego trasladarse a Radio Budapest, desde donde los militares abrieron fuego.
Así se derrumbó el régimen pro soviético de András Hegedüs, quien luego de autorizar el ingreso de tropas del Pacto de Varsovia, escapó a Moscú y fue reemplazado por el ex primer ministro Imer Nagy.
Contra lo que pensaba el Kremlin, Nagy disolvió la policía del Estado, ofreció elecciones libres y retirar a Hungría del Pacto de Varsovia.
Rusia respondió brutalmente a ese giro democrático, movilizando 31 mil soldados y 1130 tanques que liquidaron la revolución. Los rebeldes fueron cazados en las calles y miles tuvieron que exiliarse. Nagy se refugió en Yugoslavia, de ahí se trasladó a Rumania, donde estuvo preso tres años, en deplorables condiciones. En un juicio secreto, sin defensa, fue condenado a muerte. El 16 de junio de 1958 lo fusilaron y ocultaron el cadáver durante 32 años, hasta que fue trasladado al cementerio de Budapest.
Con estos antecedentes, en 1968 se produjo la histórica revolución de Praga, impulsada por el presidente Alexander Dubček, que impulsó reformas políticas y económicas que no fueron aceptadas por Moscú, pero sí por miles de ciudadanos que respaldaron los cambios, a la vez que expresaron su rechazo al totalitario sistema comunista.
La respuesta fue contundente: la noche del 20 al 21 de agosto de 1968, 170 mil soldados y 4 600 tanques del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia y liquidaron las revueltas. Dubček fue depuesto y trasladado a Moscú.
Los sucesos de Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Checoslovaquia formaron parte de los manuales de estudios de los agentes de la KGB, entre ellos del aplicado espía Vladimir Putin, quien hizo suya esa política represiva no solo para capturar y mantenerse en el poder –tiene 23 años en el cargo–, sino para extender sus dominios a otros territorios como ha hecho con Ucrania. Por ello, recordando los episodios que hemos narrado, no vaciló en ordenar el bombardeo de ciudades - incluyendo el hospital pediátrico de Mariupol - y la matanza de civiles, además de amenazar con disparar proyectiles nucleares a quienes interfieran con su proyecto totalitario.
Putin pretendía inscribir su apellido en la galería de políticos que hicieron historia y lo ha conseguido, pero no en la lista de personalidades ilustres, sino en la nómina de asesinos, al lado de Stalin, Beria, Hitler, Sadam, Idi Amin y otros criminales que enlutaron a la humanidad; en cambio, el presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski, ha traspasado el umbral reservado a los grandes dignatarios, ganando el afecto y la admiración de quienes amamos la vida y estamos comprometidos con la democracia.
Putin no ha podido dominar Ucrania a quince días de la invasión y ha logrado, en cambio, fortalecer a la OTAN y el liderazgo norteamericano. Ha provocado, además, el repudio mundial a sus actos genocidas: por ello, los fiscales de la Corte Penal Internacional han iniciado el proceso de investigación sobre los responsables de esta ominosa tragedia.
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