(AFP)
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Quien puede llegar a ser candidato del Partido Demócrata se define como “socialista, socialista democrático”. Elogia a Fidel Castro y sus políticas educativas, dice que Evo Morales fue derrocado por un golpe (“en Ecuador”, dijo) y considera a Maduro el presidente legítimo. Todo ello casi en la misma oración, rematada con una curiosa formulación conceptual: “socialismo democrático como en Suecia y Dinamarca”.

Semejante ensalada de desatinos intelectuales y políticos, que no son nuevos en Sanders, contamina el debate y confunde al electorado. Además lleva su desorden terminológico a otras latitudes. Ya en 2015 el entonces Primer Ministro danés, Lars Løkke Rasmussen, había aclarado que “Dinamarca tiene una economía de mercado”. Pero ahora Sanders se metió a experto en América Latina, seguramente buscando Texas, Florida y otros estados con alta población latina.

Lo cual hace manipulando la realidad. Por ello es que Granma, órgano de difusión del Partido Comunista cubano, recogió el elogio en su portada. Claro que no agregaron que en Cuba la alfabetización es un requisito para una estrategia habitual de todo régimen de partido único: el adoctrinamiento desde temprana edad. Todos pueden leer, solo que el partido decide qué. Y ello en todos los niveles del sistema educativo.

El ejemplo ilustra que el problema de Sanders no es solo lo que dice, también lo que omite. El votante jamás se enteraría por él que el mundo socialista cayó estrepitosamente en 1989, pues porque fue un fracaso desde todo punto de vista. Tampoco dice que la socialdemocracia escandinava no es socialismo. Por el contrario, es una versión muy exitosa del capitalismo democrático: certeza de derechos de propiedad y mercados abiertos con los niveles mas altos de equidad social, competencia electoral y libertades individuales.

Es que hay una realidad que Sanders quizás ignore: no ha existido jamás una democracia política bajo una economía centralmente planificada. Y eso es el “socialismo realmente existente”, un modo de producción que elimina el derecho a la propiedad privada, colectiviza la agricultura y controla el flujo de comercio exterior. Fija metas de producción de acuerdo a planes quinquenales, un sistema centralizado que determina los niveles de inversión, producción e ingreso.

En la Europa del socialismo de Estado, el plan a su vez se desagregaba por año, trimestre y mes, así como también por sectores y por compañía. La economía no era más que un complejo sistema de indicadores obligatorios. Sin señales del mercado, dicho sistema prescindía del desarrollo tecnológico, de aumentos en la productividad y de mejoras en la calidad de los productos. Las metas se medían por el valor de la producción, no por la demanda de lo producido.

Esto transformó a la nomenclatura del partido en dueños de facto de los medios de producción, medios que también usaban para el lucro personal. Ocurre que la corrupción es estructural en un sistema en el cual se rinden cuentas hacia arriba, el Comité Central, pero nunca hacia abajo, los accionistas o la ciudadanía. La sociedad sin clases no era tal, la burocracia del partido único es la elite dominante.

En base a lo anterior, es lógico que las expropiaciones arbitrarias y las confiscaciones caprichosas, los ineficientes controles de precios y de capitales, y una economía asfixiada por regulaciones generen incentivos para comportamientos rentísticos y la captura del Estado por parte de los socios del poder político. De ahí a la cleptocracia como sistema de dominación hay solo un paso. Y de ahí al Estado criminal, como en Venezuela, otro y muy cortito.

Por supuesto que en este contexto la democracia competitiva es imposible. Socialismo y socialdemocracia no son sinónimos porque para esta última el capitalismo no es anatema, al contrario. Primero porque el mercado opera como mecanismo eficiente de asignación, en tanto las reglas sean transparentes y equitativas, es decir, para todos, no únicamente para los capitalistas amigos del poder, como es norma entre los socialistas del siglo XXI.

También porque el mercado funciona como espacio de socialización. Alienta la iniciativa individual, la creatividad y la toma de riesgo, la receta de la prosperidad. Esto a su vez genera pluralismo, sin el cual no hay sociedad civil en el sentido estricto del término, o sea, un espacio autónomo de deliberación y agregación de intereses e identidades. Y sin sociedad civil plural no hay un sistema de partidos competitivos. Es decir, la idea de “socialismo democratico” termina siendo oximorónica.

El “socialismo escandinavo” de Sanders no es más que capitalismo con alta tributación individual para financiar el Estado de Bienestar. No así en términos de impuestos corporativos, que en Suecia, por ejemplo, son de los más bajos de Europa para atraer inversión. Además, los derechos de propiedad son estables, la cuenta comercial está abierta y el mercado laboral es dinámico, con legislación social generosa acompañada de grandes resultados en términos de productividad.

La Socialdemocracia escandinava no es socialista, más bien es la historia del capitalismo democrático que los socialistas como Sanders—y como Maduro, Castro, Ortega y Evo Morales—no quieren escuchar. Y no es que ellos no sean capitalistas pues lo son, solo que para sus fortunas mal habidas y las de sus socios, testaferros y amigos.

Y por favor, un poco de lectura no le vendría mal, Senador Sanders. Para no cometer errores sobre la historia del socialismo europeo y para poner a los dictadores latinoamericanos del socialismo del siglo XXI donde pertenecen: en un juzgado.