
Nunca imaginé que me podría en la piel de “hackatonista” como me voy a permitir llamar a los que participan de un hackatón, pero lo hice. La idea era cubrir el evento “América Latina Vs Covid-19” organizado por el MIT, como hice tantas veces en eventos de este tipo. Pero esta vez no me bastó: quise vivir en primera persona esa adrenalina que tantas veces vi en los que se reúnen 48 horas a trabajar con gente que no conocen para desarrollar soluciones de forma colaborativa.
Como periodista, cuando se cubre un hackatón usualmente se escribe sobre la ceremonia de apertura y la de cierre. Ese trabajo maratónico de desarrollo, trabajo y mentoreo suele quedar fuera de la vista de los cronistas. Salvo que el cronista se meta en el proceso y forme parte del hackatón. Y eso fue lo que pasó esta vez. Después de esta experiencia no puedo hacer más que recomendar a todo el mundo que alguna vez prueben algo así.
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Fue un rush de adrenalina, aprendizaje y desafío empaquetado en dos días. Una aventura virtual que abrió puertas a nuevos conocimientos y sobre todo, me reavivó las ganas de pensar fuera de la caja. Hay gente con ganas de hacer. Hay gente que no se conforma. Hay gente que quiere juntarse y ser parte de un equipo. Quizás no sea novedad pero a veces el recordatorio no viene mal.

Creo que un hackatón puede servir para sacudirse la falta de esperanza o el conformismo porque no ocurre todo los días que uno se encuentre con cientos de personas dispuestas a dedicar dos días enteros a simplemente pensar de forma creativa y en equipo. ¿En serio hay tanta gente dispuesta a dedicar todo su fin de semana a idear soluciones que ayuden a transitar esta “coronacrisis” y la posterior nueva normalidad?
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Quizás sea la pandemia que potencian las ganas de sentirse parte de un grupo, de trabajar en comunidad, de buscar soluciones. Y eso fue lo que ocurrió este fin de semana: personas de todo el mundo se reunieron para idear proyectos innovadores con el fin de resolver problemáticas vinculadas a educación, salud, economía y el acceso a información fiable.
Todo empezó hace unas semanas cuando me inscribí para ser parte del hackatón. Hubo que completar un formulario de presentación y elegir las temáticas que más nos interesaban. Unos días después llegó el mail de confirmación avisando que había quedado seleccionada para este encuentro que dio inicio el viernes con una ceremonia de apertura, seguida por un momento en el que todos los que queríamos teníamos oportunidad de presentar una idea. Luego hubo que juntarse con quien presentó un proyecto con el cual nos sentíamos más identificados.
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La verdadera aventura fue el sábado y las 16 horas de trabajo: de 7 AM a 11 de la noche. Nadie nos obligó a estar tantas horas conectados: queríamos hacerlo porque creíamos en nuestra idea. En el equipo nos reunimos con un estudiante de big data en Hong Kong, una especialista en innovación en medicina de España, un estudiante de medicina de Brasil, una diseñadora de México y un experto en política pública de Bolivia.
La aventura siguió el domingo por la mañana de 7 AM a 6 PM, entre ajustes, presentación y el anuncio de los ganadores. Arrancamos con una idea muy ambiciosa que, después de unas consultas con mentores se redefinió. En el medio perdimos algunos integrantes. Nos reímos, nos cansamos, nos dimos apoyo mutuo.
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Borramos todo, volvimos empezar y terminamos de gestar la iniciativa hasta que nos volvimos a enamorar de ella. El concepto que se terminó de esbozar el viernes a la 1 de la mañana tomó, el domingo a la tarde, la forma de un proyecto bien definido que presentamos con mucho orgullo ante el jurado.
Nuestro proyecto consiste en una red de salud digital e integrada que le permita a los gobiernos acceder a un tablero que integre un mapa de recursos disponibles en los hospitales y clínicas, y otro epidemiológico, con el objetivo de generar políticas que publicas que contribuyan a una distribución de recursos más equitativa y optimizada con el fin de atender emergencias de forma mas efectiva así como para anticiparse a posibles brotes o epidemias.
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No quedamos seleccionados, pero el proyecto quizás (no se sabe) no muera. Es posible que algunos de los integrantes lo siga adelante. Más allá de eso doy la jornada por ganada: me llevo una experiencia de aprendizaje única. Tengo “resaca” de felicidad, si me permiten llamar así a esta sensación hermosa de alegría que se me cuela en medio de un cansancio supremo. El hackatón valió la pena. Volveré por más.
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