
Las noticias falsas y rumores existieron siempre y sus creadores las utilizaron para diferentes fines que la historia supo apreciar o reprochar. A veces se emplearon como táctica de batalla para infundir desconcierto o miedo en el enemigo. Otras veces para crear escenarios ficticios montando una realidad paralela o lanzando mensajes provocadores que buscaban un llamado a la acción específico, usualmente trágico. Una noticia falsa activó la llamada “matanza de los frailes” en el Madrid de 1834, cuando también en plena crisis sanitaria, un grupo de personas acusó a los religiosos de “envenenar con cólera” las aguas que bebían las clases populares. Decenas de sacerdotes fueron asesinados. Desde entonces hasta nuestros días vemos cómo las campañas de desinformación aumentaron a la par que nuestros canales de comunicación, volviéndose cada vez más peligrosas.
La llegada de las redes sociales, que permite a anunciantes contar con información detallada de perfiles a la vez que pautar mensajes segmentados de acuerdo al comportamiento de esos usuarios, facilitó el proceso de diseminación de las fake news e incluso llegó a poner en duda el sistema democrático y la victoria del presidente estadounidense Donald Trump, en 2017.
Sin embargo, hoy son las aplicaciones de mensajería directa las que más riesgo conllevan. Cuando la desinformación infecta aplicaciones como WhatsApp, donde diariamente hablamos con nuestras familias, colegas y amigos, es cuando se vuelve más peligroso. Y así como tendemos a consumir aquellos medios de comunicación que refuerzan nuestra creencia, también tendemos a creer aquellos mensajes que se acercan a nuestro concepto de realidad o completan un vacío de información con una suposición que pre-concebimos. Tal como los asintomáticos del COVID19 que contagian sin saberlo, muchos sin saber que tienen una fake news en sus pantallas la comparten promoviendo la “infodemia”.
Los expertos suelen dar consejos inútiles para evitarlas. “No creer en lo que te mandan por WhatsApp”, cuando es el canal más confiable por el que hablamos de nuestra vida diaria con decenas de personas. Sugieren “revisar la fuente de la información”, cuando hoy cualquier bloguero puede tener información veraz o falsa. “No compartir si no conoces al creador del mensaje”, cuando compartir es a veces la única forma de chequear y contrastar con tu círculo de confianza si esa información podría llegar a ser cierta. “Buscar sustento en los dichos o memes”, por lo que en algunos casos deberíamos pasarnos horas revisando información para comprobar la veracidad de un mensaje y “desconfiar si la información apela a la emoción para generar impacto”, cuando ese justamente es el principal objetivo de toda nuestra comunicación contemporánea, incluso de los medios mejor reputados: emocionar. Como ven, evitar las campañas de desinformación requiere muchas más habilidades que lavarte las manos y mantener la distancia, por ello es tan fácil contagiarse.
Para hacernos a la idea de este mal, un estudio del “Covid19 Infodemics Observatory” que analizó más de 100 millones de tuits entre el 22 de enero y el 5 de abril de 2020 calculó que el 42% de los mensajes fueron emitidos automáticamente por un software (bots) y que el 30% de las noticias que circulaban en la red eran de fuentes poco confiables. Solo el 58% de los tuits referidos al COVID-19 eran producidos por humanos. Esto nos obliga a pensar en la responsabilidad que las grandes plataformas como Facebook, Twitter y Google deben tomar en pos de una urgente detección de bots maliciosos que emitan cientos de mensajes falsos infestando una red que todos habitamos. Sin embargo, y aunque sea difícil de contener, la política también tiene una responsabilidad mayúscula en detener esta “infodemia”.
Al igual que la corrupción, la desinformación también mata. Todos los partidos políticos sin distinción deben reprocharla y activar canales internos de penalización. Quienes participan de este proceso deben ser reprobados. Como Vox -el partido de extrema derecha español-, que retocó sin permiso una fotografía artística de una calle de Madrid vacía y sobre ella montó decenas de cajones fúnebres afirmando que esas eran las muertes que el gobierno quería ocultar. Ante la lluvia de críticas -incluidas las del autor de la fotografía original- se excusaron diciendo que el falso montaje lo había realizado un “anónimo” sacando a relucir su derecho de libertad de expresión -libertad que a ellos les encanta coartar-. La política tiene una responsabilidad extra. Los partidos reciben dinero público para representar a los ciudadanos, no para generar confusión, odio y mayor desconfianza en una democracia que por el contrario necesita hacerse más fuerte cada día. Es hora que todos como sociedad nos tomemos esta “infodemia” con la seriedad que merece y sancionemos a los políticos que usan la mentira como instrumento personal antes que tengamos que lamentarlo.
El autor es consultor y analista político
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