El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, advirtió que los Estados miembros de las Naciones Unidas no están dispuestos a financiar indefinidamente la expansión de la estructura burocrática del organismo y reclamó una reforma de la ONU orientada a eliminar duplicaciones de funciones y mejorar la eficacia institucional.
Grossi, candidato a suceder a António Guterres como secretario general de la ONU, formuló esas declaraciones en una entrevista con el diario suizo Le Temps, en la que sostuvo que el sistema multilateral atraviesa un momento de profundos desafíos y necesita adaptarse a una realidad internacional muy diferente a la que dio origen a la organización tras la Segunda Guerra Mundial.
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Según el diplomático argentino, el proceso de reformas conocido como ONU80 responde a una necesidad largamente identificada dentro de la propia organización y no únicamente a las críticas expresadas en los últimos años por algunos gobiernos. A su juicio, existe consenso en que Naciones Unidas debe modernizar su funcionamiento para responder con mayor eficacia a las expectativas de los Estados miembros.
Grossi afirmó que la reforma debería concentrarse en tres ejes principales: mejorar los métodos de trabajo, definir con mayor claridad qué esperan los países de la organización y revisar la estructura institucional para evitar superposiciones entre agencias y programas.
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“Hay duplicaciones, triplicaciones e incluso más niveles de repetición institucional”, señaló al describir situaciones en las que distintos organismos desarrollan tareas similares o compiten entre sí. En ese contexto, consideró que será necesario evaluar fusiones de entidades y racionalizar procedimientos administrativos para concentrar recursos en prioridades concretas.
“Los Estados miembros no están preparados para financiar esta proliferación institucional indefinidamente", advirtió.
El funcionario también abordó el debate sobre la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU y sostuvo que existe un reconocimiento generalizado de que la composición del órgano ya no refleja el equilibrio de poder del mundo actual. Sin embargo, señaló que persisten fuertes desacuerdos sobre la manera de modificarlo.
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En ese sentido, remarcó que el secretario general de la ONU puede facilitar el diálogo entre los países, pero carece de la capacidad para imponer cambios en una cuestión que depende exclusivamente de los Estados miembros.
Al referirse a los principales focos de tensión internacional, Grossi defendió el papel de los organismos multilaterales como espacios de negociación y mediación. Sostuvo que la credibilidad de la ONU no depende únicamente de declaraciones públicas o posicionamientos políticos, sino de su capacidad para producir resultados concretos.
Como ejemplo, mencionó la labor del OIEA en la central nuclear de Zaporizhzhia, en Ucrania, donde la agencia mantiene una presencia permanente pese a las disputas entre Moscú y Kiev sobre el control del territorio. Según explicó, esa intervención fue posible gracias a una actuación basada en criterios técnicos y de imparcialidad.
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“Las Naciones Unidas no deben tomar partido si quieren formar parte de la solución", afirmó.
Grossi también se refirió al programa nuclear iraní y sostuvo que cualquier eventual acuerdo futuro deberá responder a circunstancias muy diferentes de las que existían cuando se firmó el acuerdo nuclear de 2015.

Según explicó, Irán cuenta actualmente con capacidades tecnológicas e infraestructura nuclear mucho más avanzadas que las de entonces, lo que obliga a replantear cualquier esquema de negociación. Entre las principales preocupaciones mencionó la existencia de uranio enriquecido al 60% y el desarrollo de instalaciones vinculadas al ciclo completo del combustible nuclear.
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En ese contexto, consideró que el régimen internacional de no proliferación nuclear enfrenta desafíos crecientes en un escenario marcado por la modernización de arsenales nucleares y el estancamiento de los esfuerzos globales de desarme.
Para Grossi, el desafío central consiste en recuperar la capacidad de influencia de Naciones Unidas en un contexto atravesado por conflictos prolongados, rivalidades entre grandes potencias y crecientes cuestionamientos sobre la eficacia del sistema multilateral.
A su juicio, la organización sigue siendo una herramienta indispensable para la gestión de crisis internacionales, pero deberá demostrar una mayor capacidad de adaptación si pretende conservar el respaldo político y financiero de sus Estados miembros.
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