
Nuestra forma de consumir información cambió drásticamente en los últimos años. De hecho, si estás leyendo estas líneas perteneces a una minoría que aún lee artículos más allá del titular y la foto. Esta victoria de lo visual es un proceso paulatino que avanza desde hace décadas pero las plataformas sociales dieron el último empujón de forma que la comunicación masiva es casi exclusivamente una sucesión de imágenes.
¿Pero por qué tenemos ese fetiche con lo visual? Porque la imagen cuenta con el poder de transmitir instantáneamente significados más profundos que las palabras. Nuestro cerebro está preparado para decodificar cada postura, cada gesto, cada movimiento y nuestra cultura nos educó para darles un significado. Es así que nos basta un segundo para percibir la alegría, el dolor, la empatía o la rabia de un sujeto en una foto aunque desconozcamos al personaje retratado o su contexto.
Ese es el poder que tiene la imagen en política. El poder de transmitir emociones y conceptos complejos en un instante. Hasta hace no mucho tiempo, esas imágenes eran esporádicas y captadas casi de forma espontánea por algún reportero. Sin embargo, a principios de los sesenta John F. Kennedy empezaba a entender que con fotografías intencionadas podría mostrar sus fortalezas y una imagen única al conjunto de los americanos. Tanto es así que J.F. Kennedy no solo fue el primer presidente estadounidense en establecer el puesto de fotógrafo oficial de la Casa Blanca (cargo que inauguró Cecil Stoughton) sino que se rodeó de otros dos (Jacques Lowe y Mark Shaw) para captar sus momentos familiares más íntimos. Los trabajos de estos profesionales fueron tan valorados que casi 60 años después de su muerte tenemos vívidos los principales atributos y facetas del ex Presidente, aunque no escuchemos ni analicemos una sola de sus políticas.
Fue Barack Obama -quien nos cautivó en el 2008 a través de las imágenes retratadas por Pete Souza- el político contemporáneo que mejor entendió la dimensión e importancia de la fotografía y quien supo combinar frescura, realismo y emoción. Es innegable que, como Kennedy en los sesenta, Obama fue un hito en la comunicación política moderna y generó un salto cualitativo y exponencial en lo que refiere a la masificación de mensajes emotivos.
Sin embargo Obama, su propaganda global y la mala imitación por parte de otros políticos, ayudó a educar la percepción de la opinión pública en las “maniobras” de persuasión que los dirigentes practican a través de la imagen. Eso, sumado a la desconfianza creciente en cualquier tipo de autoridad, hace que cada instantánea sea un reto para los equipos de comunicación.
En España, el reto es aún mayor. Un país que admira la comunicación política norteamericana pero que le cuesta horrores adaptarla a los usos y costumbres ibéricas. En los últimos años, muchas fueron las imágenes que quedaron en el recuerdo por impostadas o fuera de la realidad española -José María Aznar acompañado de George Bush con los pies sobre la mesa, Mariano Rajoy y sus caminatas, Pedro Sánchez en el avión presidencial- pero el último “fiasco” fue la imagen del líder de la oposición, Pablo Casado, mostrándose consternado por las víctimas del coronavirus en un baño.
La imagen despertó innumerables comentarios. Muchos a favor, arengando al presidente del Partido Popular y acompañándolo en "su dolor”. Muchos otros criticando su pose fingida, el escenario escogido o incluso el poco compromiso con el cuidado medio ambiente al dejar el grifo abierto mientras medita en el lavabo.
Los memes, eso que Obama casi no conoció o supo capitalizar con humor, no se hicieron esperar. Reflejos de todo tipo aparecían en el espejo de Casado ridiculizando al líder de la oposición. Y es que una imagen transmite una emoción, aunque no siempre es la emoción que desea el retratado.
La consternación de Casado, que quizá fuera un ejercicio para ponerse a tono antes de su intervención en el Congreso, no era una imagen para inmortalizar en sus redes. Quizá no lo era por el acting: un gesto facial poco natural, unos puños cerrados sobre el mármol y unos brazos lejos de su eje. Quizá no lo fuera por el escenario ya que el baño, si bien es intimista -y así lo retrata el cine- no funciona para expresar este tipo de dolor por el prójimo sino en el caso de una pérdida personal desgarradora casi melodramática. Quizá porque tampoco era momento de mostrar políticos compungidos en un aseo en compañía de un fotógrafo sino dirigentes solucionando problemas de la gente.
Como si fuera poco, la instantánea refuerza la impostura del sujeto con un mensaje explicativo que acompaña la fotografía al estilo “estoy dolorido” (por si no se dieron cuenta) como si se tratase de un mal actor que verbaliza su sentimiento ante la imposibilidad de generar la emoción que por sí sola debería haber transmitido la imagen. Como se suele decir, en política no hay nada peor que lo que se debe explicar así como no hay nada peor que la desafección que genera la sensación de impostura.
Como escuché decir alguna vez, “nunca te tomes una foto que no te gustaría que estuviera en las portadas de todos los periódicos” porque los ciudadanos recordarán más esa imagen ridícula antes que decenas de retratos acertados. Los asesores tienen la responsabilidad de cuidar a los representantes con los que colaboran porque son los representantes de la democracia, no maniquíes para sus experimentos. Que algo tan importante no se nos olvide y se nos escape por el desagüe.
El autor es consultor y analista político
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