
Tras un periplo de tres años de negociación, dos prórrogas concedidas por la Unión Europea, tres textos rechazados por el Parlamento británico y la sucesión de tres primeros ministros, el Reino Unido y la Unión Europa han alcanzado un marco de acuerdo para la salida británica de la Unión Europea el próximo 31 de octubre. El proceso del Brexit ha sido centro de una incisiva batalla diplomática, jurídica, de política doméstica británica y, como en todo divorcio, hasta sentimental. La dimensión geoestratégica de la decisión es aún difícil de predecir y las consecuencias recién empiezan. No obstante, se alcanzó un primer paso que, de confirmarse con la ratificación parlamentaria, podría disminuir los efectos de un Brexit traumático. Si no se logra el respaldo del Parlamento, el Primer Ministro deberá pedir a Bruselas una tercera prórroga más allá del 1 de noviembre.
El resultado ha sido producto de diplomacia con determinación y una alta cuota de audacia. Hace un par de semanas nadie hubiera apostado que las estrategias de negociación, que aparecían como erráticas y contradictorias, fueran capaces de generar las bases de consenso entre Bruselas y Londres. El método poco convencional del Primer Ministro Boris Johnson logró un sorpresivo acuerdo que, aunque precario y esencialmente declarativo, puede ser la fórmula que evite una salida abrupta y desordenada del Reino Unido de la Unión Europea. Un éxito inesperado por ser un ejercicio diplomático que se jugó simultáneamente en Londres, Dublín y Bruselas. La prensa británica lo describió como un ajedrez diplomático tridimensional.
Pese a la euforia inicial, la incógnita es la respuesta de Westminster. El Parlamento británico tiene la última palabra para aceptar o rechazar el texto acordado que implica que el Reino Unido aceptaría controles aduaneros para Irlanda del Norte. Es decir una frontera comercial entre dos espacios del mismo Estado. Así, este territorio formará parte de la Unión Aduanera del Reino Unido, pero deberá cumplir con las reglas del Mercado Único Europeo. Esto significa que la frontera en la que se realizarán los controles y las verificaciones por parte de las autoridades británicas y de supervisión de la UE, estará en el Mar de Irlanda y no en la que separa a Irlanda del Norte con la República de Irlanda.
El Protocolo sobre Irlanda es una cuestión delicada y poco sencilla de lograr respaldo parlamentario. En particular porque supone que el primer ministro Boris Johnson deberá lograr el apoyo de todos los miembros de su partido y en particular de 28 que han votado negativamente un acuerdo y contar con el voto favorable de algunos de la oposición laborista. Es difícil imaginar un resultado mayoritario en esos términos. El Partido Democrático Unionista norirlandés anuncio que se oponía al acuerdo. Escocia también indicó que no aprueba el texto. Esas señales son la antesala de discusiones intensas y muy complejas que incluye a laboristas y liberales.
Sin embargo, el temor a las consecuencias de un Brexit abrupto a fines de octubre que puede afectar seriamente la economía y el porvenir de los británicos como la estabilidad y la paz de la isla de Irlanda, puede quizás ser el mayor aliando de Johnson. Es probable que pocos parlamentarios quieran asumir el riesgo de ser los responsables del abismo. El pánico es, en este contexto, el socio principal del Primer Ministro. También quizás el arma para intentar mantenerse como líder de los conservadores y detener el acecho electoral de laboristas y liberales.
El autor fue vicecanciller de la Nación
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