
Ocurrió en Springfield, estado de Missouri, en el salón “Great Clips”. Dos peluqueras/os (se desconoce su género) atendieron a 139 clientes e interactuaron con seis colegas durante ocho días cuando fueron informadas, luego de realizarse las pruebas, que habían contraído coronavirus.
El Departamento de Salud de la ciudad contactó de inmediato a clientes y empleados del establecimiento para ofrecerles una prueba diagnóstica y monitorear su estado. En total 67 personas la tomaron, arrojando resultados negativos en todos los casos.
Además, todas las personas con exposición a las personas infectadas fueron contactadas y puestas en cuarentena durante dos semanas. No habiendo mostrado síntomas, el Departamento de Salud concluyó que ningún cliente ni empleado del establecimiento había contraído COVID-19.
Al reabrir el salón, la empresa, un sistema de franquicias con 4 mil locales en todo el país, había implementado diversas medidas de seguridad en todos sus locales: menos citas diarias y espaciadas una de otra, distancia entre las sillas, distanciamiento de seis pies entre todas las personas y la obligatoriedad de usar mascarilla para el personal y los clientes.
Se usaron mascarillas de características médicas tanto como las más simples de algodón. Pues es evidente que dieron resultado. El episodio es una moraleja de salud pública, según reconoce la propia agencia Centro de Control de Enfermedades, CDC por sus siglas in inglés. El caso es un verdadero experimento empírico, no buscado, con una robusto efecto de demostración acerca de la efectividad del barbijo y los seis pies de distancia.
También constituye una enseñanza general de política social y razonabilidad en medio de la confusión, en tanto además arroja luz sobre los zigzags, contradicciones, avances y retrocesos en la estrategia usada para enfrentar la pandemia. Así como los recursos mal utilizados y los esfuerzos malgastados.
Al comienzo de la pandemia el propio zar de enfermedades infecciosas, Anthony Fauci, desestimó la utilidad de la mascarilla, recomendando al público no comprarlas por el riesgo de agotarlas y privar a los trabajadores de la salud de las mismas. Similar recomendación formuló el “Surgeon General” (ministro de salud). La Organización Mundial de la Salud, por su parte, afirmó en marzo que las mascarillas debías ser usadas únicamente por personas con síntomas y aquellos a cargo de su cuidado.
Sabemos hoy que no ha habido desabastecimiento de barbijos y que su uso es efectivo. El barbijo de grado médico, N95, es de uso obligatorio para la mayoría de los trabajadores de la construcción por su exposición habitual a partículas nocivas. Se compra en cualquier ferretería.
Es cierto que esta crisis global ha sido enfrentada por la vía del ensayo-error, pero también por medio de férreas certezas equivocadas y la pura especulación. Se ha perdido mucho tiempo, y muchas vidas, desechando medidas sensatas, como las adoptadas por la peluquería “Great Clips”, y favoreciendo un abordaje coercitivo de la cuarentena. O bien lo contrario, la negación de la pandemia.
Con todo ello los gobiernos han perdido credibilidad, los ciudadanos han perdido autonomía y sentido de responsabilidad individual, y los recursos materiales y comunicacionales se han malgastado. El resultado de directivas contradictorias ha hecho que muchas sociedades, confundidas en el desconcierto de sus autoridades, terminen rehusando seguir todo tipo de directiva.
La sociedad desconfía de los gobiernos porque los gobiernos desconfían de su ciudadanía, el confinamiento a la fuerza es exactamente eso. Además ha producido hartazgo en varios países, cuya consecuencia es una suerte de finalización de la cuarentena auto-decretada por la misma gente. Una sociedad angustiada bien puede volverse anómica.
Se ha perdido de vista que ninguna política social tiene éxito implementada por medio de la fuerza del Estado. Se requiere el involucramiento comunitario y la activa participación de la sociedad. En democracia, la ciudadanía espera ser tratada como un adulto, un socio del proyecto común. Sin ello no hay reciprocidad, imprescindible para gobernar.
Si el gobierno es más policía que enfermero, es improbable que sus recomendaciones de salud pública puedan persuadir. No debería sorprender tanto, en este contexto, las aglomeraciones y el poco uso de la mascarilla. Ello explica el rebote de la curva de contagio que ha ocurrido en las latitudes más diversas este mes de julio.
La cuarentena obligatoria es un lujo inaccesible para el trabajador manual, el jornalero, el informal y el inmigrante. Se miden los contagios y los decesos, pero no se mide el daño colateral: desempleo, pobreza, hambre y—en la opresión del encierro—creciente violencia doméstica.
Ello también es parte de este abordaje coercitivo. Tal vez estaríamos mejor con un gobierno de peluqueros. Parecen ser bastante más sensatos.
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