Infobae en Nepal, a un mes de la trágica inundación: historias del horror y los rituales para despedir a los desaparecidos

Las autoridades mantienen las tareas de rescate en busca de personas bajo el lodo, mientras en Katmandú creman cuerpos simbólicos. Un vuelo del piloto argentino Enrique Piñeyro llevó 20 toneladas de donaciones

Joaquín Sánchez Mariño recorrió Nepal, a un mes de la trágica inundación
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El joven reparte bananas y manzanas. Tiene una canasta de mimbre con forma de cuenco tibetano. Lleva remera blanca, el pelo rasurado a los costados y una sonrisa ancha pero amarga. A su lado, su primo -luego se presentará como su primo- ofrece jugos de fruta en pequeños envases de cartón. La gente lo recibe y hace una reverencia antes de consumirlo. Mientras, el río suena allí abajo. Estamos, ahora, a unos veinte metros de altura de la cuenca del río, pero hace un mes el agua estuvo casi a esta altura, apenas más abajo, y se llevó las casas y las cosas, pero no este este templo en el que hoy se realiza un funeral colectivo.

El río se ve así: un líquido espeso cayendo hacia abajo, una suerte de lava marrón, como si un glaciar de barro se derritiera de golpe y, apenas más claro que el color original del barro, esa espesura cayera desde las montañas.

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En rigor, fue más o menos así. El 26 de agosto de 2026, a las 8:37 de la mañana, una enorme masa de roca y hielo glaciar se desprendió de la ladera norte de la montaña Langtang Lirung, cerca de la frontera entre Nepal y China, a unos 5.000 metros de altura. El bloque que se desprendió tenía aproximadamente 600 metros de ancho. Se formó una avalancha que cayó hacia la cuenca del río Lhende Khola y a su paso arrastró más roca y sedimentos y bloqueó el cauce del río. Cuando finalmente la barrera cedió ante la presión, liberó de golpe una mezcla de agua, barro y piedras. Un estallido monumental que parecía tener atragantado de la naturaleza. A las 8:44 de la mañana, apenas siete minutos después del desprendimiento original, la ola alcanzó la zona de Rasuwagadhi. Desde allí bajó por el río Bhote Koshi y después por el Trishuli, a una velocidad de más de cien kilómetros por hora. Cerca de la una de la tarde esa especie de tsunami había recorrido más de 130 kilómetros y llegado hasta Mugling.

Infobae en Nepal, a un mes de las inundaciones
A un mes de la tragedia, continúan las labores de rescate en Nepal

Un mes después de la tragedia, el balance de víctimas sigue siendo provisorio. El último parte ofrecido por la Autoridad Nacional para la Reducción y Gestión del Riesgo de Desastres de Nepal cifra en 1.453 muertos y 5.550 personas desaparecidas. La propia autoridad advierte que los registros siguen siendo depurados: el registro más reciente de la Policía de Nepal reduce, por ejemplo, la lista de desaparecidos a 4.718. La dimensión de la catástrofe, incluso en su cifra más conservadora, sigue siendo extraordinaria. Y basta con ver apenas un puñado de esos rostros que buscan para tomar dimensión: sobre la reja del campamento principal del ejército nepalí los vecinos de la zona pegaron cientos de fotos de las personas que buscan. Hombres y mujeres capturados en algún momento feliz de sus vidas, fotografías que fueron hechas sin la conciencia de que un día estarían ahí pegadas para intentar recuperarlos.

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Solo algunas casas resistieron en pie, como pequeños milagros de la casualidad. Una es este templo elevado en el poblado de Bidur, donde el joven de remera blanca ofrece frutas y su primo jugos.

La trágica inundación dejó muertos, desaparecidos y devastación

–¿Sos parte del pueblo?

–Sí, pero ya no vivo acá. Vine para el funeral de mi abuelo, que murió en la inundación.

–¿Y por qué repartís fruta?

