Ha muerto un hombre extraordinario

El historiador Eusebio Leal Spengler falleció este viernes a los 77 años

El historiador de La Habana Eusebio Leal
El historiador de La Habana Eusebio Leal

Ha muerto un hombre extraordinario. Dueño de una erudición avasallante y de una voluntad férrea. Un sabio consejo sugiere nunca escribir –ni mucho menos, publicar- bajo fuertes emociones. La muerte de Eusebio Leal Spengler legitima una excepción a esta regla.

Leal hizo muchas cosas en su vida. Pero si sólo nos enfocamos en la restauración de la Habana Vieja, ya podremos tener una idea del tamaño de su obra. La rehabilitación integral de la Ciudad Vieja ha sido reconocida a nivel internacional por su importancia estratégica, vinculando procesos como el rescate patrimonial y la solución habitacional a la inclusión social, a través de la participación activa de la comunidad.

Bajo su férreo e innovador liderazgo se desarrolló un proyecto integral, sostenible y autofinanciado. Para ello, tuvo que luchar contra propios y extraños, atravesando laberintos adornados con toda clase de adjetivos. Como a otros genuinos líderes latinoamericanos en su lugar, le hubiera sido más fácil instalarse en otras latitudes. Pero Leal no sólo era un intelectual de fuste. Era un factótum, fiel a su país.

Leal también brilló –lamentablemente- por su excepcionalidad. Uno siempre recita las causas convencionales del subdesarrollo latinoamericano: inequidad distributiva, primarización de la economía, precarización laboral, clasismo, racismo, corrupción sistémica y patriarcado. Pero siempre reservo un sitio para mi vieja obsesión: las oquedades de las clases dirigentes latinoamericanas.

Si bien la catequesis de la representación –que es desoladoramente cierta- nos asegura que los dirigentes son meros epítomes de la sociedad que representan, no puedo dejar de notar que algunos de sus miembros (sean políticos, empresarios, sindicalistas o líderes sociales) muestran una orfandad intelectual inusual en otras regiones. Algunos intelectuales latinoamericanos, por su parte, suelen tomar distancia de la labor activa en la política, prefiriendo practicar la denuncia inveterada en la cómoda coherencia de las bibliotecas, a la inestable heterodoxia de la plaza pública.

Eusebio Leal, en cambio, era un magnifico ejemplar anfibio. Tan sólido académicamente y libre de ortodoxias, como obsesionado con mejorar la vida de los ciudadanos. Dueño de una oratoria exquisita y para enviar un mensaje en un congreso político, cita las Memorias de Adriano de la Yourcenar. Fascinado con el barroco tardío, rescata los viejos oficios de yesería para así restaurar edificios. Pero, en el mismo gesto, recupera tradiciones y da un rol a jóvenes desempleados. “Honrar el pasado para construir el futuro”, me dijo una tarde de calor redundante, mientras buscaba un pañuelo en su impecable guayabera blanca, para limpiar sus lentes por tercera vez en una cuadra, mientras los niños se asomaban por los balcones coloniales, gritando su nombre.

Caminando junto a él por la Habana Vieja, uno podía disfrutar de una personalidad tan poseída por el síndrome de Stendhal como por una sed inagotable de justicia social. Esa perplejidad ante la belleza y esta rebelión ante lo pendiente lo hicieron único. Podía citar a Rilke mientras ordenaba reparar adoquines.

Eusebio solía decir que Martí es la clave de nuestra historia, porque tenía inteligencia, valor y patriotismo. Como Martí, Leal fue cubano, pero fue universal. ¿Crecerá su verso bajo la hierba? ¿Alguien tomará su lugar en la herramienta y en la reflexión, la lanza de hoy y la soberana pluma?

Lejos de la prudencia de los manuales, Alfredo Guevara afirmó una vez que la tarea del intelectual era “inundar el mundo de belleza”. Eusebio Leal Spengler, con ilustrada perseverancia, cumplió ese dictum con obstinada creatividad. Su ausencia nos deja un vacío. Y una tarea.

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