
En 1992 George H. W. Bush fue derrotado por el Demócrata Bill Clinton, frustrando su reelección. Clinton obtuvo el 43% de los votos, con 370 votos en el Colegio Electoral, mientras Bush obtuvo el 37.4% y 168 electores. La amplia diferencia en el Colegio Electoral, siendo exigua en el voto agregado, se explica por victorias Demócratas en varios estados de comportamiento electoral volátil, los “swing states”, y algunos del “Sur Profundo”.
Sin embargo, ello a su vez fue resultado de un hecho exógeno a los partidos tradicionales. En aquella elección el tercer candidato, históricamente trivial a la hora de contar los votos, obtuvo un 18.9% sin precedentes. Se trató de Ross Perot, un empresario postulado como independiente. Tejano y programáticamente afín al Partido Republicano, no obstante dividió el voto de centro-derecha. De hecho, el conservador Perot hizo a Clinton presidente, su 19% salió de Bush. Así se lo recuerda.
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En 2000 sucedió otro tanto, solo que en sentido inverso. George W. Bush perdió el voto popular con Al Gore pero se impuso en el Colegio Electoral por 271 a 266. Un virtual empate que se decidió básicamente por Florida y New Hampshire. Ralph Nader, tercer candidato, del Partido Verde, obtuvo cerca de 100 mil votos en el primero, más que la diferencia entre Bush y Gore, y 4% del total en el segundo. En cualquiera de los dos estados, esa diferencia habría alcanzado para entregar la victoria a los Demócratas. El progresista-ecologista Nader hizo a Bush presidente, ese es su legado.
Acompáñeme el lector a Argentina 2019 ahora. La fórmula Fernández-Cristina Kirchner venció a Macri-Pichetto 48.24 a 40.28%. Al mismo tiempo, tres candidaturas de centro-derecha, acérrimos opositores del kirchnerismo entre 2003 y 2015, también compitieron por la presidencia. Lavagna obtuvo 6.14%, Gómez Centurión 1.71% y Espert 1.47%. La aritmética es concluyente: un total de 9.32% que, de haber ido a Macri, le habría entregado la segunda vuelta y probablemente la reelección. Y no es la primera vez que Lavagna le da el triunfo a los Kirchner mientras los critica.
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Todo esto como contexto para ilustrar la realidad de Bolivia. Crisis política y pandemia mediante, finalmente habrá elecciones el próximo 18 de octubre. El candidato del MAS Luis Arce, delfín de Evo Morales, lidera en las encuestas con 29.2%, seguido por Carlos Mesa con 19%. Los otros candidatos están por debajo del 10%, todos ellos habiendo tenido protagonismo en la revuelta contra el fraude electoral de octubre pasado y en la conformación del posterior gobierno de transición. El problema es que son seis más, y algunos miden por debajo del margen de error.
O sea una fragmentación que bien podría entregarle la victoria al MAS; no sería la mejor noticia para el país. De ahí que “en apoyo a la unidad”, justamente, la Presidente interina Jeanine Áñez retirara su candidatura; la cual ni siquiera debió comenzar pues su legitimidad se basa en administrar la frágil transición y entregar el poder a un presidente electo. Una saludable decisión que debería ser imitada por los demás. Es oportuno subrayar que sin el fraude de Morales, Mesa sería hoy presidente. Allí también reside una cierta legitimidad de origen.
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El razonamiento de los candidatos que continúan es que se trata de una suerte de primaria abierta y todos se unirían a quien llegue a la segunda vuelta, con Arce como rival obviamente. El problema es que eso bien puede ser una expresión de deseos, además de un salto al vacío.
Ocurre que competir unos contra otros es un camino propicio para cultivar la animosidad entre los candidatos. De la primera a la segunda vuelta no hay tiempo para suturar heridas y menos tiempo aún para organizar una campaña conjunta con un mínimo de cohesión. El MAS, por el contrario, es un partido organizado, no una coalición electoral. Y además tiene 14 años de experiencia ininterrumpida en estas lides. Los políticos bolivianos deben darse cuenta que esta no es una elección más; el juego de palabras es intencional.
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Y no es que el MAS no tenga un lugar necesario. Se espera que sea una izquierda democrática que contribuya a la estabilidad institucional, un papel que hoy no está en condiciones de cumplir. Si volviera al poder ahora, todavía bajo la sombra de Morales, su proyecto de perpetuación regresaría de la mano de funcionarios controlados por el castro-chavismo y el Grupo de Puebla. En definitiva, el MAS necesita una renovación de dirigentes. Una victoria en octubre sería una mera restauración autoritaria.
Lo cual indica que, del otro lado, un gobierno surgido de las próximas elecciones será de transición, tal cual el de Añez, pues sus tareas centrales serán la reparación de las instituciones y la civilidad política. La dirigencia no masista no parece estar a la altura de ello. Lo sensato y necesario es generar tendencias centrípetas para facilitar la cooperación y los construcción de consensos. La fragmentación actual por cierto que no contribuye a ello.
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La historia está plagada de lo que Albert Hirschman llamó “consecuencias no buscadas”. En ocasiones ello ocurre por simples accidentes, pero en otras es por la cruda miopía de los dirigentes. La elite política boliviana, hoy confundida, solo tiene que aprender de Perot, Nader y Lavagna para evitar “accidentes” similares.
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