
Mientras muchos jóvenes de 19 o 20 años comienzan a descubrir las posibilidades de la vida adulta, imaginan sus primeros pasos en la universidad, eligen una carrera o hacen planes para disfrutar de su juventud, Sargento N. tomó una decisión que cambiaría para siempre el rumbo de su vida: dejó Estados Unidos, emigró a Israel y se alistó en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). No era una elección improvisada ni una reacción pasajera. Desde niño había soñado con hacer aliá, como se conoce a la emigración judía a Israel, y vestir el uniforme del Ejército.
Creció en la comunidad judía mexicana de San Diego, California, en un entorno que le transmitió un profundo sentido de pertenencia y un vínculo especial con Israel. Nadie le pidió que se enlistara ni le impuso ese camino. Tampoco fue una decisión motivada por una obligación familiar. Para él, servir en las FDI era una manera personal de contribuir con el país al que sentía que pertenecía. Antes de convertirse en soldado, incluso había viajado a Israel para colaborar como voluntario en Magen David Adom, el servicio de emergencias médicas israelí.
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El 7 de octubre de 2023 lo encontró en Tel Aviv. Tenía 19 años y observaba con desconcierto las noticias sobre los ataques terroristas de Hamas y el comienzo de la guerra. Aunque al principio se encontraba en un entorno que percibía como seguro, el miedo y la incertidumbre marcaron aquellos días. En un diario personal que todavía conserva dejó escrita una decisión: quería ingresar al Ejército cuanto antes. Después de regresar a Estados Unidos y permanecer allí aproximadamente un año, finalmente cumplió aquel deseo. Se incorporó al Cuerpo Blindado y comenzó una experiencia que lo llevaría a operar en distintos frentes, entre ellos Siria y Líbano.
La guerra también lo enfrentó a una experiencia que hasta entonces había observado en otros: resultar herido. En marzo, mientras esperaba junto a sus compañeros una misión en el norte de Israel, un drone impactó sobre el tanque en el que se encontraba. La explosión le dejó esquirlas de metal en la espalda. Fue evacuado en helicóptero, pasó una noche en el hospital y permaneció aproximadamente un mes fuera de combate. Después regresó con su unidad. En esta entrevista, Sargento N. —identificación utilizada para preservar su identidad por razones de seguridad— habla de la decisión de alistarse, de la distancia que siente respecto de otros jóvenes de su edad, de la vulnerabilidad que experimentó al ser herido y de las razones por las que eligió volver al lugar donde había estado a punto de perder la vida.
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¿De dónde nació tu deseo de hacer aliá y sumarte al Ejército de Israel? ¿Fue algo que surgió de tu entorno familiar y comunitario?
Creo que fue algo que yo quería hacer por mi cuenta. En mi comunidad nunca nos hablaron de hacer aliá ni de meternos en el Ejército. Siempre se habló de cómo ayudar a la comunidad, pero nadie me dijo que tenía que emigrar a Israel o alistarme. Para mí era una manera de ayudar al país, en lugar de hacerlo solamente a través de donaciones o de otras formas de colaboración.
Estabas en Israel cuando ocurrieron los ataques del 7 de octubre. ¿Cómo viviste aquellos primeros momentos?
Estaba haciendo voluntariado en Magen David Adom. En ese momento nos encontrábamos en Tel Aviv, en un lugar que considerábamos bastante seguro. Estábamos con otros jóvenes y no teníamos a ningún adulto acompañándonos directamente, porque la persona que estaba a cargo vivía en otro lugar.
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No sabíamos exactamente qué estaba pasando. Veíamos noticias en Facebook que decían que había terroristas entrando en Tel Aviv y se difundían muchísimas informaciones que después no resultaban ciertas. Eso generó mucho miedo porque no entendíamos realmente qué estaba sucediendo.
Al principio yo no tuve tanto miedo. Veía a los israelíes caminando por las calles, a familias con sus hijos y sus perros, y pensaba: si ellos están bien, nosotros también. En mi diario personal, que todavía conservo, escribí lo que estaba pasando. Algunos amigos también dejaron sus impresiones y hablaban del miedo y de no saber qué hacer. Yo escribí que quería entrar al Ejército, que quería alistarme cuanto antes.
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¿Los acontecimientos del 7 de octubre terminaron de convencerte de que había llegado el momento de incorporarte a las FDI?
Sí. Yo ya quería hacerlo, pero después de aquello sentí que tenía que entrar. Pensé que debía estar allí, que ya no podía seguir postergándolo.
