Hugo Chávez, Fidel Castro, Evo Morales y Rafael Correa.
Hugo Chávez, Fidel Castro, Evo Morales y Rafael Correa.

Cuando escribimos buscamos hacer viajar nuestro argumento en el tiempo y el espacio. El poder analítico de un texto se mide por su validez en un contexto diferente. Alguien lo usará como lente interpretativa, eso deseamos. Si ocurre, el texto regresará a su origen, casi siempre con ajustes y enmiendas. El conocimiento se construye así de manera colectiva por la vía de la comparación.

Todo esto, que sabía, volví a corroborarlo leyendo “Y al amanecer... me convertí en un facha”, columna de Rubén Amón publicada en el medio español El Confidencial. El texto me resultó inspirador desde el propio título, lo cual el lector ya habrá notado. Ergo, puse a viajar dicho artículo a este lado del Atlántico y me puse a viajar con él en el tiempo.

Amón se ve como el Gregor Samsa de La metamorfosis, aquel convertido en insecto gigante, él a su vez transformado en derechista, un facha. Naturalmente socialdemócrata, así se define, se mortifica por los recelos que le provoca la izquierda contemporánea. Se indigna por la deriva actual del PSOE, pactando con el populismo y el nacionalismo cavernario—es decir, con Podemos y el secesionismo catalán—poniendo en riesgo la base institucional de la democracia española: la unidad del Estado y la Constitución de 1978.

Amón se inquieta cuando se ve en coincidencia con la derecha, se refiere a la misma como “el pensamiento reaccionario”, y se sitúa al otro lado del progresismo. Es facha porque la izquierda oficialista convierte en ultraderechista—estigmatiza con su discurso ad hominem, agrego yo—a todo aquel que elabore una crítica. Es repudiable, por ello, la línea que han trazado entre el bien y el mal, entre el progresismo y “los fachas”.

Me sentí identificado con el texto. Hace años yo también desperté convertido en facha una mañana—es decir, derechista, gorila, neoliberal y esclavo del imperialismo, entre otras descalificaciones—por criticar los nuevos autoritarismos de América Latina.

Desde tiempo atrás me atormentaron las nociones de democracia popular, directa, radical, participativa, plebiscitaria, y demás términos manipulados por el socialismo del siglo XXI. Siempre los vi como el camuflaje retórico de quienes han usado el método democrático para llegar al poder, pero que una vez allí lo ejercen de manera autoritaria, incluyendo su intención de perpetuarse en él.

Recorra mentalmente el lector el mapa de la región y rápidamente sabrá donde están los ejemplos. Es que tantas zonas conceptuales grises solo sirvieron para desdibujar la imprescindible línea que separa la democracia de la autocracia.

Fui facha al criticar la falacia del mayoritarismo, tan inherente al populismo. Ello porque la democracia constitucional funciona sobre la base de normas relativamente permanentes diseñadas para proteger a las minorías. La democracia es tal en tanto es liberal.

Más aún, si la izquierda es verdaderamente progresista debería ser liberal, pues la separación de poderes y el debido proceso están del lado de los que menos tienen. Pues los pobres no tienen recursos materiales, ni influencia política, ni apellido, sólo tienen la norma jurídica que los protege.

Hacer redistribución con el liberalismo es ampliar derechos sociales, es construir ciudadanía. Sin el liberalismo, con la discrecionalidad del jefe del Ejecutivo, la redistribución no construye más que clientes de una estrategia de dominación.

El liberalismo convirtió a los súbditos en ciudadanos, individuos autónomos con derechos garantizados por la norma constitucional. Las izquierdas bolivarianas y sus parientes cercanos transformaron a estos ciudadanos en sujetos dependientes de una máquina paternalista que busca perpetuarse. Reducen las esferas de derechos en lugar de ampliarlas. Por ello son un autoritarismo regresivo.

Esta izquierda persigue la recreación perpetua y la exaltación romántica del momento plebiscitario original del populismo, según Laclau y sus seguidores. Ello solo puede terminar en la tiranía de la mayoría. Con estas premisas, el rasgo fundamental de cualquier sistema político mínimamente complejo—que las mayorías son por definición transitorias—permanece oculto. Con Laclau como dogma, Milosevic podría haber hecho exactamente lo que hizo, la expresión de la pura voluntad de la mayoría en un excelso ritual plebiscitario.

Maduro va camino a lo mismo: un genocidio sin guerra pero con hambre, enfermedad y éxodo. Es que, además, la tradición populista fue capturada por el stalinismo vernáculo, léase, el castrismo. Es curioso, antes se despreciaban mutuamente. Para el marxismo, el populismo era un fenómeno esencialmente burgués, una suerte de bonapartismo tardío y periférico. Para los populistas, el idealismo vanguardista de la izquierda los desconectaba de las masas.

Hoy aparecen fusionados, sin embargo, anclados en su común anti-liberalismo. Insumo intelectual del Foro de São Paulo, la expresión más sofisticada de esta fusión es Podemos en España. Leerlos y escucharlos sirve como mapa exploratorio, como hipótesis de trayectoria futura. Claro que es más que teoría, es petróleo, inteligencia, recursos, y crimen organizado. Las platas mal habidas, los ilícitos, por cierto que resolvieron aquel enigma teórico.

Pero los que criticamos esto somos fachas. Algunos pensamos que no es de izquierda apoyar a Evo Morales y a Maduro, al tiempo que se acata lo que dice Trump al pie de la letra y se capitula ante el Cartel de Sinaloa. Algunos pensamos que un gobierno de seis décadas sin alternancia solo puede ser una dictadura, la cubana.

Alguno creemos que no es progresista un plan de paz que consagra la impunidad de una organización narco-terrorista que victimiza campesinos, las FARC, al tiempo que permite expandir cultivos. Algunos fachas también sostenemos que perseguir la reelección indefinida violando la constitución, y además instrumentando un fraude, es autoritarismo y punto.

Algunos no entendemos el anti-americanismo adolescente, salvo como script que llega desde La Habana. Fue positiva la inspiración de la Revolución Americana para los Libertadores del resto de América, importando incluso el diseño constitucional. Ergo, las relaciones de América Latina y Estados Unidos deberían funcionar sobre estos legados históricos. Claro que ya sabemos que el castrismo es la enfermedad infantil del izquierdismo latinoamericano.

Y ahora también del español. Algunos tal vez nos hayamos convertido en facha por descarte. Si bien yo también me veo al otro lado del progresismo, como Amón, a diferencia suya no me preocupa verme en coincidencia con la derecha. Es que hace mucho tiempo que concibo la política en términos de normas jurídicas—es decir, derechos—y en base a principios éticos—la política sin los corruptos—y cada vez menos en términos geométricos.

Ocurre que estos progres de hoy no son tal cosa. Son progresistas sin progreso, meros comisarios políticos. Rechazan la libertad y la autonomía del ciudadano, al votar tanto como en el mercado. Por ello son reaccionarios, opresores que persiguen la restauración de un orden viejo.