Por qué la izquierda internacional odia a Donald Trump

Donald Trump
Donald Trump

La izquierda internacional, al igual que el populismo se caracteriza por forzar violentamente la imposición de ideas y recetas fracasadas del pasado en la creencia que así resolverán los problemas nuevos. Funcionan como una secta, casi como una religión y no han cambiado con el transcurso de los años. Igual que los revolucionarios del mayo francés, nada aprendieron y nada olvidaron.

Le tocó a Donald Trump desafiar esa “religión izquierdista” cuya característica sectaria se manifiesta con fervor en los destrozos que vemos en las ciudades estadounidenses. Sin embargo, Trump continúa con su trabajo de ser el exorcista de lo políticamente correcto representando la némesis del marxismo cultural como lo ha venido haciendo desde el primer día de su gestión.

Esa izquierda, anclada en el pasado, confronta toda manifestación de patriotismo, progreso, desarrollo y modernidad en la creencia de que estos tópicos son ideas perversas en sí mismas, y ahora, con su peligrosa alianza con el yihadismo radical militante, agrega la falsa asociación del sionismo al que define como nuevo nazismo.

Sin embargo, contra a los postulados de sus detractores, Trump ha declarado en varias oportunidades como presidente que coloca a Estados Unidos en primer lugar y resistió la intimidación de la campaña que pretende desacreditar su lema de: “Estados Unidos Primero”. Esta resistencia de Trump ha sido suficiente para que los grupos sectarios de la escuela de Frankurt lo rotule como neo-fascista o racista. En consecuencia y ante las acciones manifiestas por subvertir los pilares de la esencia democrática histórica de Estados Unidos de América, cabe preguntarse si realmente Donald Trump es un racista o un fascista hereje a quien la Iglesia no acepta como pregonan sus detractores. La respuesta claramente es que no lo es. Ninguna de las iglesias cristianas lo acusa de tal cosa.

Es cierto que para algunos, aunque pocos lo reconozcan públicamente, la autoconfianza del presidente resulta molesta, también les incomoda su estilo extrovertido al utilizar Twitter, pero todos saben que es el presidente más pro-cristiano de los últimos veinticinco años. Aun así, Donald Trump es visto como un hereje por la secta izquierdista y las élites políticas y mediáticas seculares citadinas. Para esos sectores Trump debe ser tratado como un hereje en tiempos de la Inquisición española, es decir, quemado en la hoguera y derrocado por cualquier medio hasta ser destituido junto a su administración.

Aunque hoy en día la mayoría de las personas en los Estados Unidos todavía se identifican como cristianos, la religión mayoritaria de aquellos que han dominado la política así como un gran número de dueños de los medios de comunicación no es el cristianismo, sino el izquierdismo derivado del marxismo cultural emergente de la escuela de Frankurt, donde los Marcuse, los Fromm y los Foucault han dejado lo peor de sus ideas por los últimos cuarenta años, las mismas ideas que el Foro de Sao Paolo ha impulsado el último decenio para infortunio de las naciones latinoamericanas.

No obstante, lo que el vacío que esa izquierda anticuada no puede ocultar, es que se ha convertido en una religión sin un ser superior al que pueda definir o reconocer como un Dios, George Soros no alcanza a dar esa categoría más allá de poner a disposición gran parte de su fortuna para financiar a los antifas, a los pro-abortos o a la agresiva Greta Thunberg y su accionar sobreactuado en materia del cambio climático. Al mismo tiempo, Hollywood, Lady Gaga, Modern Family, la CNN y el Día de la Tierra, entre otros operadores anti-Trump, se esfuerzan a diario para dañar la imagen del presidente desde sus posiciones, pero todo lo que lograron ha sido arrastrar personas y países a la pobreza y la postergación. Sin embargo, siguen siendo una secta sin Un Dios en la medida en que el culto a la personalidad es exaltado al estado de deidad y cada uno de sus caprichos se canoniza como equivalente a escritura divina. Así, jamás podrán ocultar sus posiciones vacías, rígidamente dogmáticas y sobre todo, divorciadas de la racionalidad como las peores y más destructivas expresiones religiosas en la historia de la humanidad.

Las protestas de los últimos días, dejan en claro que a los partidarios de la secta religiosa izquierdista no les importa que la pandemia disparada por el COVID-19 haya confirmado por qué no es prudente depender de China o reconocer la importancia de fabricar todo lo que necesite Estados Unidos dentro de su país. Sus creencias y consignas no son racionales. La fe religiosa puede ser racional para algunas personas, pero no lo es con los izquierdistas porque quienes adhieren a ellos no lo son. Estas personas se agotan en un conjunto de sentimientos, emociones y manifestaciones ilusorias que son extremadamente peligrosas cuando chocan con la realidad, como quedó demostrado con la experiencia de la Unión Soviética y sus satelites en su época.

Sin embargo, la soberbia de la política sectaria confronta todo tipo de evidencia fáctica, aún las que han probado catástrofes para la humanidad, de allí que consideran a Donald Trump un hereje, y como tal, decretaron su persecución y destrucción de cara a las elecciones de noviembre próximo. En esto, los izquierdistas están dispuestos a ir hasta el final, ellos saben que la pelea es a muerte y que si no logran destruirlo, Trump demolerá su falsa religión.

Sin embargo, lo que muestra su hipocresía y lo fraudulento de la secta es que jamás han protestado por los miles de George Floyd torturados, desaparecidos y asesinados por las fuerzas policiales comunistas de Venezuela, Cuba, Nicaragua, China y Rusia. Y que no hayan dicho nada hasta hoy sobre Xi Jinping por el medio millón de muertos ocasionado por el virus chino en el mundo, da por tierra con cualquiera de sus postulados.

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