
Naamat tiene 12 años, vive en Jordania, pero nació en Siria. A sus 4 años, la guerra la obligó a escapar junto a su familia. Aun no puede olvidar el zumbido de las balas, la explosión de los edificios y la tortuosa caminata que tuvieron que hacer sobre la nieve, para llegar a un lugar seguro. Naamat ya pasó más tiempo fuera de su país que en él y, aunque quisiera, no puede volver. Esta es la realidad de miles de niños y niñas refugiados.
La historia de Naamat es una de las más de 80 millones de historias de personas refugiadas y desplazadas en el mundo que se ven obligadas a huir de sus hogares para salvar sus vidas. Se trata del número más alto registrado hasta el momento por ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Esta cifra representa el 1% de la humanidad y aumenta año a año, obligándonos a reflexionar sobre la importancia de visibilizar y apoyar esta causa.
De esos más de 80 millones de personas, el 42% son niños y niñas. En muchos casos, se trata de familias enteras, madres con hijos pequeños o embarazadas y niños solos que se desplazan durante días, en su mayoría a pie, con miedo, buscando un lugar donde refugiarse, recibir abrigo y alimento y, por fin, ponerse a salvo.
Tenemos que hablar del tema. Hacerlo propio y comprometernos. Los refugiados y desplazados son personas que no eligen trasladarse, sino que no tienen opción. Conflictos armados, persecución, violencia generalizada, crisis internas o la violación sistemática de los derechos humanos son algunos de los motivos por los que huyen.
El desplazamiento forzado ha dejado de ser un fenómeno temporal y transitorio para convertirse en la mayor crisis humanitaria de la historia después de la Segunda Guerra Mundial. Esta situación solo puede cambiar con el compromiso de todos.

El 20 de junio se conmemora el Día Mundial del Refugiado, declarado por las Naciones Unidas en 2001 para enaltecer la fuerza y el coraje de las personas que se han visto obligadas a abandonar su hogar, así como para generar conciencia en la sociedad sobre esta problemática.
En este contexto, Fundación ACNUR Argentina lleva adelante la iniciativa Ponchos Azules, rescatando al poncho como símbolo de orgullo nacional de un pueblo solidario que abraza y apoya la causa de las personas refugiadas. Ya somos más de 200 mil los Ponchos Azules en el país, que actuamos frente a esta realidad inadmisible, transformando el dolor en oportunidad y los sueños en futuro.
Naamat quiere ser pilota de avión y volar por los cielos como los pájaros. Entre todos podemos hacer que su sueño vuele bien alto, como el de todos los niños y niñas refugiados.
* La autora de este artículo es Directora de Comunicaciones de Fundación ACNUR Argentina. Para colaborar y sumarse a los Poncho Azules, ingresar en www.ponchosazules.org
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