–Es parte de nuestro ritual, una ofrenda que hacemos en su honor. Tenemos que celebrarlo.

–¿Cómo estás vos?

–Triste. Pero son muchas las personas que se han perdido acá.

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Las autoridades mantienen las tareas de rescate en busca de personas bajo el lodo

Bidur fue uno de los últimos poblados afectados por el coletazo de las aguas, pero río arriba la destrucción continúa. Para llegar más allá hay que recorrer senderos de piedra y barro y en cierto punto la ruta desaparece, se cae en una curva de montaña donde antes había un camino.

“Esto es terrible para nuestro pueblo nepalí, es una conmoción muy grande. Pero debemos decirle al mundo que no fue provocado por nosotros. Fue provocado por el cambio climático, por el calentamiento global que derritió parte de un glaciar y produjo este desastre. Pero quienes provocan ese calentamiento son las grandes potencias, no nosotros. Nosotros solo nos llevamos la peor parte. Ellos emiten gases de efecto invernadero infinitamente más que Nepal. ¿Y donde están ahora?”, dice Raj Bhai Suwal, un periodista de Katmandú que llegó también hasta la zona y está registrando el lugar.

Si bien la explicación científica de lo que pasó es compleja, no se equiva en su análisis. Un estudio de World Weather Attribution publicado el 17 de septiembre de este año –post tragedia– concluyó que el calentamiento provocado por la actividad humana probablemente contribuyó a preparar las condiciones para ese colapso: el aumento sostenido de las temperaturas adelgazó el hielo y favoreció el deshielo del permafrost, es decir, del hielo que mantiene unidas distintas partes de la montaña. El agua de deshielo pudo además infiltrarse en esas grietas y aumentar la presión interna.

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Más de cinco mil personas continúan desaparecidas tras la brutal riada en Nepal

Cerca de donde sucede nuestra charla está la famosa casita verde. Famosa es un término extraño en estos días. Es una de esas imágenes que recorren el mundo y ganan, en su viralidad, cierto reconocimiento. ¿Pero qué fama es la de una casa cubierta de lodo, inerte y abandonada, en pie mientras todo su vecindario se fue con las aguas?

Lo que sucedió allí fue que la familia Pyakurel quedó atrapada dentro de la casa cuando el torrente rodeó por completo el edificio. Primero vieron el agua desde el balcón del tercer piso. Después, cuando el nivel del río siguió creciendo, subieron al techo. Durante más de una hora vieron desaparecer el barrio a su alrededor mientras el agua, el barro y los escombros golpeaban contra la vivienda. Golpes como los de un gigante queriendo entrar. La planta baja y buena parte de los dos primeros pisos quedaron destruidas, pero la estructura aguantó. Cuando finalmente bajó el agua, los vecinos improvisaron una escalera con caños metálicos y consiguieron sacar a la familia. La casa quedó sola en medio de un paisaje vacío y terminó convertida hasta en una atracción de Google Maps: la “Miracle Green House”. Sigue siendo verde, verde agua acaso, pero mirarla no da la sensación de estar frente a un milagro sino a ante la imagen de la desolación, aunque no es realmente la única casa en pie, algunos metros más allá también resisten otras construcciones.

La inundación dejó más de mil muertos en Nepal

Ahí cerca, en la otra orilla río arriba, está otra de las historias en las que se impuso la vida: la escuela Tribhuvan Trishuli Secondary School de Bidur. Siete minutos después de las 8:37 de la mañana de aquel 26 de agosto, la primera gran oleada ya golpeaba Rasuwagadhi y seguía bajando por el valle. Cuando la advertencia finalmente llegó hasta la escuela, había más de 900 alumnos entrando a clase, y otros cientos todavía en camino. Se suponía que debía haber 1.643 chicos y chicas: el número total de alumnos matriculados.