¿Cómo reaccionó tu familia cuando les confirmaste que querías alistarte, especialmente después de que comenzara la guerra?
Ellos ya sabían que quería entrar al Ejército antes de la guerra. Me decían que estaba bien, aunque era peligroso, y que todo iba a salir bien. Pero después del 7 de octubre me preguntaron si realmente todavía quería hacerlo. Les dije que sí, que ahora quería todavía más.
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Mi mamá pensaba que estaba un poco loco por tomar una decisión así, y tiene razón: es una decisión un poco loca. Pero siempre me apoyó, incluso cuando no estaba completamente de acuerdo.
Naciste en 2004. ¿Cómo cambia la mirada de un joven de tu edad cuando pasa de vivir en una comunidad tranquila a encontrarse en un escenario de guerra?
Es un cambio muy intenso. Pasas de ser un chico que creció en una comunidad muy segura y muy linda a estar en un lugar donde hay muchísima guerra, preocupación y tienes que mantener un ojo abierto todo el tiempo.
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También te cambia ver a tus amigos del colegio disfrutando de fiestas y de otras experiencias propias de esa edad, mientras tú estás aquí. Te genera una sensación de madurez diferente a la de otras personas. Te abre mucho los ojos y te permite ver una realidad de la vida en Israel que muchos no conocen.
¿Sientes que tuviste que resignar experiencias propias de tu edad para poder permanecer en el Ejército?
Creo que esta también es una etapa muy importante para aprender, estudiar en la universidad y empezar a construir una carrera para el futuro. Al alistarme, estoy dejando pasar algunos años de esas experiencias, pero sé que tres años de mi vida no van a detenerme. Todavía soy joven, voy a tener tiempo para estudiar y aprender después.
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Incluso siento que es una buena edad para entrar. Yo me incorporé a los 20 años, un poco más tarde que muchos, que lo hacen a los 18. Algunas personas piensan que a esa edad ya deberías estar comenzando tu vida, pero en el Ejército también aprendes muchísimo. Cosas como la disciplina, hacer tu cama y asumir responsabilidades son aprendizajes que no solamente se adquieren en una escuela o en una universidad.
¿Qué planes tienes para cuando termine tu servicio militar?
Antes de entrar al Ejército tenía dos posibilidades en mente: dedicarme a la gastronomía o alistarme. No quería pasar cuatro años en la universidad, así que finalmente elegí el Ejército.
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Ahora siento que, cuando empiece a estudiar gastronomía, voy a estar mucho más enfocado y voy a tomarme mi carrera con mayor seriedad. Aprendí disciplina y responsabilidad. Sé que trabajar en una cocina exige mucho esfuerzo, estudio y pasar muchas horas trabajando. Va a ser difícil, pero siento que si puedo atravesar el Ejército, también voy a poder completar lo que quiero hacer después.
De alguna manera, siento que estoy pasando por la parte más difícil de mi vida y que, después de esto, voy a poder enfrentar cualquier otro desafío.
Actualmente integras el Cuerpo Blindado. ¿Elegiste formar parte de una unidad de tanques o fue una asignación del Ejército?
No elegí los tanques. Fue la posición que me asignaron. El Ejército necesita soldados en distintos lugares y el Cuerpo Blindado es una especialidad que no todos eligen. Muchos prefieren las unidades de combate de infantería, como Golani o Givati.
Pero el Cuerpo Blindado también es muy exigente. Estás dentro de una estructura de metal y, mentalmente, puede ser muy difícil. Es una responsabilidad enorme. Lo que hicimos durante la guerra demuestra la fuerza que tenemos y que no cualquiera puede desempeñarse en un tanque. Al principio simplemente me tocó, pero con el tiempo me terminó fascinando.

En marzo resultaste herido por el impacto de un dron mientras operabas en el norte, en la zona de Líbano. ¿Cómo ocurrió?
Estábamos en el norte, esperando una misión. Nos encontrábamos sentados cuando un dron nos impactó desde arriba. La explosión me provocó heridas por esquirlas en la espalda.
¿Qué pasó por tu cabeza cuando te diste cuenta de que tú eras el herido?
Estuve en shock. Nunca había pensado que algo así podía pasarme a mí. Siempre sabía que otras personas podían resultar heridas, que podía afectar a muchos, pero nunca había pensado realmente que yo también podía lastimarme.
