China, el otro comunismo

Conferencista y escritor
El presidente Xi Jinping (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)
El presidente Xi Jinping (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

No parece tener sentido una discusión sobre los avances de la República Popular China en el ámbito económico, como absurdo sería debatir sobre la desigualdad social existente y la férrea autoridad que el gobierno posee sobre la población, consecuencia natural del control absoluto que el Partido Comunista ejerce sobre el país, aunque se aprecia que algunos admiradores de ese sistema, tal y como ocurrió con la extinta Unión Soviética, se esfuerzan por evadir esa realidad.

No comprendo qué motiva a ciudadanos libres viajar a China para hacer turismo. Los que conocemos ese sistema sabemos a plenitud que el individuo por correcto que sea, incluidos los visitantes, “están prestado en la calle” y que las autoridades, no la justicia, siempre tienen la razón. Si no, que averigüen qué les ha sucedido a varios cubanos que han visitado su país y a más de un inversionista extranjero en la Isla.

Por supuesto a los que menos entiendo son los cubanos contrarios al castrismo que viajan el gigante asiático. Una férrea dictadura aliada del régimen de La Habana, un mundo paralelo al de la isla caribeña donde no hay libertad de expresión ni de pensamiento y tampoco existe el Estado de derecho. Tanto en Cuba como en China y Corea del Norte, el Partido es el árbitro supremo en la resolución de conflictos.

El comunismo chino será otro comunismo, como lo trazara el periodista y escritor Kewes S. Karol, pero la esencia, la naturaleza de ese régimen corresponde a la del escorpión, que como conocemos, está dispuesto a morir por tal destruir la vida de los otros. Pekín auspicia una política imperialista y sus operadores políticos hacen todo lo posible por forjar alianzas que promuevan una agenda que no está precisamente asociada a la defensa de los derechos ciudadanos y el respeto a la condición humana.

El expansionismo chino es multilateral y un aspecto a destacar es que condiciona el establecimiento de relaciones diplomáticas con un país a que este no tenga vínculos con la República China, léase Taiwán, imponiendo así desde el principio su voluntad imperial. Recientemente el embajador de Pekín en Costa Rica manifestó su descontento porque el diputado del pueblo Dragos Dolanescu criticó al gobierno chino.

Por otra parte, varios de los vecinos de la China continental han expresado preocupación por la construcción de parte de Pekín de islas artificiales que podrían ser usadas militarmente, a la vez que amplía sus derechos sobre el mar, afectando tanto la pesca, como la navegación comercial.

El PCCH no solo gusta de los mares. También le apetecen las regiones fronterizas, como la disputa que sostiene con la India donde recientemente hubo un enfrentamiento militar con un saldo trágico. No obstante, sus conflictos más puntuales son con la República China, que quiere mantener su identidad y forma de vida, y Hong Kong, donde la mayoría ciudadana está a favor de la autodeterminación.

China, con marxismo o sin él, es una nación muy importante tal y como señaló Napoleón Bonaparte hace más de 200 años: “China es un gigante dormido. Déjenla dormir, porque cuando despierte, sacudirá el mundo”. Una sacudida que en mi modesta opinión sería beneficiosa para todos si no fuera que el marxismo es la doctrina que alienta sus actuaciones, que aun sin la ortodoxia económica, su objetivo es subvertir los valores y normas sobre los que se asientan nuestras vidas.

Hace unos días un destacado académico latinoamericano comentó que el Partido Comunista Chino es el mismo que ordenó los ataques a la Plaza de Tiananmen y el que agrede a los ciudadanos que en Hong Kong luchan por conservar sus derechos. Agrego que es el mismo de la Revolución Cultura y quien respalda la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, y el padrino principal de las dinastías abusivas de Norcorea, Nicaragua y Cuba.

El liderazgo chino tiene una visión muy particular de sus funciones y recurre a diversos medios para imponer su voluntad, una conducta que se repite en la historia, pero en estas circunstancias existe el agravante de que está inspirado por el marxismo, y esa ideología siempre ha querido dominar el mundo. Nunca se conformaría con ser la primera potencia mundial.

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