El director se llama Rajendra Dawadi. La primera advertencia la recibió de un empleado administrativo que entró gritando que venía una inundación, se lo había advertido un familiar que acababa de llamarlo desde Rasuwa, río arriba. Después empezaron a llegar otras llamadas y apareció una madre para llevarse a sus hijos. Dawadi tenía que tomar una decision y no quiso esperar. Hizo sonar la campana, suspendió las clases y ordenó que todos corrieran hacia las zonas altas. Si era falsa alarma más valía perder un día de clase que tomar riesgos. Llamó también a los choferes de los micros escolares que todavía bajaban hacia el colegio y les dijo que dieran la vuelta.

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Los nepalís honran a sus muertos tras la tragedia
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En Nepal no hay una única manera de despedir a los muertos: el país tiene tradiciones hindúes, budistas y rituales propios de distintas comunidades

Desde la escuela salieron todos corriendo montaña arriba. Fue una decisión que valió cientos de vidas: entre la primera advertencia y la llegada de la pared de agua pasaron solo 14 minutos. El último micro alcanzó a cruzar el puente y detrás suyo se desplomó. La escuela quedaba a la vera de río Trishuli. Debía ser lindo escuchar el caudal de aguas mientras se estudiaba, ese ruido hipnótico de la naturaleza.

Todos los alumnos que estaban allí consiguieron salir. Hubo solo dos víctimas –que al día de hoy figuran aun como desaparecidos, sin confirmación de muerte–: un profesor de Ciencias Sociales de 32 años que quiso bajar a su casa junto al río, y un empleado de la escuela que habría vuelto al edificio para cerrar las puertas.

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Un vuelo del piloto argentino Enrique Piñeyro llevó 20 toneladas de donaciones a Nepal

Hoy, de la escuela no queda prácticamente nada. El lugar donde estaban las aulas es ahora parte del cauce del Trishuli, aunque algunas paredes asoman a la superficie. A pocos metros de allí, ladera arriba, quedaron aisladas comunidades enteras: los puentes desaparecieron y las rutas fueron tapadas por el río. Para volver a conectar las dos orillas, el ejército nepalí instaló cables y tirolesas. Por allí cruzan personas que necesitan buscar comida, pertenencias o que vuelven a la zona a rastrear familiares. A su vez, los rescatistas cruzan canastas metálicas suspendidas sobre el agua para hacer llegar víveres y otras provisiones.

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Enrique Piñeyro contó la capacitación que tuvo que realizar en Madrid para aterrizar en Nepal, que cuenta con uno de las pistas de aterrizaje más exigentes del mundo
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El Boeing 787 de Solidaire, la ONG de Piñeyro, llegó desde Malasia cargado con insumos de la Federación Internacional de la Cruz Roja

“La otra orilla quedó desconectada y entonces vinimos a traer donaciones y tratar de ayudar de algún modo”, dice un vecino de la ciudad de Katmandú, la capital de Nepal, que llegó hasta ahí con dos amigos y varias cajas de alimento, ropa y mochilas.

“Queríamos ayudar a los niños de la escuela. Ahí solía haber un pueblo, casas, de todo… pero quedó todo enterrado en el río. Lo bueno es que se salvó a todos los chicos, y eso fue gracias a la ayuda de los vecinos de la zona que empezaron a alertar para que la evacuaran. Por eso vinimos, para seguir ayudándonos entre todos”, dice.

Las donaciones a Nepal llegaron desde todo el mundo. Incluso desde la Argentina: el Boeing 787 de Solidaire, la ONG de Enrique Piñeyro, llegó desde Malasia cargado con insumos de la Federación Internacional de la Cruz Roja destinados a las comunidades golpeadas por la inundación: lonas, mantas, kits de herramientas, bombas, depósitos de agua y elementos para potabilizarla. La misión completa duró once días y transportó más de 60 toneladas de ayuda humanitaria entre Colombia, Uganda y Nepal.