Cuando ocurrió, había mucho humo y fuego. Al principio no entendíamos bien qué estaba pasando. Después me di cuenta de que el herido era yo, no otra persona. Mis compañeros tuvieron que ayudarme y yo solamente podía quedarme allí y dejar que me asistieran.
Me sentí muy vulnerable. No sabía qué podía hacer por mi cuenta. Sentía una explosión y me había caído al piso del tanque. Un compañero me dijo que tenían que quitarme la camiseta para revisarme la espalda. Me quedé allí, sin camiseta, esperando que me examinaran. Cuando vieron las heridas, me dijeron que todo iba a estar bien, que no me preocupara. Pero yo ya sabía que algo había pasado.
Lo único que podía hacer era respirar y dejar que me sacaran de allí. Me trasladaron a un lugar donde me recogió un helicóptero y desde allí me llevaron al hospital.
¿Cómo fue la recuperación? ¿Qué tratamiento recibiste?
Pasé una noche en el hospital. Al día siguiente me hicieron distintas pruebas, incluso para comprobar que todavía escuchaba bien. Me quedaron algunos fragmentos de metal en la espalda, pero los médicos dijeron que no era necesario retirarlos: iban a permanecer allí y mi cuerpo se encargaría de sanar.
Volviste al combate en menos de un mes. ¿Cómo tomaste esa decisión?
Mi equipo es un grupo de cuatro personas y no somos muchos. Mientras yo estaba herido, otra persona tuvo que ocupar mi posición. Ya llevábamos mucho tiempo allí, en medio de la guerra, y no podían estar cambiando a los integrantes constantemente.
Sentía que tenía que regresar y ayudar a mis compañeros. Si no volvía, ellos iban a tener que permanecer allí mucho más tiempo y necesitaban mi ayuda. De todas maneras, antes de regresar me hice los controles necesarios para comprobar que estaba en condiciones. Pregunté si podía seguir combatiendo y, cuando me confirmaron que sí, volví.
También pensaba que regresar a mi rutina podía ayudarme a recuperarme. Si me quedaba en casa, solo, pensando todo el día en lo que había pasado, podía afectarme mucho más. Es difícil estar sin tus padres, sin tu familia y solamente con tus pensamientos. Volver con tu grupo, con tus amigos, entrar otra vez al tanque y comprobar que todo está bien puede ser mucho mejor que quedarse aislado.
¿Sientes que esa manera de afrontar lo que te pasó tiene que ver con el entrenamiento y el aprendizaje que recibiste en el Ejército?
Creo que también tiene que ver con conocer a otras personas que atravesaron situaciones similares. Ya conozco a muchos amigos que tienen estrés postraumático (PTSD). Muchos de ellos son compañeros que resultaron heridos y nunca regresaron.
El Ejército ofrece tratamiento y ayuda. No estás solo ni significa que nadie vaya a cuidarte. Pero creo que, si te quedas en casa todo el tiempo pensando en lo que pasó, puede afectarte más que si recuperas tu rutina.
Cuando volves al combate, también recuperas el horario y la dinámica que tenías antes. Si perdés esa rutina y ese impulso, podes sentirte mucho más perdido de lo que realmente estabas.
¿Qué significa para tú pertenecer al Ejército y defender al Estado de Israel?
Se siente increíble saber que puedo hacer mi parte y ayudar a nuestro país. Israel es un país muy pequeño y muchas personas en el mundo no ven lo fuertes que somos. Cuando estoy aquí, puedo ver esa fuerza y también tengo la oportunidad de contribuir.
Al final, somos judíos. Mi comunidad también es judía y esto forma parte de nosotros.
¿Qué mensaje les darías a otros jóvenes de la diáspora judía que quizás estén pensando en emigrar a Israel o sumarse a las FDI?
Creo que, si tienes la fortaleza para atravesar esta etapa de tu vida, que es difícil, y sientes que podés ayudar y aportar algo tuyo a una causa más grande, es muy importante hacerlo.
Y no necesariamente significa entrar al Ejército. También podés ayudar desde afuera, a través de donaciones o de otras maneras de colaborar con el Estado de Israel. Lo importante es encontrar una forma de contribuir.
No quiero decir que sea una decisión fácil, porque realmente es muy difícil. Tengo muchos amigos que también son lone soldiers, soldados que sirven en Israel sin contar con su familia cercana en el país. Conozco a muchísimos y son personas muy fuertes. Creo que formamos un grupo muy unido y muy fuerte. Si tienes la posibilidad y la fortaleza para aportar tu parte, hazlo.
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