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Un glaciar derretido por el calor provocó la riada en Nepal

Llegar a Katmandú no es una misión sencilla. Antes de emprender el viaje, Piñeyro y su tripulación tuvo que tener prácticas especificas en un simulador en la ciudad de Madrid. Allí pasaron varias horas para certificarse y lograr los permisos de aterrizaje en Nepal, que es un aeropuerto especialmente exigente. Después de practicarlo una y otra vez, despegaron para hacerlo de verdad, esta vez con las bodegas cargadas de ayuda. “Es un aeropuerto que es muy exigente porque tiene todos los factores posibles que complican la aproximación: el terreno muy alto, de hecho está la cadena en la que está el Everest… además había tormentas dispersas, había una justo en la trayectoria del escape… Venís volando por sobre la montaña que es alta, cambia la pendiente de planeo… Tiene altura entonces frena menos el avión… Todo lo que puede ser un factor de complicación está acá”, explicó el propio Enrique Piñeyro post aterrizaje.

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Miles de casas y edificaciones quedaron destruidas tras la tragedia

Ya en terreno, mucho de lo que trajo ese avión se ve en práctica en los campamentos humanitarios. Y a las ONGs se suma el esfuerzo de los propios nepalíes. Todos dan algo en la zona afectada. Horas después, el chico que ofrecía manzanas sigue junto al templo mirando al horizonte. Dentro, decenas de personas dan sus plegarias guiadas por un monje budista. Prenden velas, dejan alimentos al pie de las fotos de sus seres queridos, dejan chelines… dinero y alimento como ofrenda. Junto al río, un grupo de aproximadamente cincuenta personas realiza una ceremonia de cantos y tambores que se funden con el ruido todavía intenso del Río Trishuli.

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Las familias hindúes realizan cremaciones simbólicas ante la ausencia de cuerpos recuperados tras la tragedia
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Dos niños andan en bicicleta

La muerte suena y huele diferente según dónde suceda. Horas más tarde, de regreso en Katmandú, seguirán viéndose ceremonias, esta vez diferentes, pero siempre junto a un río. Es que no existe en Nepal una única manera de despedir a los muertos: el país tiene tradiciones hindúes, budistas y rituales propios de distintas comunidades. Pero entre las familias hindúes la muerte termina junto al agua.

El ritual se llama antyeshti. En él, el cuerpo es llevado hasta un ghat, una plataforma de cremación junto al río. Allí se realizan las ceremonias de purificación y un familiar cercano enciende la “pira” (la hoguera). Lo hace prendiendo fuego una pequeña antorcha que se sostiene en la boca de la persona fallecida. Cuando el fuego termina su trabajo, las cenizas son entregadas al río. Después comienza un período de duelo que tradicionalmente dura trece días. En Katmandú, la imagen se repite todos los días a orillas del Bagmati, el río más sagrado del país, donde –dicen– fue cremado el mismo Shiva, frente al templo de Pashupatinath.

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El calentamiento humano favoreció las condiciones del colapso glaciar, según un estudio internacional
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El colapso del 26 de agosto en Langtang Lirung liberó una mezcla de agua, barro y piedras que recorrió más de 130 kilómetros

Pero la riada cambió la escena por estos días, la volvió particularmente extraña porque miles de familias no tienen un cuerpo que despedir. Entonces hacen uno. Así lo indica la tradición: si no hay cuerpo se puede poner uno simbólico. Lo forman con “kusha”, una hierba considerada sagrada con la que hacen una especie de montículo. Lo cubren con una tela, lo ponen sobre una camilla de bambú y lo tratan como si realmente fuera el cuerpo de su familiar. Así, lo bañan en el río, hacen las oraciones y después lo creman. Al final recogen las cenizas y las dejan ir con el río, purificando lo que sea que hay de ellos en esos restos, liberando al espíritu para que vaya a su próxima vida.

Nadie puede llorar, no es recomendado: las lágrimas atan el alma a una vida que ya terminó. Tampoco quienes vemos esto y lo contamos tenemos ese derecho. Solo narrar. Dar nuestra oración a la crónica y desear que el río realmente tenga algo de sagrado después de todo.

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